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Amor y Pasión 1987 Desnudos

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Amor y Pasión 1987 Desnudos

Era el verano del 87 en la bulliciosa Ciudad de México, cuando el aire caliente de julio se mezclaba con el olor a tacos al pastor y el humo de los escapes de los vochos. Yo, Laura, acababa de cumplir veinticinco y trabajaba en una tiendita de discos en el centro, rodeada de vinilos que contaban historias de amores locos y pasiones desbocadas. Ese día, el sol pegaba fuerte y mi blusa de algodón se pegaba a mi piel sudada, marcando cada curva de mis pechos. Entró él, Javier, con su camisa guayabera abierta hasta el pecho, mostrando un tatuaje de águila que brillaba con sudor. Sus ojos cafés me barrieron de arriba abajo, y sentí un cosquilleo en el estómago, como si el mundo se hubiera detenido en ese vinilo rayado que sonaba bajito: Amor y pasión 1987, una rola ranchera que acababa de llegar de Guadalajara.

Órale, carnala, ¿tienes esa nueva de Los Tigres? —me dijo con voz ronca, acercándose al mostrador. Su aliento olía a cerveza fría y a chicle de tamarindo.

Le sonreí, sintiendo mis pezones endurecerse bajo la tela fina. —Claro que sí, guapo. Amor y pasión 1987, la neta chida. —Le pasé el disco, rozando sus dedos morenos y ásperos. Ese toque fue como una chispa, un ¡ay, wey! interno que me hizo apretar las piernas. Hablamos un rato de música, de cómo esa canción hablaba de amores que queman como tequila puro. Me contó que era mecánico en un taller de Polanco, que le gustaba bailar cumbia en las fiestas del barrio. Yo le dije que soñaba con escaparme a la playa, lejos del jale diario. La tensión crecía con cada risa, cada mirada que se clavaba en mi escote. Cuando el reloj marcó las ocho, me invitó a un antro cerca, para celebrar la pasión de esa rola.

Salimos juntos, el sol ya bajando tiñendo el cielo de naranja y rosa. Caminamos por las calles empedradas, el ruido de los cláxones y los vendedores de elotes mezclándose con mi corazón latiendo fuerte. En el antro, la banda tocaba covers de José José, pero cuando pusieron Amor y pasión 1987 en la rocola, Javier me jaló a la pista. Sus manos en mi cintura, fuertes y calientes, me pegaron a su cuerpo. Sentí su verga endureciéndose contra mi vientre, dura como fierro bajo los jeans gastados. Bailamos pegaditos, mi culo rozando su paquete, el sudor de su cuello goteando en mi clavícula. Olía a hombre, a jabón barato y deseo crudo.

¿Qué chingados me pasa? Este pendejo me tiene mojadita ya, neta
, pensé mientras lamía el salado de su piel accidentalmente.

La noche avanzaba, y con cada shot de tequila, la barrera entre nosotros se derretía. Salimos del antro riendo, tropezando un poco, y terminamos en su depa chiquito pero chulo en la Roma, con posters de rock en español y una cama king size que parecía esperarnos. Cerró la puerta y me besó, sus labios carnosos devorando los míos, lengua invadiendo mi boca con sabor a limón y picante. Gemí bajito, mis manos enredándose en su pelo negro y revuelto. —Te quiero, Laura, desde que te vi —murmuró contra mi cuello, mordisqueando suave.

Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. Sus ojos se oscurecieron al ver mis tetas libres, pezones rosados y duros como piedras. —¡Qué chingonas, mi reina! —Las chupó con hambre, succionando fuerte, tirando con los dientes hasta que arqueé la espalda, gimiendo su nombre. El cuarto olía a nuestro sudor mezclado con el incienso de sándalo que ardía en la mesita. Mis manos bajaron a su cinturón, lo desabroché con dedos temblorosos, liberando su verga gruesa y venosa, palpitante en mi palma. La apreté, sintiendo el calor y la humedad de la punta. Él jadeó, ¡ah, cabrona, así!

Caímos en la cama, las sábanas frescas contra mi espalda ardiente. Javier se hincó entre mis piernas, besando mi ombligo, bajando lento por mi vientre suave. Lamía mi piel, mordiendo suave los pliegues de mi carne. Cuando llegó a mis calzones, ya empapados, los olió profundo. —Hueles a miel y pecado, amor. Me los arrancó con los dientes, exponiendo mi concha hinchada y mojada. Su lengua la rozó primero, un lametón largo que me hizo gritar. ¡Madre santa, qué rico! Entró en mí con ella, chupando mi clítoris hinchado, metiendo dos dedos gruesos que curvaba justo ahí, en el punto que me volvía loca. Me retorcía, mis uñas clavándose en sus hombros, el sonido de mis jugos chapoteando con cada embestida de su boca. Olía a sexo puro, a mi excitación dulce y salada que él devoraba como hambriento.

No aguanto más, Javier, métemela ya, pendejo
, supliqué en mi mente, pero en voz alta solo gemí su nombre. Se levantó, su verga reluciente con mi saliva, y se puso condón rápido, profesional. Se acomodó en mi entrada, frotándola primero, lubricándola con mis mieles. —Dime si quieres, mi vida —preguntó, ojos fijos en los míos, respetuoso pero ardiendo.

¡Sí, chingá ya! —Empujó despacio, abriéndome centímetro a centímetro. Sentí cada vena, el grosor estirándome delicioso, llenándome hasta el fondo. Gritamos juntos, él gimiendo ¡qué apretadita, carajo! Empezó a moverse, lento al principio, saliendo casi todo y metiendo hondo, chocando sus huevos contra mi culo. El colchón crujía rítmicamente, sincronizado con nuestros jadeos. Aceleró, mis tetas rebotando con cada estocada, sudor volando. Lo monté entonces, cabalgándolo como yegua salvaje, mis caderas girando, su verga golpeando mi G-spot. Él amasaba mis nalgas, metiendo un dedo en mi ano juguetón, haciendo que explotara en orgasmos uno tras otro. Amor y pasión 1987, la rola sonaba de fondo en su tocadiscos, perfecta banda sonora para nuestro desmadre.

Me volteó a cuatro patas, embistiéndome fuerte desde atrás, su panza contra mi espalda, mano en mi clítoris frotando rápido. El slap-slap de piel contra piel llenaba el aire, mezclado con mis alaridos y sus gruñidos animales. —¡Me vengo, Laura, juntos! —rugió, y sentí su verga hincharse, pulsando dentro de mí mientras mi concha lo ordeñaba en espasmos. Colapsamos, exhaustos, su peso cálido sobre mí, besos suaves en mi nuca.

Despertamos enredados horas después, la luna filtrándose por las cortinas. Javier me acarició el pelo, qué noche, mi amor, como esa canción. Hicimos el amor otra vez, lento y tierno, explorando cada rincón con lenguas y dedos. Al amanecer, con el aroma a café y pan dulce flotando, nos despedimos con promesas. Amor y pasión 1987 no era solo una rola; era nosotros, grabado en la piel, en el alma. Caminé a casa con las piernas temblando, sonrisa pendeja, sabiendo que esa pasión nos había cambiado para siempre.

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