Abismo de Pasión Alfonsina Se Entera de la Verdad
El calor de Guadalajara me envolvía como un amante posesivo esa tarde de verano. Caminaba por las calles empedradas del centro, con el sol quemándome la piel morena y el aroma a tacos al pastor flotando en el aire, mezclándose con el dulzor de las flores de bugambilia. Yo, Alfonsina, de veintiocho años, con mi falda floreada ondeando al viento y mis sandalias taconeando contra el pavimento, sentía un nudo en el estómago. Hacía semanas que Rodrigo me traía de cabeza. Ese macho alto, de ojos negros como el mezcal y sonrisa pícara que me hacía mojarme con solo una mirada. Pero algo andaba mal. Sus mensajes se habían vuelto esquivos, y esa noche anterior, en su depa de Providencia, había visto un sobre arrugado en su cajón. No pude resistirme. Lo abrí.
Ahora, con el corazón latiéndome a mil, releía mentalmente las palabras:
"Rodrigo, neta que te extraño carnal. Aquella noche en la playa de Puerto Vallarta fue inolvidable. Tu verga dura dentro de mí, mis gemidos ahogados por las olas... ¿Cuándo repetimos? Besos, Lupita."¿Lupita? Mi mejor amiga desde la prepa. La muy pendeja. El abismo de pasión que sentía por Rodrigo se convertía en un pozo negro de celos y deseo retorcido. ¿Cómo había podido ocultarme eso? Aceleré el paso hacia su casa, el sudor perlándome el escote, imaginando sus manos fuertes en mi cintura, su aliento caliente en mi cuello. Quería confrontarlo, pero también quería que me cogiera hasta olvidarme de todo.
Llegué jadeante a su puerta. Golpeé con fuerza, y él abrió casi de inmediato, con una playera ajustada que marcaba sus pectorales y jeans desgastados que dejaban poco a la imaginación. "¡Alfonsina, mi reina! ¿Qué pasa, nena?" Su voz grave me erizó la piel. Lo empujé adentro, cerrando la puerta de un portazo. El aire del depa olía a su colonia cítrica y a café recién hecho.
"¿Qué carajos es esto, Rodrigo?" Le aventé el sobre a la cara. Él lo atrapó, palideciendo un segundo antes de soltar una risa ronca. "Mierda, Alfonsina... te enteraste." Se acercó, invadiendo mi espacio personal, su calor corporal envolviéndome como una manta pesada. Olía a hombre puro, a sudor limpio y deseo contenido.
¿Por qué me duele tanto? ¿Por qué en lugar de odiarlo, solo quiero que me arranque la ropa?
Yo temblaba, mis pezones endureciéndose bajo la blusa delgada. "Lupita, ¿verdad? Mi amiga. Me lo contaste todo menos esto. ¿Cuántas veces te la cogiste mientras me jurabas amor eterno?" Lágrimas calientes rodaban por mis mejillas, pero mi cuerpo traicionero se arqueaba hacia él.
Rodrigo me tomó de las muñecas, pegándome a la pared. Sus labios rozaron mi oreja. "Escucha, mi amor. Fue antes de ti. Una noche de borrachera, nada serio. Pero tú... tú eres mi todo. Desde que te vi en esa fiesta en Zapopan, con tu risa loca y tu culo prieto bailando cumbia, supe que eras la indicada." Su mano bajó por mi costado, acariciando mi cadera. El roce era eléctrico, enviando chispas directo a mi entrepierna. Gemí bajito, traidora.
El principio del abismo de pasión se abría bajo mis pies. Alfonsina se entera de la verdad, y en lugar de huir, se lanza de cabeza. Lo miré a los ojos, furiosa y cachonda. "Pruébamelo, pendejo. Hazme olvidar esa carta."
Me besó con hambre, su lengua invadiendo mi boca como un conquistador. Sabía a menta y tequila de la mañana, un sabor que me volvía loca. Sus manos subieron mi falda, amasando mis nalgas desnudas bajo las tanguitas. Qué rico, pensé, mientras sus dedos rozaban mi humedad. "Estás empapada, ricura. Sabía que te prenderías." Me cargó como si no pesara nada, llevándome a su recámara. La cama king size nos esperaba, con sábanas revueltas oliendo a sexo viejo.
Me tiró sobre el colchón, quitándome la blusa de un jalón. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras. Él se arrodilló, lamiendo uno con devoción, succionando hasta que arqueé la espalda, gimiendo como una perra en celo. "¡Ay, Rodrigo, no pares!" Su boca bajaba, besando mi vientre suave, mordisqueando la piel sensible. El sonido de su chupeteo era obsceno, húmedo, mezclado con mi respiración agitada.
Me quité las tangas yo misma, abriendo las piernas en invitación. Él se desvistió rápido, su verga saltando erecta, venosa, goteando precum. Dios mío, qué chulada. La tomé en mano, sintiendo su calor pulsante, el grosor que apenas cabía en mi palma. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando su salado almizcle. Él gruñó, enredando dedos en mi cabello negro. "Mámame, Alfonsina. Así, mi reina."
Lo tragué profundo, mi garganta acomodándose a su tamaño, saliva chorreando por mi barbilla. El cuarto se llenaba de jadeos, del slap-slap de mi boca en su carne. Pero quería más. Lo empujé sobre la cama, montándome a horcajadas. Mi panocha rozaba su punta, untándola de mis jugos. Lentamente, me hundí en él, centímetro a centímetro. ¡Qué estirón tan delicioso! Llenándome hasta el fondo, sus pelotas contra mi culo.
Esto es el abismo. Caigo y no quiero salir nunca.
Cabalgaba con furia, mis caderas girando en círculos, tetas rebotando. Él las atrapaba, pellizcando pezones, enviándome ondas de placer. Sudábamos juntos, piel resbaladiza, el aroma a sexo impregnando el aire. "¡Más duro, cabrón! ¡Cógeme como si fuera la única!" Gritaba, mis uñas clavándose en su pecho. Él embestía desde abajo, su verga golpeando mi punto G, haciendo que estrellas explotaran en mi visión.
La tensión crecía como una tormenta. Mis muslos temblaban, el orgasmo acechando. Rodrigo se incorporó, volteándome de espaldas, poniéndome a cuatro patas. Su mano en mi nuca, la otra en mi cadera. Entró de nuevo, profundo, salvaje. El sonido de carne contra carne era ensordecedor, mis gemidos convirtiéndose en alaridos. "¡Sí, así! ¡Dame todo!" Olía mi propio arousal, dulce y almizclado, mezclado con su sudor.
Sus dedos encontraron mi clítoris, frotándolo en círculos rápidos. Fue demasiado. Mi cuerpo convulsionó, paredes internas apretando su verga como un puño. Vine gritando su nombre, jugos chorreando por mis piernas. Él no paró, prolongando mi éxtasis con embestidas feroces. "¡Me vengo, Alfonsina! ¡Toma mi leche!" Se vació dentro de mí, chorros calientes inundándome, su gruñido animal vibrando en mi espalda.
Colapsamos juntos, jadeantes, enredados en sábanas húmedas. Su semen se escurría de mí, cálido y pegajoso. Me besó la sien, suave ahora. "Perdóname, mi vida. La verdad es que solo te quiero a ti. Lupita fue un error, tú eres mi pasión eterna."
Yo sonreí, exhausta y satisfecha, trazando círculos en su pecho. El abismo de pasión nos había tragado, pero salimos más unidos. Afuera, Guadalajara bullía con vida, mariachis lejanos cantando de amores imposibles. Pero el nuestro era real, carnal, eterno.
En ese momento, supe que la verdad nos había liberado. Alfonsina se entera de la verdad y encuentra el paraíso en sus brazos.