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Pasión de Gavilanes Capítulo 175 Fuego en la Carne

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Pasión de Gavilanes Capítulo 175 Fuego en la Carne

María sentía el calor del atardecer mexicano filtrándose por las cortinas de encaje de su habitación en la hacienda. El sol poniente teñía todo de un naranja intenso, como si el cielo mismo ardiera de celos por lo que estaba por pasar. Se recargaba en la puerta, observando a Juan que se acercaba por el pasillo de baldosas rojas, su camisa blanca pegada al pecho sudoroso por el trabajo del día en los campos. Qué hombre, pensó ella, mordiéndose el labio inferior. Juan era de esos rancheros que no necesitaban palabras para encenderla; bastaba su mirada oscura, profunda como los ojos de un gavilán cazador.

Órale, mi reina —dijo él con esa voz ronca que le erizaba la piel—. ¿Ya estás lista pa'l capítulo de hoy?

María sonrió, coqueta, mientras lo jalaba adentro. Habían hecho de Pasión de Gavilanes capítulo 175 su ritual secreto. Esa escena donde los amantes se devoraban en la penumbra de una cabaña, ignorando rencores y venganzas, les había prendido la mecha meses atrás. No era solo la telenovela; era como si el guion hablara de ellos, de su propia pasión salvaje en medio de la vida ranchera. Ella cerró la puerta con un clic suave, y el aire se cargó de inmediato con el aroma a tierra húmeda que traía él en la ropa, mezclado con su sudor varonil, ese olor que la ponía húmeda sin remedio.

Se sentaron en la cama king size, cubiertos de sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Juan encendió la tele con el control, y ahí estaba: Pasión de Gavilanes capítulo 175, reproduciéndose en su DVD pirata que habían conseguido en el tianguis. Los gemidos de la pantalla llenaron la habitación, bajos al principio, como un susurro que invitaba. María se acurrucó contra el pecho de él, sintiendo los latidos acelerados bajo su palma. Su mano grande la rodeó por la cintura, dedos callosos rozando la curva de su cadera bajo el vestido ligero de algodón.

En la pantalla, los protagonistas se besaban con furia, lenguas enredadas, manos explorando. María imitó el movimiento, girando el rostro hacia Juan. Sus labios se encontraron en un beso lento, saboreando el salado de su piel, el dulzor de la fruta que él había comido en el campo.

Neta, este wey me vuelve loca
, pensó ella mientras su lengua bailaba con la de él, chupando, mordiendo suave. El beso se profundizó, y ella sintió el bulto endureciéndose contra su muslo. Un gemido escapó de su garganta, vibrando contra la boca de Juan.

El calor subía. María se apartó un segundo, jadeante, para mirarlo a los ojos. Esos ojos negros que prometían todo. —¿Te late lo del capítulo? —murmuró ella, voz temblorosa de anticipación.

Me late más tú, mi chula —respondió él, y la tumbó de espaldas con gentileza pero firmeza. Sus manos subieron por sus muslos, arrugando el vestido hasta la cintura, exponiendo sus bragas de encaje negro. El roce de sus yemas ásperas en la piel sensible la hizo arquearse. Olía a su propia excitación, ese almizcle dulce que flotaba en el aire, mezclado con el perfume de jazmín de su loción.

La tensión crecía como una tormenta en el horizonte. Juan besó su cuello, lamiendo el hueco de la clavícula, donde latía su pulso como un tambor. Cada roce era eléctrico: la barba incipiente raspando suave, el aliento caliente humedeciendo la piel. María metió las manos bajo su camisa, palpando los músculos duros del abdomen, bajando hasta el botón del pantalón. Lo desabrochó con dedos ansiosos, liberando su verga tiesa, gruesa, palpitante. La tocó, piel aterciopelada sobre acero, y él gruñó contra su oreja.

No aguanto más, se dijo ella, mientras lo masturbaba lento, sintiendo las venas hinchadas bajo su palma. Juan le quitó las bragas de un tirón juguetón, y su dedo índice rozó el clítoris hinchado, haciendo que ella gritara bajito. —¡Ay, cabrón, qué rico! —jadeó María, piernas abriéndose por instinto.

Apagaron la tele; ya no la necesitaban. El verdadero Pasión de Gavilanes capítulo 175 estaba pasando ahí, en su cama. Juan se hincó entre sus piernas, besando el interior de los muslos, mordisqueando hasta llegar a su centro. Su lengua la lamió plana, de abajo arriba, saboreando su jugo salado-dulce. María se aferró a las sábanas, caderas moviéndose al ritmo de su boca. Chupa, mi amor, chupa más, rogaba en silencio. El sonido era obsceno: lengüetazos húmedos, suspiros ahogados, el crujir de la cama. Olía a sexo puro, a deseo crudo.

Pero ella quería más. Lo jaló hacia arriba, guiándolo dentro de ella. La punta de su verga rozó la entrada, y ambos gimieron al unísono cuando él empujó, centímetro a centímetro, llenándola hasta el fondo. Qué grande, qué perfecto, pensó María, uñas clavándose en su espalda. Empezaron a moverse, lento al principio, saboreando la fricción, el estiramiento delicioso. Sus pechos rebotaban con cada embestida, pezones duros rozando el pecho velludo de él.

La habitación se llenó de sus voces: —¡Más fuerte, Juan, chingame duro! —gritaba ella, y él obedecía, caderas chocando con palmadas sonoras, sudor goteando de su frente a su piel. El olor era intenso: sudor, sexo, amor. Ella lo arañaba, él la mordía el hombro, dejando marcas rojas que mañana dolerían rico. La tensión subía, espiral ascendente, hasta que María sintió el orgasmo acercándose como un tren.

En el clímax, todo explotó. Ella se convulsionó alrededor de él, paredes apretando su verga en espasmos, gritando su nombre mientras oleadas de placer la barrían. Juan la siguió segundos después, gruñendo como animal, llenándola con chorros calientes que la hicieron temblar de nuevo. Se quedaron unidos, respiraciones entrecortadas, cuerpos pegajosos de sudor.

Después, en el afterglow, Juan se dejó caer a su lado, jalándola contra su pecho. María escuchaba su corazón calmándose, sentía el semen escapando lento entre sus piernas, cálido y pegajoso. Besó su pecho, lamiendo el salado. —Ese fue nuestro capítulo 175, ¿verdad? —dijo ella, riendo suave.

El mejor, mi vida. Y habrá más —respondió él, acariciando su cabello revuelto.

Se quedaron así, envueltos en sábanas arrugadas, el aire aún cargado de su aroma compartido. Afuera, la noche caía sobre la hacienda, grillos cantando como testigos mudos. María sonrió en la penumbra, sabiendo que su pasión no tenía fin, como esas telenovelas que los unían. Pasión de Gavilanes capítulo 175 no era solo ficción; era ellos, eternos en su fuego.

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