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Cantante de Pasion de Gavilanes Desatada

5952 palabras

Cantante de Pasion de Gavilanes Desatada

La noche en la hacienda Gavilanes ardía como un fogón de leña seca. El aire estaba cargado del olor a tierra húmeda después de la lluvia, mezclado con el humo dulzón de las barbacoas y el aroma picante de los chiles asados. Rosalía subió al escenario improvisado bajo las luces colgantes, su vestido rojo ceñido a las curvas como una segunda piel, ondeando con cada paso. Todos en la fiesta la conocían como la Cantante de Pasion de Gavilanes, la voz que hacía vibrar las almas rancheras con rancheras cargadas de fuego y lamento.

Juan la observaba desde una mesa al fondo, con una cerveza fría en la mano, el vidrio empañado por el calor. Era un vaquero de pura cepa, con botas gastadas y camisa ajustada que marcaba sus pectorales duros del trabajo en el campo. Sus ojos se clavaron en ella mientras entonaba esa canción que le salía del alma, "Pasión de Gavilanes", con una voz ronca que erizaba la piel.

¿Por qué carajos me pone así esta morra? Pensó Juan, sintiendo un calor subiendo por su entrepierna. Neta, su boca al micrófono parece que lame cada nota.
El ritmo de la banda retumbaba en su pecho, tambores y guitarras que latían como un corazón acelerado.

Rosalía cantaba con los ojos cerrados, el sudor perlando su escote, goteando lento entre sus senos. Sentía las miradas de los hombres, pero esa noche, la de Juan le quemaba diferente. Era intensa, hambrienta, como si ya la estuviera desnudando. Terminó la canción con un grito gutural que levantó aplausos y silbidos. Bajó del escenario, las caderas balanceándose, el olor de su perfume floral mezclándose con su esencia natural, esa que volvía locos a los weyes.

En la barra, Juan se acercó con paso seguro. "Órale, reina, qué voz tan chingona. Me dejaste con el alma en un hilo." Ella sonrió, ladeando la cabeza, sus labios carnosos brillando bajo la luz ámbar. "Gracias, guapo. Soy Rosalía, la Cantante de Pasion de Gavilanes. ¿Y tú?" Se dieron la mano, y el roce fue eléctrico, piel cálida contra piel callosa. Pidieron tequilas reposados, el líquido ámbar bajando ardiente por sus gargantas, despertando sabores ahumados y un cosquilleo en el vientre.

La fiesta seguía, pero ellos ya estaban en su propio mundo. Bailaron banda, pegados cuerpo a cuerpo, sus caderas chocando al ritmo. Juan sentía la suavidad de sus nalgas contra su dureza creciente, el calor de su aliento en su cuello.

Está cañón esta chava, pensó Rosalía. Su verga se siente dura como piedra, me traes mojada ya, pendejo.
Le susurró al oído: "Ven, vamos a un lado, carnal. Quiero sentirte sin tanta gente." Él asintió, el pulso latiéndole en las sienes.

Se escabulleron a una habitación de la hacienda, la puerta cerrándose con un clic suave. La luz de la luna entraba por la ventana, bañando la cama king size con plata. Rosalía lo empujó contra la pared, besándolo con hambre, lenguas enredándose en un baile salado y dulce. Sus manos exploraban: las de él amasando sus tetas firmes, pezones endureciéndose bajo la tela delgada; las de ella bajando por su abdomen marcado, hasta apretar su paquete hinchado. "Qué rico estás, wey. Quítate todo."

Se desvistieron con urgencia, ropa cayendo al piso como hojas secas. Juan la admiró desnuda: piel morena suave, curvas generosas, el monte de Venus depilado con un triángulo negro invitador. Olía a jazmín y a mujer en celo, un aroma almizclado que lo enloquecía. La tumbó en la cama, besando su cuello, lamiendo el sudor salado, bajando por su clavícula hasta succionar un pezón rosado. Ella gemía bajito, "Sí, así, no pares, cabrón." Sus dedos se colaron entre sus muslos, encontrándola empapada, resbaladiza como miel caliente. La penetró con dos dedos, curvándolos, frotando ese punto que la hacía arquear la espalda.

Me va a volver loca este tipo, pensó ella, el placer subiendo en olas. Su boca en mi piel, su olor a hombre de campo, tierra y sudor... ay, Dios.
Juan subió, besándola mientras sus dedos seguían danzando dentro. Ella lo volteó, montándolo a horcajadas, su panocha rozando su verga tiesa, lubricándola con sus jugos. "Te voy a cabalgar, mi rey." Se hundió en él despacio, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso, llenándola hasta el fondo. Gritó de placer, el sonido ahogado por su boca.

El ritmo empezó lento, sensual, sus caderas girando como en un baile ranchero. El slap de piel contra piel, el squelch húmedo de sus uniones, gemidos entrecortados. Juan la agarraba las nalgas, guiándola, clavándose más profundo. Sudaban juntos, cuerpos brillantes, el olor a sexo impregnando la habitación. Ella aceleró, tetas rebotando, uñas arañando su pecho. "Más fuerte, pendejo, dame todo." Él la volteó a cuatro patas, embistiéndola desde atrás, una mano en su clítoris frotando en círculos rápidos, la otra jalando su cabello negro.

La tensión crecía, espirales de fuego en sus entrañas. Rosalía sentía el orgasmo acercándose, un nudo apretado a punto de estallar.

Su verga me parte en dos, qué chido, me vengo ya...
Gritó su nombre, el cuerpo convulsionando, paredes internas ordeñándolo. Juan la siguió segundos después, gruñendo como animal, llenándola con chorros calientes, pulsos interminables.

Colapsaron enredados, respiraciones jadeantes calmándose poco a poco. El aire olía a ellos, a placer consumado. Juan la besó la frente, suave. "Eres increíble, Cantante de Pasion de Gavilanes. No quiero que esto acabe aquí." Ella sonrió, trazando círculos en su pecho con el dedo. "Ni yo, guapo. Esto apenas empieza. Mañana cantaré para ti solo." Se durmieron así, piel con piel, el eco de la fiesta lejano, en un afterglow que prometía más noches de pasión desbocada en la hacienda Gavilanes.

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