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Diario de una Pasion Ryan Gosling

7140 palabras

Diario de una Pasion Ryan Gosling

Querido diario, hoy empecé a escribirte con el nombre que me vino a la mente mientras veía Diario de una Pasion Ryan Gosling por enésima vez. Esa película me tiene loca, wey. Ryan con esos ojos azules que te miran hasta el alma, esa sonrisa que te hace mojar las panties sin tocarte. Neta, cada vez que Noah besa a Allie, siento un calorcito en el estómago que baja directo a mi entrepierna. Me llamo Ana, tengo 28 años, vivo en Polanco, y desde que vi esa peli, mi vida se ha vuelto un desmadre de fantasías. Trabajo en una galería de arte, rodeada de cuadros sensuales, pero nada como la pasión cruda de Ryan Gosling en la pantalla grande.

Todo cambió el viernes pasado. Fui a un bar chido en la Condesa, de esos con luces tenues y música jazz que te pone romántica. Pedí un margarita helado, con sal en el borde, y el sabor ácido me erizó la piel. De repente, lo vi. Alto, moreno con ojos claros, mandíbula marcada como el mismísimo Ryan. Se acercó a la barra, pidió un tequila reposado, y su voz grave me recorrió el espinazo como un dedo travieso. ¿Será un clon o qué pedo? pensé, mientras mi corazón latía a mil. Me miró, sonrió, y dijo: "Hola, ¿vienes seguido por acá? Te vi y no pude resistirme."

Nos pusimos a platicar. Se llama Diego, pero yo en mi cabeza ya lo bauticé Ryan Mexicano. Es arquitecto, vive en Lomas, y huele a colonia cara mezclada con algo salvaje, como madera quemada. Hablamos de películas, de Diario de una Pasion Ryan Gosling, y se rio cuando le dije que era mi guilty pleasure. Sus labios carnosos se curvaron, y imaginé cómo se sentirían contra los míos. La tensión crecía con cada sorbo. Mi piel picaba por su cercanía, el calor de su brazo rozando el mío accidentalmente. Al final de la noche, me besó en la mejilla, pero su aliento cálido en mi oreja prometía más. "Te llevo a tu casa, Ana." Dije que sí, obvio.

Hoy en el coche, su mano en mi muslo. El cuero del asiento pegajoso por el calor de la noche mexicana. Olía a su sudor limpio, a deseo contenido. No pasó nada más, pero mi chochita palpitaba como loca.

Acto dos de esta novela erótica empezó el sábado. Me invitó a su penthouse en Reforma. Subí nerviosa, el elevador zumbando como mi pulso acelerado. Entré y ¡guau! Vista panorámica de la ciudad brillando, luces como estrellas caídas. Me sirvió vino tinto, sabor a cereza madura que me calentó la garganta. Nos sentamos en el sofá de terciopelo rojo, y empezó el juego. Sus dedos trazando círculos en mi rodilla, subiendo despacio. Hablamos de todo y nada, pero mis ojos se clavaban en su camisa entreabierta, mostrando pecho firme, vello oscuro que invitaba a tocar.

¿Sabes qué me encanta de esa película? —me dijo, su voz ronca como grava—. La forma en que él la toma sin pedir permiso, pero con toda la pasión del mundo.

Me acerqué, mi aliento entrecortado. Quiero ser Allie, él mi Noah. Nuestros labios se encontraron. Su boca era fuego líquido, lengua explorando la mía con hambre. Sabía a vino y a hombre. Sus manos grandes me apretaron la cintura, tirando de mí sobre su regazo. Sentí su verga dura contra mi nalga, gruesa y pulsante. ¡Qué chingón! Gemí bajito, mis pezones endureciéndose bajo la blusa de encaje.

Me quitó la ropa despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. Su boca en mi cuello, chupando suave, dejando marcas rojas que olían a su saliva salada. Bajó a mis tetas, lamiendo los pezones con la punta de la lengua, círculos lentos que me hacían arquear la espalda. El aire acondicionado erizaba mi piel, pero su calor me derretía. Olía a mi propia excitación, dulce y almizclada, mezclada con su aroma masculino.

¡Puta madre, qué rico! Sus dedos en mi panocha, resbalosos por mis jugos. Metió uno, luego dos, curvándolos justo ahí, en el punto G. Grité su nombre, o mejor dicho, Ryan.

La intensidad subía. Me puso de rodillas en la alfombra mullida, su verga frente a mí, venosa y brillante de precum. La tomé en la boca, saboreando la sal de su piel, el músculo latiendo contra mi lengua. Él gruñía, "Sí, así, mamacita, trágatela toda." Lo chupé profundo, garganta relajada, lágrimas de placer en los ojos. Luego me levantó como pluma, me llevó a la cama king size con sábanas de satén negro.

Ahí empezó el verdadero desmadre. Me abrió las piernas, su cabeza entre mis muslos. Lengua plana lamiendo mi clítoris hinchado, succionando como si fuera un dulce. El sonido húmedo de su boca en mi chocha, mis gemidos rebotando en las paredes de cristal. Metió la lengua adentro, follándome con ella, mientras sus dedos pellizcaban mis nalgas. Orgasmeé fuerte, chorros calientes mojando su barbilla. Él sonrió, lamiéndose los labios. "Estás deliciosa, Ana, como miel de mezquite."

Pero no paró. Se puso un condón —siempre seguro, wey responsable— y se hundió en mí de un empujón lento. ¡Ay, cabrón! Llenándome hasta el fondo, estirándome perfecta. Empezó a bombear, ritmos profundos, su pelvis chocando contra mi clítoris. Sudor goteando de su pecho al mío, salado en mi lengua cuando lo lamí. Agarré sus nalgas musculosas, clavando uñas, urgiéndolo más rápido. "Fóllame duro, Ryan... digo, Diego." Se rio, aceleró, la cama crujiendo como en una tormenta.

Cambié de posición, cabalgándolo como reina. Sus manos en mis tetas rebotando, pellizcando pezones. Yo giraba las caderas, sintiendo su verga rozar cada pared interna. El olor a sexo puro, almizcle y sudor, el slap slap de carne contra carne. Él se incorporó, mamando mi cuello mientras yo rebotaba. Segundo orgasmo me partió en dos, contrayéndome alrededor de él, ordeñándolo. Él rugió, "Me vengo, nena." Se vació dentro del condón, pulsos calientes que sentía a través del látex.

Colapsamos, jadeando. Su peso sobre mí reconfortante, corazón martillando contra el mío. Besos suaves ahora, lenguas perezosas.

Despertamos enredados, el sol filtrándose por las cortinas, tiñendo su piel de oro. Tomamos ducha juntos, jabón espumoso resbalando por curvas y músculos. Sus manos en mi espalda, lavándome con ternura. Olor a shampoo de coco, agua caliente batiendo nuestros cuerpos. Salimos, desayunamos chilaquiles con huevo y salsa verde picosa que quemaba la lengua como recordatorio de la noche.

Ahora, sentada en mi depa con una sonrisa tonta, escribo esto. Diego me mandó un mensaje: "¿Repetimos? Eres mi Allie." Neta, este Diario de una Pasion Ryan Gosling apenas empieza. Siento su fantasma en mi piel, moretones dulces como medallas. El deseo no se apagó, solo ardió más fuerte. Mañana lo veo de nuevo, y mi cuerpo ya tiembla de anticipación. ¿Qué pasará? Solo el tiempo y esta pasión lo dirán.

Fin de entrada, pero no de la historia. Besos húmedos a ti, diario, testigo de mi fuego.

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