Grupo La Pasión de Villa Victoria Desata el Fuego
El aire de la noche en Villa Victoria estaba cargado de ese olor a tierra húmeda mezclado con el humo de las parrillas y el dulzor de las chelas frías. Yo, Ana, había venido desde el DF solo por Grupo La Pasión de Villa Victoria. Neta, sus corridos y baladas rancheras me ponían la piel chinita cada vez que los escuchaba en la radio. Esa voz grave del vocalista, Marco, me hacía imaginar cosas que no le cuento ni a mi mejor amiga. La fiesta en el salón de eventos del pueblo bullía de gente bailando al ritmo de sus tubas y clarinetes, el suelo vibrando bajo mis botas.
Me acomodé el vestido rojo ceñido que me marcaba las curvas justito, sintiendo cómo el sudor me perlaba el escote. Qué chido estar aquí, pensé, mientras sorbía mi michelada helada, el limón picante en la lengua. De repente, los vi subir al escenario: Marco con su camisa negra abierta hasta el pecho, mostrando ese vello oscuro que me volvía loca, y los demás del grupo La Pasión de Villa Victoria, todos morenos, musculosos, con esa mirada de hombres que saben lo que quieren. Empezaron con "La Pasión Eterna", y el público enloqueció. Yo me pegué al frente, mi cuerpo moviéndose solo, sintiendo el calor de los cuerpos ajenos rozándome.
Durante el intermedio, Marco bajó del escenario y sus ojos se clavaron en mí.
"¡Órale, mamacita! ¿Vienes del DF? Se nota en ese cuerpazo",me dijo con una sonrisa pícara, su voz ronca como en las canciones. Le contesté coqueta: Neta, carnal, vengo por ustedes. Me traen loca con esa música. Me invitó una chela y platicamos, su mano rozando mi brazo, enviando chispas por mi piel. Los otros del grupo, Luis el trompetista y Chuy el bajista, se unieron, riendo y bromeando. Qué güeyes tan simpáticos, pero con un fuego en los ojos que prometía más que charlas.
El concierto terminó en un estruendo de aplausos, pero la noche no acababa ahí.
"Ven con nosotros a la after, en la casa de la tía de Chuy. Ahí sí la armamos en grande",me dijo Marco, guiñándome el ojo. No lo pensé dos veces. Subí a su troca, el viento de la carretera abierta azotándome el pelo, oliendo a su colonia masculina y a cuero viejo. La casa era una casona chida, con patio amplio iluminado por luces de colores, música de fondo y mesas llenas de antojitos: tacos de suadero jugosos, gorditas rellenas de chicharrón prensado que chorreaban grasa deliciosa.
Ahí, en el patio, la tensión empezó a subir. Bailamos al ritmo de otra rola del Grupo La Pasión de Villa Victoria, sus cuerpos pegados al mío. Sentía el bulto duro de Marco contra mi nalga, su aliento caliente en mi cuello. ¡Ay, cabrón, esto se va a poner bueno! Luis me tomó de la cintura, sus manos callosas bajando por mi espalda, mientras Chuy me besaba el hombro, su barba raspándome suave. Todo era un juego, risas y miradas de consentimiento.
"¿Estás chida con esto, reina? Nada forzado, pura pasión",murmuró Marco, y yo asentí, mi corazón latiendo como tambor.
Nos metimos a una habitación grande, con cama king size y velas aromáticas a vainilla y jazmín que llenaban el aire. Me desvestí despacio, sintiendo sus ojos devorándome: mis pechos firmes, mi piel morena brillando bajo la luz tenue. Marco fue el primero, sus labios capturando los míos en un beso profundo, su lengua saboreando a tequila y deseo. Lo empujé a la cama, montándome encima, frotando mi humedad contra su verga dura como piedra, envuelta en boxers que pronto quité. Sabe a sal y hombre, pensé mientras la lamía desde la base hasta la punta, oyendo sus gemidos roncos.
Luis se acercó por detrás, sus dedos expertos encontrando mi clítoris, masajeándolo en círculos que me hacían arquear la espalda. ¡Qué chingón! El olor a sexo empezaba a mezclarse con el de las velas, sudor perlando sus cuerpos. Chuy chupaba mis tetas, mordisqueando los pezones hasta ponérmelos duros como balas, su lengua trazando espirales que me arrancaban suspiros. Me sentía poderosa, reina de la noche, guiando sus manos, sus bocas.
"Más, pendejos, no paren", les ordené juguetona, y ellos obedecieron con gusto.
Marco me penetró primero, su verga gruesa llenándome por completo, el estiramiento delicioso haciendo que mis paredes se contrajeran. Me movía despacio al principio, sintiendo cada vena pulsando dentro, el slap slap de piel contra piel. Luis se puso de rodillas frente a mí, ofreciéndome su miembro erecto, que tragué ansiosa, el sabor almizclado inundando mi boca. Chuy, paciente, esperaba su turno, acariciándome el culo, untando lubricante fresco que olía a coco. La habitación resonaba con nuestros jadeos, el crujir de la cama, el chasquido húmedo de cuerpos uniéndose.
La intensidad creció como una tormenta. Cambiamos posiciones: yo de rodillas, Marco embistiéndome por detrás con fuerza controlada, sus bolas golpeando mi clítoris, mientras Luis me follaba la boca profunda, sus manos en mi pelo. Chuy se unió, su verga rozando mi entrada trasera, y con un sí, carnal mío, entró suave, el doble llenado volviéndome loca. Siento todo: el calor, la presión, las pulsaciones sincronizadas. Sudor goteaba, mezclándose con mis jugos, el aire espeso de gemidos y ¡ay, sí!. Mi orgasmo llegó como avalancha, ondas de placer sacudiéndome, contrayéndome alrededor de ellos, llevándolos al límite.
Marco se corrió primero, su leche caliente inundándome, el calor extendiéndose por mi vientre. Luis siguió, eyaculando en mi boca, tragándome cada gota salada con deleite. Chuy, último, se retiró y pintó mi espalda con chorros espesos, su gruñido animal resonando. Colapsamos en un enredo de extremidades, pechos subiendo y bajando, risas ahogadas. El olor a sexo satisfecho, semen y sudor nos envolvía como manta cálida. Marco me besó la frente:
"Eres fuego puro, Ana. Grupo La Pasión de Villa Victoria te debe una rola".
Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando los restos, manos explorando aún con ternura. En la cocina, comimos tacos recalentados, platicando de la vida, de música, de pasiones. No hubo promesas, solo esa conexión chida, empoderadora. Al amanecer, me despidieron con abrazos y un regresa cuando quieras, reina. Manejo de vuelta al DF con el cuerpo adolorido pero vivo, el sol saliendo sobre las sierras, saboreando el afterglow. Neta, la mejor noche de mi pinche vida. La pasión de Villa Victoria me había marcado para siempre.