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Futbol Pasion de Multitudes

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Futbol Pasion de Multitudes

El estadio Azteca rugía como una bestia viva, miles de voces fundidas en un solo grito ensordecedor. Ana se abrió paso entre la multitud apiñada, el aire cargado de sudor, cerveza derramada y ese olor inconfundible a tacos al pastor que vendían en los alrededores. Llevaba la camiseta azulcrema del América bien pegada al cuerpo por el bochorno de la tarde mexicana, sus pechos subiendo y bajando con cada empujón de la gente. Fútbol pasión de multitudes, pensó, mientras el pulso del corazón le latía al ritmo de los tambores que retumbaban desde las gradas.

Se coló en su sección, buscando su asiento que ya estaba ocupado por el desmadre habitual. Un tipo alto, moreno, con músculos marcados bajo una playera ajustada del mismo equipo, la miró de reojo. Sus ojos oscuros brillaron con picardía. "Órale, mamacita, ¿aquí te sientas o nomás vienes a calentar la banca?", le dijo con una sonrisa que mostraba dientes perfectos, la voz ronca por los gritos previos.

Ana sintió un cosquilleo en el estómago. Neta, qué guapo el pendejo. Pelo revuelto, barba de tres días, y un olor a hombre que la mareaba: colonia barata mezclada con testosterona pura. "Sí, güey, es mío. Muévete o te aviento un codazo", respondió ella juguetona, empujándolo con la cadera. Él se hizo a un lado riendo, y sus cuerpos se rozaron lo justo para que ella notara el calor de su piel a través de la tela.

¿Por qué carajos me late tan fuerte el corazón? No es solo el pinche partido, es este vato que me mira como si ya me tuviera en la mira.

El silbato inicial sonó y la pasión de multitudes estalló. Gritos, saltos, el suelo temblando bajo sus pies. Ana y el desconocido, que se presentó como Marco, se pegaron más en la euforia. Cada vez que el América atacaba, sus brazos se enlazaban, caderas chocando en el vaivén de la gente. El sudor le corría por la espalda, goteando entre sus senos, y ella juraba que sentía la mano de él rozándole la nalga disimuladamente.

"¡Gol, cabrones!", bramó Marco cuando el Chucho López la clavó en el ángulo. La abrazó fuerte, levantándola del suelo. Sus labios casi se rozan en el salto. Ana olió su aliento a chela y churros, dulce y salado. Cuando la bajó, sus caras quedaron a centímetros. "Neta, qué chingón verte brincar", murmuró él, la voz baja, solo para ella en medio del caos.

Ella se mordió el labio, el calor subiendo por sus muslos. "Tú no estás tan pinche mal, carnal. Me estás poniendo a sudar más que el sol". La tensión crecía con cada jugada. En un córner, la multitud los aplastó uno contra el otro. El pecho duro de Marco contra sus tetas suaves, su verga semi-dura presionando su vientre. Ana jadeó bajito, el roce enviando chispas por su clítoris. Ya valió, lo quiero ya, pensó, mientras sus manos subían por su espalda musculosa.

El medio tiempo llegó como salvación. La gente se dispersó un poco hacia los baños y las chelerías. Marco la jaló de la mano. "¿Vamos por un refresco o qué?". Pero sus ojos decían otra cosa. Caminaron pegados, codos rozando, hasta un pasillo lateral menos concurrido, donde el eco de los vendedores se perdía. Ahí, contra la pared fría de concreto, se miraron fijo.

Esto es locura pura. Fútbol pasión de multitudes, y nosotros dos a punto de explotar como volcán.

"¿Qué onda contigo, Ana? Me traes loco desde que llegaste", dijo él, acorralándola suave, su mano en su cintura. Ella levantó la cara, oliendo su cuello, lamiendo el sudor que le perlaba la piel. Salado, masculino, delicioso. "Tú a mí, Marco. Neta, no aguanto más". Sus labios se unieron en un beso hambriento, lenguas enredándose como en un regate perfecto. Manos por todos lados: él amasándole las nalgas, ella metiendo dedos por debajo de su playera, sintiendo los abdominales contraídos.

El segundo tiempo empezó, pero ellos ya no volvieron a las gradas. Se escabulleron a un rincón olvidado detrás de las oficinas de mantenimiento, un espacio angosto con olor a humedad y metal oxidado, pero perfecto para su desmadre. Marco la sentó en una caja de equipo viejo, le subió la falda hasta la cintura. "Estás chingona, güey. Déjame verte", gruñó, bajándole las calzas de un tirón. Ana abrió las piernas, exponiendo su coño húmedo, depilado, brillando bajo la luz tenue.

Él se arrodilló, inhalando su aroma almizclado, a excitación pura. "Hueles a miel, reina". Su lengua la lamió despacio, desde el ano hasta el clítoris, saboreando cada gota. Ana gimió, agarrándole el pelo, el sonido de la multitud lejana como banda sonora. Su boca es fuego, me va a hacer venir ya. Él chupaba con hambre, dedos metiéndose adentro, curvándose en su punto G. Ella se arqueó, tetas botando libres porque se había quitado la playera.

"¡Marco, no pares, pendejo! ¡Así!", gritó ella, mientras el orgasmo la sacudía como un terremoto. Chorros de placer la mojaron la cara, y él lo lamió todo, sonriendo triunfante. Se puso de pie, bajándose el pantalón. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, goteando pre-semen. "Ahora tú, mija. Quiero sentirte".

Ana se bajó, arrodillándose en el piso sucio pero sin importarle. Lo tomó en la mano, sintiendo el pulso caliente, el grosor que apenas cabía en su boca. Lo mamó profundo, garganta relajada por la práctica, saliva chorreando. Él gemía ronco: "¡Qué rica chupas, Ana! Neta, eres diosa". Ella lo miró a los ojos, juguetona, mientras le lamía las bolas, oliendo su masculinidad cruda.

No aguantaron más. Él la levantó, la pegó a la pared. "Dime si quieres, cariño", jadeó, respetuoso. "¡Sí, métemela ya, cabrón! Quiero sentirte todo". Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola delicioso. El dolor-placer la hizo arañarle la espalda. Empezaron a bombear, fuerte, al ritmo de sus corazones desbocados. Piel contra piel chapoteando, sudor volando, el eco de sus jadeos mezclándose con los goles lejanos del estadio.

Esto es el paraíso. Su verga me llena perfecta, cada embestida me lleva al cielo. Fútbol pasión de multitudes, pero esto es nuestra pasión.

Marco la volteó, la puso en cuatro sobre la caja, embistiéndola por atrás. Manos en sus caderas, nalgadas suaves que resonaban. "¡Estás apretada, Ana! Me vas a hacer acabar". Ella se tocaba el clítoris, círculos rápidos, el segundo orgasmo construyéndose como ola. "¡Ven conmigo, amor! ¡Lléname!". Él rugió, clavándose profundo, semen caliente inundándola en chorros potentes. Ella explotó, piernas temblando, coño contrayéndose ordeñándolo todo.

Se derrumbaron juntos, respirando agitados, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. El estadio aún vibraba con el final del partido, silbatos y abrazos en las gradas. Marco la besó suave en la frente. "Neta, lo más chido que me ha pasado en un partido". Ana sonrió, acariciándole el pecho. "Igual pa' mí, güey. Quién sabe, tal vez nos veamos en la vuelta".

Se vistieron riendo, robándose besos, saliendo del escondite como si nada. La multitud los engulló de nuevo, pero ahora con un secreto ardiente. Ana sintió el semen escurrir por sus muslos, recordatorio delicioso. Caminaron juntos hacia la salida, manos entrelazadas, el fútbol pasión de multitudes dejando en ellos una marca eterna de deseo cumplido.

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