Hombre Sujeto a Pasiones
La noche en Guadalajara olía a tacos al pastor y a tequila reposado, ese aroma que te envuelve como un abrazo caliente y te hace sentir vivo. Yo, Alejandro, caminaba por la plaza de los Mariachis con el corazón latiéndome fuerte, como si presintiera que esa velada iba a cambiarme la vida. Llevaba una camisa guayabera ajustada que marcaba mis pectorales, sudados por el calor bochornoso de la tarde que se negaba a irse. Soy un hombre sujeto a pasiones, me dije mientras sorbía mi chela helada, observando a la gente bailar al ritmo de unas rancheras que retumbaban en el aire húmedo.
Ahí la vi. Sofia, con su falda floreada ceñida a las caderas anchas y una blusa escotada que dejaba ver el valle entre sus senos morenos, brillantes de sudor. Sus ojos negros brillaban como obsidianas bajo las luces de colores, y su risa era un sonido ronco, juguetón, que me erizó la piel. Se movía con esa gracia mexicana, meneando las nalgas al compás de la música, como si el mundo entero fuera suyo para conquistar. Neta, en ese momento supe que la quería. Órale, pensé, esta morra me va a volver loco.
Me acerqué con una sonrisa pícara, ofreciéndole mi chela. "¿Quieres un trago, reina? O mejor, ¿bailamos y vemos qué pasa?" le dije, mi voz grave cortando el bullicio. Ella me miró de arriba abajo, lamiéndose los labios pintados de rojo, y contestó: "Simón, guapo. Pero avienton si aguantas mi ritmo". Sus dedos rozaron los míos al tomar la botella, un toque eléctrico que me subió calor por el brazo hasta el pecho. El olor de su perfume, mezclado con jazmín y algo más animal, me mareó.
¿Qué carajos estoy haciendo? ¿Tan fácil me dejo llevar por estas pasiones que me queman por dentro? Pero qué chido se siente...
Nos pegamos en la pista. Su cuerpo contra el mío, suave y firme, sus caderas girando contra mi entrepierna que ya se ponía dura como piedra. Sentía el calor de su piel a través de la tela fina, el roce de sus muslos contra los míos mientras bailábamos un son juguetón. Su aliento cálido en mi cuello olía a menta y tequila, y cada vez que se inclinaba, sus tetas se apretaban contra mi torso, haciendo que mi verga palpitara con urgencia. "Eres un cabrón sensual, Alejandro", murmuró en mi oreja, mordisqueándome el lóbulo. Yo solo pude gemir bajito, mis manos bajando por su espalda hasta apretar esas nalgas redondas, carnosas, que cabían perfectas en mis palmas.
La tensión crecía como una tormenta de verano. Salimos de la plaza tomados de la mano, riendo como pendejos enamorados del momento. Caminamos hasta su depa en el barrio de Providencia, un lugar chulo con balcones llenos de buganvilia y vista a las luces de la ciudad. Adentro, el aire estaba fresco del ventilador, pero el calor entre nosotros era insoportable. Nos besamos en la puerta, un beso hambriento, lenguas enredadas con sabor a cerveza y deseo puro. Sus labios eran suaves, hinchados, y chupaban los míos como si quisiera devorarme.
"Te quiero ya, mi amor", le dije, levantándola en brazos. Ella rio, envolviendo sus piernas alrededor de mi cintura, su coño caliente presionando contra mi erección a través de los pantalones. La llevé a la cama, una king size con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. La tiré suave, pero con fuerza, y me quité la camisa de un jalón, dejando que viera mi pecho velludo, mis abdominales marcados por horas en el gym. Sofia se lamió los labios, sus ojos devorándome. "Qué rico estás, pendejo. Ven y fóllame como hombre".
Me arrodillé entre sus piernas abiertas, subiendo la falda hasta la cintura. Sus panties de encaje negro estaban empapadas, el olor almizclado de su excitación me golpeó como un puñetazo, dulce y salado, haciendo que mi boca se hiciera agua. Besé sus muslos internos, la piel tersa temblando bajo mi lengua. Lamí despacio, trazando círculos hacia arriba, hasta que llegué a su clítoris hinchado. "¡Ay, Dios, qué chingón!" gritó ella, arqueando la espalda, sus uñas clavándose en mis hombros. Chupé con hambre, saboreando sus jugos que fluían como miel caliente, mi lengua metiéndose en su entrada apretada mientras ella gemía ronco, "Más, cabrón, no pares".
Este sabor, este calor... soy un hombre sujeto a pasiones que no puedo ni quiero controlar. Su placer es el mío, y juro que la voy a hacer volar.
La tensión subía como el volumen de una rola de José Alfredo. Me quité los pantalones, mi verga saltando libre, gruesa y venosa, goteando precum que brillaba bajo la luz tenue. Sofia la miró con ojos lujuriosos, "Qué vergota, mi rey. Métemela ya". Me puse un condón del cajón de la noche –siempre preparados, ¿no?– y me acomodé entre sus piernas. Entré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo su coño me apretaba como un guante de terciopelo mojado. El sonido era obsceno, chapoteante, mezclado con nuestros jadeos. "¡Sí, así, qué rico!" gritó ella, sus tetas rebotando con cada embestida.
La follé con ritmo, primero lento para saborear cada roce, sus paredes internas masajeando mi polla, luego más rápido, mis huevos chocando contra su culo. Sudábamos como locos, el olor a sexo llenando la habitación, piel contra piel resbalosa. La volteé a cuatro patas, admirando su espalda arqueada, el sudor perlando su espinazo. Agarré sus caderas y la penetré profundo, mi mano bajando a frotar su clítoris mientras ella gritaba, "¡Me vengo, Alejandro, no pares!". Su orgasmo la sacudió como un terremoto, su coño contrayéndose alrededor de mí, ordeñándome.
No aguanté más. La puse encima, cabalgándome como una diosa azteca, sus caderas girando en círculos perfectos. Sentía sus jugos chorreando por mis bolas, el slap-slap de carne contra carne, sus gemidos convirtiéndose en alaridos. "¡Córrete conmigo, amor!" ordenó, y exploté dentro de ella, chorros calientes llenando el condón mientras mi cuerpo convulsionaba de placer puro, el mundo reduciéndose a ese éxtasis blanco.
Caímos exhaustos, enredados en las sábanas revueltas. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante calmarse. El aire olía a nosotros, a sudor salado y pasión satisfecha. La besé en la frente, suave, mientras ella trazaba círculos en mi piel con la uña. "Qué chido fue eso, mi vida. Eres un animal en la cama", murmuró con voz perezosa. Yo sonreí, acariciando su cabello negro sedoso.
Pasiones que me sujetan, pero que también me liberan. Con ella, todo vale la pena.
Nos quedamos así hasta el amanecer, hablando pendejadas sobre la vida en GDL, planes para tacos en la mañana y quién sabe qué más. Esa noche me recordó que ser un hombre sujeto a pasiones no es una maldición, sino un don. Un fuego que quema delicioso.