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Historia de una pasion voraz

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Historia de una pasion voraz

En las luces neón de la Zona Rosa, donde el pulso de la ciudad late como un corazón acelerado, conocí a Marco. Era una noche de viernes cualquiera, de esas en que el calor pegajoso del verano mexicano se mezcla con el aroma a tacos al pastor y cerveza helada. Yo, Valeria, acababa de salir de un pinche día eterno en la oficina, con el estrés acumulado como un nudo en el estómago. Entré al bar buscando un trago que me quitara las penas, y ahí estaba él, recargado en la barra, con esa sonrisa pícara que te hace sentir que el mundo se reduce a sus ojos cafés intensos.

Órale, güey, ¿qué onda con este vato? pensé mientras me acercaba, sintiendo ya el cosquilleo en la piel. Pidió una chela para mí sin preguntar, como si ya supiera que la necesitaba. Charlamos de tonterías: del tráfico infernal de Reforma, de cómo el chile en nogada sabe a gloria en temporada, y de pronto, su mano rozó la mía al pasarme el limón. Ese toque fue eléctrico, como un rayo que me recorrió desde los dedos hasta el centro de mi ser. Olía a colonia fresca con un toque de sudor masculino, ese olor que te despierta los instintos más primarios.

La historia de una pasión como la nuestra no empieza con fanfarrias, sino con miradas que queman. Me invitó a bailar salsa, y en la pista improvisada, sus caderas se pegaron a las mías. Sentí su aliento caliente en mi cuello, su pecho firme contra mis senos que ya se endurecían bajo la blusa ajustada.

¿Qué carajos estoy haciendo? Pero qué rico se siente su cuerpo moviéndose contra el mío, como si ya supiera todos mis secretos.
La música retumbaba, un son jarocho mezclado con reggaetón, y cada giro era una promesa de lo que vendría.

Salimos del bar casi a las dos de la mañana, riendo como pendejos por una anécdota tonta sobre un taxista que nos quiso cobrar de más. Su departamento estaba cerca, en Polanco, un lugar chido con vistas al skyline iluminado. Subimos en el elevador, y ahí, solos, la tensión explotó. Me acorraló contra la pared, sus labios devorando los míos con hambre. Sabían a tequila y deseo puro. Mis manos se enredaron en su cabello negro revuelto, tirando suave mientras su lengua exploraba mi boca, juguetona y dominante a la vez.

Neta, este carnal me va a volver loca, me dije mientras él me cargaba como si no pesara nada. Entramos al depa, y el aire olía a sándalo de alguna vela olvidada. Me tiró en la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que se sentían como caricia de seda contra mi piel sudada. Se quitó la camisa, revelando un torso esculpido por horas en el gym, con vellos oscuros que bajaban en una línea tentadora hasta su abdomen marcado. Yo me desabroché la blusa despacio, dejando que viera mis pechos libres, los pezones ya duros como piedritas, rogando por su boca.

Se arrodilló entre mis piernas, besando mi ombligo, bajando con mordidas suaves que me hacían arquear la espalda. Qué chingón se siente su aliento caliente ahí abajo. Desabrochó mis jeans, los deslizó con lentitud tortuosa, besando cada centímetro de muslo expuesto. El aroma de mi excitación llenaba el cuarto, almizclado y dulce, como miel caliente. Sus dedos rozaron mi tanga de encaje, ya empapada, y gimió bajito: "Valeria, estás tan mojada por mí, mi reina".

Le respondí con un jadeo, tirando de su cabeza hacia mi centro. Su lengua se hundió en mí como un fuego líquido, lamiendo despacio al principio, saboreando mis pliegues hinchados. Sentí cada roce, áspero y húmedo, chupando mi clítoris con maestría que me hacía ver estrellas.

¡Pinche dios del sexo! Cada vuelta de su lengua es un latido que me acerca al borde. No pares, carnal, no pares.
Mis caderas se movían solas, follándole la boca, mientras mis uñas se clavaban en sus hombros. El sonido era obsceno: lamidas chuposas, mis gemidos roncos mezclados con su gruñido de placer animal.

Pero no quería correrme todavía. Lo empujé hacia arriba, volteándolo en la cama. Era mi turno de devorarlo. Le bajé el pantalón, y su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con la punta ya brillosa de precúm. Olía a hombre puro, salado y viril. La tomé en mi mano, sintiendo su calor y dureza como hierro forjado en terciopelo. La lamí desde la base hasta la cabeza, saboreando esa gota salada que me hizo gemir. "Qué rica verga tienes, Marco, tan grande y dura para mí", le dije con voz ronca, mientras la chupaba profunda, sintiéndola golpear mi garganta.

Él jadeaba, sus manos en mi pelo guiándome sin forzar, todo era puro acuerdo mutuo, un baile de voluntades. Me subí encima, frotando mi coño empapado contra su longitud, lubricándolo con mis jugos. Nuestros ojos se clavaron: el suyo lleno de lujuria, el mío de poder. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me abría, me llenaba hasta el fondo. Ay, cabrón, qué rico me estira. Empecé a cabalgar, lento al principio, sintiendo cada vena rozando mis paredes internas, el roce de su pubis contra mi clítoris hinchado.

La habitación se llenó de nuestros sonidos: piel contra piel chapoteando, gemidos que subían de tono, el crujir de la cama bajo nuestros embates. Sudábamos como en un sauna, el olor a sexo crudo impregnando todo. Aceleré, mis tetas rebotando, él amasándolas con manos callosas que me pellizcaban los pezones justo como me gustaba.

Esta es la historia de una pasión que me consume, que me hace sentir viva como nunca. No es solo follar, es fusionarnos, alma con alma en este pinche éxtasis.

Cambié de posición, él encima ahora, mis piernas en sus hombros. Entró profundo, golpeando ese punto que me volvía loca, cada estocada un trueno de placer. "Más fuerte, mi amor, dame todo", le supliqué, y él obedeció, follándome con ritmo salvaje pero controlado, sus bolas chocando contra mi culo. Sentí el orgasmo construyéndose, una ola gigante en mi vientre, mis músculos contrayéndose alrededor de su verga.

Exploté primero, gritando su nombre mientras mi coño lo ordeñaba en espasmos, jugos calientes chorreando por mis muslos. Él no tardó, gruñendo como bestia, llenándome con chorros calientes y espesos que se sentían como lava derretida. Colapsamos juntos, jadeantes, piel pegajosa contra piel, corazones latiendo al unísono.

Después, en el afterglow, nos quedamos abrazados, el ventilador zumbando suave sobre nosotros. Su mano trazaba círculos perezosos en mi espalda, y yo besaba su pecho salado. Neta, esto fue más que un polvo, pensé. Hablamos bajito de sueños, de viajes a la playa en Cancún, de cómo la vida en la CDMX a veces te regala estos momentos mágicos. No prometimos nada eterno, pero en esa noche, fuimos dueños del universo.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, nos despedimos con un beso que sabía a promesas. Caminé a mi casa con las piernas flojas, el cuerpo marcado por su pasión, sonriendo como idiota. La historia de una pasión como esta no se olvida; se lleva en la piel, en el alma, lista para encenderse de nuevo cuando el destino lo quiera.

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