El Poder y la Pasion de Phil Collins
Entraste al bar en Polanco con el corazón latiendo fuerte, el aire cargado de ese olor a tequila añejo y perfume caro que siempre te ponía de nervios. La noche de Guadalajara te había seguido hasta la Ciudad de México, pero aquí todo se sentía más intenso, más vivo. ¿Por qué carajos vine sola? pensaste mientras te acomodabas en la barra, pidiendo un margarita con sal. La música de fondo era suave, jazz mezclado con algo electrónico, pero de repente, el DJ cambió el ritmo. Sonó una guitarra eléctrica que te erizó la piel, seguida de una voz ronca y apasionada. Phil Collins. In the Air Tonight. Ese tambor que entra como un trueno, el poder crudo que te hace sentir viva.
Volteaste y ahí estaba él. Alto, moreno, con una camisa negra ajustada que marcaba unos pectorales duros como piedra. Sus ojos te clavaron en el sitio, oscuros y hambrientos. Se acercó con una sonrisa pícara, como si supiera exactamente lo que te estaba pasando. Qué chingón se ve este pendejo, te dijiste, sintiendo un calor subir por tus muslos.
—Órale, güey, ¿también te late Phil Collins? —te dijo con voz grave, sentándose a tu lado sin pedir permiso—. Esta rola es el poder y la pasión Phil Collins, neta. Me pone la piel chinita cada vez.
Te reíste, sorprendida. Nadie en México platicaba de Phil Collins como si fuera el rey del desmadre. —Simón, carnal. Esa batería es como un orgasmo que se arma poquito a poquito —respondiste, lamiendo la sal de tu vaso, notando cómo sus ojos seguían tus labios.
Se llamaba Diego, empresario de tecnología, de esos que manejan el mundo desde su iPhone. Charlaron de todo: de conciertos en el Foro Sol, de cómo Against All Odds te había hecho llorar en la prepa, de la pasión que arde cuando la música te agarra el alma. El bar se llenó de gente, risas y humo de cigarros electrónicos, pero entre ustedes el aire se cargaba de electricidad. Su mano rozó tu brazo al pasarte el trago, y sentiste un chispazo. Piel contra piel, cálida, áspera por el vello fino. Olía a colonia cara, madera y un toque de sudor masculino que te mojó las bragas sin piedad.
—Vámonos de aquí —te susurró al oído, su aliento caliente rozando tu oreja—. Tengo una playlist en casa que te va a volar la cabeza. El poder y la pasión Phil Collins, completa.
Asentiste, el deseo ya latiendo en tu centro como un tambor lejano. Salieron al valet, su auto negro reluciente bajo las luces neón. En el camino, su mano en tu pierna, subiendo despacio, dedos fuertes apretando tu muslo interno. No mames, ya estoy empapada, pensaste, mordiéndote el labio mientras la ciudad pasaba borrosa por la ventana.
Acto dos: La escalada
Su penthouse en Lomas era un sueño: ventanales del piso al techo con vista al skyline, luces tenues y un sistema de sonido que retumbaba en las paredes. Puso la playlist de inmediato. Sussudio empezó a sonar, ese ritmo funky que te hace mover las caderas sin querer. Diego te jaló hacia él, sus manos en tu cintura, pegándote a su cuerpo duro. Bailaron lento, sus caderas contra las tuyas, el bulto en sus pantalones presionando tu vientre. Sentías su calor a través de la tela, grande, palpitante.
Quiero devorarlo ya, pero no, hay que saborearlo, te dijiste, mientras sus labios rozaban tu cuello, lamiendo la sal que aún quedaba de tu piel.
—Eres una chingona —murmuró, mordisqueando tu lóbulo—. Me traes loco con ese meneo.
Tus manos exploraron su espalda, músculos tensos bajo la camisa. La desabotonaste poquito a poquito, besando su pecho, saboreando el sudor salado que perlaba su piel. Él gimió, un sonido gutural que vibró en tu clítoris. Bajó la cremallera de tu vestido, dejándolo caer al piso. Quedaste en lencería negra, tetas altas, pezones duros como piedritas. Sus ojos se oscurecieron, devorándote.
—Qué rica estás, pinche diosa —dijo, arrodillándose. Sus manos separaron tus muslos, inhalando profundo. Olías a deseo, a miel y almizcle. Su lengua tocó tu concha por primera vez, lamiendo despacio desde el ano hasta el clítoris. ¡Ay, cabrón! Un jadeo se te escapó, piernas temblando. Chupaba con hambre, sorbiendo tus jugos, dos dedos entrando y saliendo, curvándose contra tu punto G. La música cambiaba a One More Night, la voz de Phil Collins envolviéndolos como una niebla sensual.
Lo empujaste al sofá, queriendo tu turno. Le bajaste los pantalones, su verga saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza brillando de precum. La tomaste en la mano, sintiendo el pulso furioso. Qué madriza de pito, pensaste, lamiendo desde la base hasta la punta, saboreando su esencia salada y amarga. Él gruñó, enredando dedos en tu pelo, follando tu boca con empujones suaves. Pero no querías que terminara aún. Te subiste a horcajadas, frotando tu chochita mojada contra su longitud, lubricándolo con tus fluidos.
—Te quiero adentro, Diego, ya —suplicaste, voz ronca.
Él te levantó como si no pesaras, llevándote a la cama king size. Sábanas de seda fría contra tu espalda ardiente. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándote deliciosamente. ¡Qué chingón se siente! Llenándote por completo, el placer doliendo un poquito al principio, luego puro fuego. Empezaron a moverse, ritmo lento al principio, sincronizados con la batería de El poder y la pasión Phil Collins que ahora sonaba en loop. Sus embestidas profundas, tocando tu cervix, bolas golpeando tu culo. Sudor goteando, mezclándose, olores de sexo crudo llenando la habitación: esperma, coño, piel caliente.
Cambiaron posiciones: tú de perrito, él jalándote el pelo, azotando tu nalgona con palmadas que resonaban más fuerte que la música. Más, pendejo, dame más, gritabas en tu mente, arqueando la espalda. Sus dedos en tu clítoris, frotando círculos rápidos. El orgasmo se armaba, tensión en tu vientre, músculos contrayéndose.
Acto tres: La liberación
Phil Collins cantaba Two Hearts cuando explotaste. Un grito ahogado, tu concha apretándolo como un puño, chorros de squirt mojando las sábanas. Él no paró, follando a través de tus espasmos, prolongando el éxtasis hasta que tus ojos rodaron. Te volteó, misionero profundo, mirándote a los ojos mientras su cara se contorsionaba.
—Me vengo, güey, agárrate —gruñó, llenándote con chorros calientes, semen espeso pintando tus paredes internas. Colapsaron juntos, jadeando, corazones galopando al unísono con el fade out de la canción.
Después, en el afterglow, su brazo alrededor de tu cintura, piel pegajosa y tibia. El skyline brillaba afuera, la playlist en pausa. Te besó la frente, suave, tierno.
Esto fue más que un polvo, neta. El poder y la pasión de Phil Collins nos unió como nada, pensaste, sonriendo en la oscuridad.
Se quedaron así, susurros y caricias, prometiendo más noches así. La pasión no se apaga fácil, y con él, sabías que apenas empezaba.