Cañaveral de Pasiones Capitulo 5
El sol del mediodía caía a plomo sobre el cañaveral de Veracruz como un amante impaciente que no puede esperar más. Yo, Lupita, caminaba entre las cañas altas con el corazón latiéndome a mil por hora. El aire estaba cargado del dulce aroma de la caña fresca, mezclado con la tierra húmeda después de la lluvia de anoche. Cada paso crujía bajo mis sandalias, y el roce de las hojas anchas contra mi piel morena me erizaba los vellos de los brazos. Hacía semanas que no veía a Javier, mi carnal en secreto, el que me hacía sentir viva como nunca.
¿Y si hoy no viene? ¿Y si todo esto es puro pedo? me decía en la cabeza mientras avanzaba más profundo en el laberinto verde. Recordaba los capítulos anteriores de nuestra historia: la primera vez que nos besamos detrás del molino, el calor de sus manos en la segunda entrega bajo la luna llena, y el clímax del cuarto cuando nos entregamos por completo en este mismo cañaveral de pasiones. Este era el capitulo 5, y neta, lo necesitaba más que el agua.
De repente, un silbido bajo, como el de un zopilote juguetón, me hizo detener. Ahí estaba él, saliendo de entre las cañas con esa sonrisa pícara que me derretía. Javier, alto, musculoso de tanto cortar caña, con la camisa abierta dejando ver su pecho sudoroso y bronceado. Sus ojos negros me devoraban desde lejos.
—Órale, Lupita, qué buena estás hoy, güeyita —dijo con esa voz ronca que me ponía la piel chinita.
Me acerqué rápido, y sin mediar más palabras, sus brazos me rodearon la cintura. Su olor a hombre, a sudor limpio y a caña, me invadió las fosas nasales. Presioné mi cuerpo contra el suyo, sintiendo la dureza de su pecho contra mis tetas que ya se endurecían bajo la blusa ligera.
—Te extrañé, pinche Javier. Me tienes loca de ganas —susurré, mordiéndome el labio.
Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento. Su lengua sabía a café dulce y a tabaco, explorando mi boca con urgencia. Mis manos se colaron por su camisa, palpando los músculos tensos de su espalda. El viento susurraba entre las cañas, como un coro secreto animándonos.
Nos dejamos caer sobre un lecho de hojas secas y tierra blanda. Javier me quitó la blusa con delicadeza, pero sus ojos ardían de deseo. Mis pezones se irguieron al aire libre, sensibles al roce fresco de la brisa. Él los miró como si fueran el mayor tesoro.
Esto es el paraíso, carnal. Su piel contra la mía, el mundo desaparece
—Eres una chulada, Lupita. Tus chichis me vuelven loco —murmuró antes de lamer uno, succionándolo con esa boca caliente que me hacía arquear la espalda.
Yo gemí bajito, mis uñas clavándose en su nuca. El placer subía como una ola desde mi pecho hasta mi entrepierna, que ya palpitaba húmeda. Desabroché su pantalón, liberando su verga dura, gruesa, venosa, que saltó ansiosa. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, el velcro suave de la piel contra mi palma. Javier gruñó, un sonido animal que vibró en mi clítoris.
Le bajé el pantalón del todo, y él hizo lo mismo con mi falda y mis calzones. Ahora estábamos desnudos en el corazón del cañaveral, vulnerables y libres. Su mano grande se deslizó entre mis muslos, encontrando mi concha empapada. Sus dedos juguetearon con mis labios hinchados, rozando el botón que me hacía jadear.
—Estás bien mojada, mi amor. Esto es por mí, ¿verdad? —preguntó con voz juguetona, metiendo un dedo adentro, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que me hacía ver estrellas.
—Sí, pendejo, todo por ti. No pares —supliqué, moviendo las caderas contra su mano.
El sonido de mis jugos chapoteando con sus movimientos era obsceno, excitante, mezclado con nuestros jadeos y el crujir de las cañas. Olía a sexo, a feromonas, a tierra fértil. Mi mente era un remolino: Esto es lo que necesitaba, esta conexión, este fuego que solo él enciende en mí.
Javier se posicionó entre mis piernas, su verga rozando mi entrada. Me miró a los ojos, pidiendo permiso con esa ternura que contrastaba su rudeza.
—¿Estás lista, reina?
—¡Chíngame ya, Javier!
Empujó lento al principio, llenándome centímetro a centímetro. Sentí cada vena, cada pulso, estirándome deliciosamente. Grité de placer cuando bottomó out, sus bolas contra mi culo. Nos quedamos quietos un segundo, adaptándonos, respirando el mismo aire caliente.
Luego empezó a moverse, primero suave, como olas del Golfo, luego más fuerte, como tormenta. Cada embestida hacía que mis tetas rebotaran, que mi clítoris se frotara contra su pubis. Sudábamos, nuestros cuerpos resbaladizos chocando con palmadas húmedas. El cañaveral de pasiones nos mecía, las cañas altas ocultando nuestro ritual.
Es perfecto, este capitulo 5 supera a los anteriores. Su mirada, su fuerza, todo me pertenece, pensaba mientras lo arañaba, marcándolo como mío.
Cambié de posición, montándolo como una amazona. Sus manos en mis caderas guiaban el ritmo. Yo rebotaba, sintiendo su verga golpear profundo, mi concha apretándolo como un guante. Él pellizcaba mis pezones, me azotaba el culo suave, juguetón.
—¡Qué rico te sientes, Lupita! Apriétame más —gruñía.
El orgasmo se acercaba, una presión en mi vientre que crecía. Aceleré, mis muslos temblando, el sudor goteando de mi frente a su pecho. Él se incorporó, chupando mi cuello, mordiendo suave mientras sus caderas subían a mi encuentro.
Exploté primero, un grito ahogado saliendo de mi garganta. Mi concha se contrajo en espasmos, ordeñando su verga, jugos chorreando por sus bolas. Javier me siguió segundos después, hinchándose dentro de mí, llenándome con chorros calientes que sentía chapotear en mis paredes.
Colapsamos juntos, jadeantes, enredados en el suelo. Su semen se escurría de mí, cálido y pegajoso, mezclándose con la tierra. El sol filtrado por las cañas nos bañaba en luz dorada. Él me besó la frente, suave ahora.
—Eres lo mejor que me ha pasado, Lupita. Este cañaveral es testigo de nuestro amor.
Yo sonreí, trazando círculos en su pecho con el dedo. Capitulo 5 completado, pero quiero más capítulos, más pasiones. El aroma de nuestra unión perduraba, prometiendo retornos. Nos vestimos lento, robándonos besos, saboreando el afterglow. Al salir del cañaveral, el mundo parecía más vivo, más nuestro.
En la distancia, el molino zumbaba como un corazón latiendo al unísono con el nuestro. Sabía que volveríamos, porque en este cañaveral de pasiones capitulo 5, solo era el comienzo de lo infinito.