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Actores de Pasion Desatados

6816 palabras

Actores de Pasion Desatados

Entré al foro de teatro en el corazón de la Roma, con el corazón latiéndome como tambor de mariachi. El aire olía a madera vieja y a café de olla que alguien había dejado en una mesa cercana. Yo, Ana, actriz de veintiocho años luchando por mi gran break en telenovelas, estaba a punto de ensayar la escena más intensa de Actores de Pasion, la obra que nos había reunido a todos. Diego, mi coprotagonista, ya estaba ahí, recargado contra el escenario con esa sonrisa pícara que me hacía sudar las palmas.

¿Lista para sudar, mamacita? me dijo con voz grave, mientras se quitaba la chamarra de cuero, dejando ver su camisa ajustada que marcaba cada músculo de su pecho. Diego era el wey perfecto: alto, moreno, con ojos que prometían travesuras. Habíamos coqueteado en los breaks, pero hoy la escena pedía pasión real, besos que duraran minutos, cuerpos rozándose hasta el límite.

El director gritó ¡Acción! y nos subimos al catre improvisado. Mi piel erizó al sentir su mano en mi cintura, cálida y firme. Esto es solo ensayo, me dije, pero mi cuerpo no escuchaba. Su aliento mentolado me rozó el cuello mientras murmuraba las líneas: Eres mi fuego, mi todo. Yo respondí, arqueándome contra él, oliendo su colonia con notas de sándalo que me mareaba.

La tensión creció como tormenta en el desierto. Cada roce era eléctrico: sus dedos trazando mi espina dorsal bajo la blusa de encaje, mi muslo presionando su entrepierna donde ya sentía su dureza crecer. Neta, ¿por qué me moja tanto? pensé, mientras mis pezones se endurecían contra la tela. El foro estaba en silencio, solo nuestros jadeos y el crujido del colchón viejo.

Acto uno: El Despertar

Después del corte, Diego no se apartó. Sus ojos brillaban con hambre. Eso no fue acting, ¿verdad? susurró, su mano aún en mi cadera. Negué con la cabeza, mordiéndome el labio. Ven a mi camerino después, me invitó, y yo, con el pulso acelerado, asentí. El deseo era un volcán a punto de estallar.

En el camerino, la luz tenue de una lámpara de mesa pintaba sombras en sus facciones. Cerró la puerta con llave, y el clic resonó como promesa. Se acercó lento, como tigre cazando. Desde el primer día te quiero comer a besos, confesó, su voz ronca envolviéndome. Lo jalé por la camisa, probando sus labios salados, su lengua invadiendo mi boca con urgencia dulce. Olía a sudor limpio y excitación, ese aroma almizclado que hace que las piernas flaqueen.

Sus manos expertas desabrocharon mi blusa, exponiendo mis tetas al aire fresco. Qué chulas, pinche culera, gruñó juguetón, lamiendo un pezón hasta que gemí bajito. Mi piel ardía bajo su toque áspero, callos de tanto manejar equipo de luces en otros trabajos. Bajé la mano a su pantalón, sintiendo su verga tiesa pulsar contra mis dedos. Es enorme, wey, pensé, mientras la liberaba, pesada y caliente en mi palma.

Me arrodillé, el piso frío contra mis rodillas, pero no importaba. Lamí la punta, saboreando su pre-semen salado, mientras él enredaba dedos en mi pelo. Así, mami, chúpamela rica. El sonido húmedo de mi boca subiendo y bajando llenaba el cuarto, mezclado con sus gemidos guturales. Mi concha palpitaba, empapada, rogando atención.

Acto dos: La Escalada

Diego me levantó como pluma, sentándome en el tocador lleno de maquillaje. Barrí los frascos con el brazo, el estruendo ahogado por su beso feroz. Me quitó el jeans con prisa, exponiendo mis bragas de encaje negro, ya transparentes de jugos. Mira cómo te chorreaste por mí, dijo con picardía mexicana, frotando mi clítoris hinchado con el pulgar. Grité suave cuando metió dos dedos, curvándolos justo ahí, el punto G que me hacía ver estrellas.

Esto es mejor que cualquier telenovela, neta. Su mirada me devora, me hace sentir diosa del sexo.

El espejo reflejaba todo: mi cara sonrojada, tetas rebotando con cada embestida de sus dedos, su verga goteando ansiosa. Sudábamos juntos, piel resbalosa uniéndose. Cómetela, Diego, no aguanto, supliqué. Se hincó, su lengua caliente lamiendo mi raja de arriba abajo, chupando mis labios mayores como tamarindo maduro. El sabor de mi excitación lo volvía loco; gruñía contra mi carne sensible, enviando vibraciones que me arqueaban.

La tensión psicológica era brutal. ¿Y si alguien escucha? ¿Y si el director entra? Pero eso solo avivaba el fuego. Lo jalé arriba, guiando su verga a mi entrada. Entra despacio, cabrón, hazme tuya. Empujó centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome hasta el fondo. Nuestros gemidos se fundieron; él mordía mi hombro, yo arañaba su espalda marcada de cicatrices leves de caídas en escenas de acción.

Empezamos lento, ritmado como tango porteño. Sus caderas chocaban contra las mías, piel contra piel con palmadas húmedas. El olor a sexo crudo impregnaba el aire: sudor, fluidos, deseo puro. Aceleramos, el tocador temblando. ¡Más duro, pendejo, rómpeme! grité, perdida en el placer. Él obedeció, follándome con fuerza animal, sus bolas golpeando mi culo.

Mi orgasmo vino como avalancha: músculos contrayéndose, concha ordeñando su verga, grito ahogado en su cuello. Él siguió, prolongando mi éxtasis con estocadas precisas. Soy actor de pasion, pero esto es real, jadeó él, antes de tensarse y llenarme con chorros calientes, su semen mezclándose con mis jugos, goteando por mis muslos.

Acto tres: El Afterglow

Nos derrumbamos en el sillón raído, cuerpos entrelazados, respiraciones entrecortadas calmándose. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante. Acaricié su pelo revuelto, oliendo a champú de hierbas. Eso fue épico, Ana. Neta, eres mi musa, murmuró, besando mi piel salada.

Reímos bajito, compartiendo un cigarro que sacó de su chamarra –solo uno, para celebrar. El humo danzaba en la luz ámbar, mientras hablábamos de sueños: él quería su protagónico en Azteca, yo en Televisa. Esto no fue solo un polvo; hay chispa aquí, pensé, viendo su sonrisa genuina.

Nos vestimos lento, robándonos besos perezosos. Al salir, el foro estaba vacío, luces bajas. Caminamos a la calle, noche mexicana vibrante con taquerías humeantes y cumbia lejana. ¿Repetimos en mi depa? propuso. Sonreí, tomándole la mano. Claro, actor de pasion. Esto apenas empieza.

Desde esa noche, los ensayos se volvieron rituales privados. Actores de Pasion no solo era la obra; éramos nosotros, viviendo cada escena con fuego real. Y qué chido se siente ser protagonista de tu propia historia erótica.

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