Orgullo y Pasion Novela
Yo soy Sofía, de esas chilangas que crecieron entre las luces de Polanco y las fiestas en las azoteas de las Lomas. Mi familia tiene lana de sobra, herencia de abuelos que armaron imperios con tequila y hoteles en la costa. Siempre he sido la reina del orgullo, con mi naricita respingada y mi vestido ceñido que hace que los vatos se muerdan los labios. Pero órale, nunca me he rebajado a un pendejo cualquiera. Hasta que apareció él, Alejandro, ese morro alto, moreno y con ojos que queman como chile habanero.
Todo empezó en la gala del club de golf en Santa Fe. El aire olía a jazmines caros y cigarros cubanos, la música de mariachi fusion con jazz retumbaba suave. Yo iba de rojo fuego, tacones que me hacían sentir invencible. Ahí lo vi, platicando con unos empresarios, su camisa blanca pegada al pecho musculoso por el sudor del calor veraniego. Me miró, y sentí un cosquilleo en la piel, como si su mirada me quitara la blusa poquito a poquito.
¿Quién se cree este güey? Nuevo rico con aires de grandeza. Ni que me interesara.
Pero el destino es cabrón. Terminamos en la misma mesa. "Sofía, ¿verdad? La reina de las fiestas", me dijo con voz grave, como ron con miel. "Y tú eres Alejandro, el que compró la torre en Reforma", respondí seca, cruzando las piernas para que viera mis muslos bronceados. Discutimos de negocios, de arte, de todo. Su orgullo chocaba con el mío como dos toros en la plaza. Me llamó arrogante, yo a él ambicioso sin clase. Pero cada palabra era un roce, cada mirada un beso invisible. Al final de la noche, bailamos un tango improvisado. Sus manos en mi cintura, firmes, calientes, me hicieron jadear bajito. Olía a colonia cara y hombre sudado, un olor que se me metió en la nariz y no salía.
Los días siguientes fueron un desmadre interno. No podía sacármelo de la cabeza. Mi orgullo me gritaba no te rebajes, pero mi cuerpo ardía. Recibí un mensaje: "Cena en mi penthouse. Quiero verte sin máscaras". ¿Orgullo y pasión? Esto parece novela, pensé, recordando esas historias picantes que leo a escondidas, como una orgullo y pasion novela que devoré la semana pasada, llena de damas altivas cayendo en brazos de galanes fogosos.
Fui. El elevador subía lento, mi corazón latía como tamborazo zacatecano. Él abrió la puerta en pants ajustados y playera sin mangas, mostrando brazos tatuados con águilas mexicanas. "Pasa, nena", dijo con sonrisa pícara. La terraza tenía vista a la ciudad brillando, velas parpadeando, mesa con mole poblano y mezcal ahumado. Cenamos, platicamos de verdad. Me contó de su ranchito en Jalisco, de cómo luchó por salir adelante sin pedirle a nadie. Yo confesé mi miedo a perder el control, a que me vieran débil. Nuestras rodillas se rozaban bajo la mesa, un toque eléctrico que subía por mis piernas.
"Eres orgullosa, Sofía, pero eso me prende", murmuró, su aliento cálido en mi oreja. Me levanté, fingiendo enojo. "No soy de las que se rinden fácil". Él se paró, me acorraló contra la baranda. Sus labios rozaron los míos, suaves al principio, probando. Sabían a mezcal y deseo. No, mi orgullo... Pero mi lengua lo buscó, hambrienta. Nos besamos como poseídos, sus manos en mi culo apretando, mi uñas en su espalda rasguñando. "Te quiero, cabrona preciosa", gruñó.
Me cargó adentro, a la cama king size con sábanas de seda negra. El cuarto olía a sándalo y su aroma masculino. Me quitó el vestido despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras. "Qué chingonas", dijo lamiendo uno, succionando hasta que gemí alto. Su lengua era fuego, trazando círculos que me mojaban la concha sin tocarla aún. Yo bajé su pants, su verga saltó dura, gruesa, venosa, palpitando. La tomé en la mano, piel suave sobre hierro, y la chupé despacio, saboreando la sal de su prepucio, oyendo sus jadeos roncos: "¡No mames, qué rico!".
Esto es orgullo roto, pasión pura. Como en esa novela que leí, pero real, carnal.
Me tumbó, abrió mis piernas. Su aliento caliente en mi monte de Venus, luego su lengua lamió mi clítoris hinchado. "Estás empapada, Sofía", dijo entre lamidas, metiendo dos dedos gruesos que curvaba adentro, tocando ese punto que me hacía arquear la espalda. Olía a mi excitación, almizcle dulce, y el sonido de su boca chupando era obsceno, chapoteante. Gemí su nombre, "¡Alejandro, más!", mis caderas moviéndose solas contra su cara barbuda que raspaba delicioso.
No aguanté más. "Cógeme ya, pendejo". Se puso encima, su peso delicioso, piel sudada pegándose a la mía. La punta de su verga rozó mi entrada, resbalosa, y empujó lento. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome hasta el fondo. "¡Ay, qué grande!", grité, uñas clavadas en sus nalgas. Empezó a bombear, primero suave, profundo, luego rápido, duro. El slap-slap de carne contra carne, nuestros gemidos mezclados con el zumbido de la ciudad abajo. Sudor goteaba de su pecho al mío, salado en mi lengua cuando lo lamí. Mi concha lo apretaba, ordeñándolo, el placer subiendo como ola en Acapulco.
Cambié de posición, cabalgándolo. Sus manos en mis chichis rebotando, pellizcando pezones. Yo bajaba fuerte, sintiendo su verga golpear mi cervix, un dolor placentero. "¡Sí, cabálgame, reina!", rugía él, sus ojos fijos en los míos, orgullo y pasión fundidos. El orgasmo me pegó como rayo, mi cuerpo temblando, concha contrayéndose en espasmos, chorros de jugo mojando sus bolas. Él gruñó, "¡Me vengo!", y se vació adentro, caliente, espeso, pulsando.
Caímos exhaustos, jadeando. Su brazo alrededor de mi cintura, piel pegajosa, corazones latiendo al unísono. El aire olía a sexo, a nosotros. "No fue solo orgullo, Sofía. Es pasión de verdad", susurró besando mi cuello. Yo sonreí, por primera vez sin máscaras. Esto es mi orgullo y pasion novela, pensé, la mejor que he vivido.
Desde esa noche, todo cambió. Paseamos por el Bosque de Chapultepec tomados de la mano, follamos en su yate en Cancún con el mar meciéndonos. Mi orgullo se transformó en fuerza compartida, su pasión en mi hogar. Ya no hay batallas, solo nosotros, enredados en sábanas y promesas. Y cada vez que me corro gritando su nombre, sé que esta historia no acaba nunca.