Más Que Pasión Lynne Graham
Valeria se recostó en la hamaca de su suite frente al mar Caribe, el sol de la Riviera Maya besando su piel morena con un calor que ya la tenía sudando. El aroma salino del océano se mezclaba con el dulce perfume de las flores de frangipani del jardín, y el rumor constante de las olas la mecía como un amante perezoso. En sus manos, el libro Más que pasión de Lynne Graham, una novela que había devorado en una tarde. Las palabras de la autora la habían encendido por dentro, esas descripciones de deseo voraz entre un millonario griego y una mujer común que se rendía paso a paso.
¿Por qué carajos me pongo así con un pinche libro? Neta, Valeria, ya estás grande para mojarte nomás leyendo.Pensó, sintiendo el calor subirle por el vientre mientras cruzaba las piernas. El bikini rojo que llevaba apenas contenía sus pechos llenos, y el tanga se le había metido entre las nalgas con el movimiento. Tenía treinta años, soltera por elección después de un ex pendejo que no sabía ni dónde estaba el clítoris, y este viaje a Playa del Carmen era su recompensa por un año de jefeara en la agencia de publicidad en la CDMX.
De pronto, un chapuzón en la piscina cercana la sacó de su trance. Un hombre salió del agua como un dios maya moderno: alto, hombros anchos, piel bronceada y tatuajes tribales que serpenteaban por su pecho chato. El agua perlaba su abdomen marcado en six-pack perfecto, y su short de baño negro marcaba un bulto que la hizo tragar saliva. Órale, qué chingón, murmuró para sí. Él se acercó con una sonrisa pícara, secándose el cabello negro con una toalla.
—Buenas tardes, güerita. ¿Te molesta si me siento aquí? La vista es brutal, pero tú la mejoras —dijo con voz grave, ese acento yucateco que sonaba como ron con miel.
Valeria sintió un cosquilleo en la nuca. Se enderezó, dejando el libro a un lado.
—Simón, carnal. Siéntate. Me llamo Valeria, de México. ¿Y tú?
—Alejandro, alejo para los cuates. Nací aquí en Playa, tengo un negocio de tours en yates. ¿Qué lees? Parece que te tiene bien clavada.
Le mostró la portada. —Más que pasión de Lynne Graham. Es de esas que te prenden el motor sin pedir permiso.
Alejandro soltó una risa ronca que vibró en el aire caliente. —Neta? Lynne Graham es la reina de las pasiones locas. ¿Quieres algo más que palabras en una página?
El corazón de Valeria latió fuerte, el pulso acelerado en sus sienes. Ese era el gancho, la tensión inicial que el libro describía tan bien. Pasaron la tarde platicando, él contándole de sus aventuras en el mar, ella de sus locuras en la ciudad. El sol se hundió en el horizonte tiñendo el cielo de naranja y púrpura, y el aroma a coco de su protector solar se mezclaba con el sudor fresco de él.
Acto uno completo, pensó ella, pero esto apenas empieza.
La cena fue en un restaurante playero con antorchas tiki iluminando la arena. Mariscos frescos, ceviche de camarón que explotaba en la lengua con limón y chile, y tequilas reposados que bajaban suaves quemando la garganta. Alejandro la rozaba con la pierna bajo la mesa, toques casuales que enviaban chispas por su espina dorsal. Bailaron salsa en la pista improvisada, sus caderas pegadas, el ritmo de los tambores retumbando en sus pechos. Ella sentía su verga endureciéndose contra su vientre, dura como piedra a través de la tela fina.
—Me late tu flow, Val —susurró en su oído, su aliento caliente oliendo a tequila y hombre—. Eres fuego puro.
—Y tú no te quedas atrás, wey. Pero no soy de las que se rinden fácil, como en el libro de Lynne Graham.
Él la apretó más, su mano bajando por su espalda hasta rozar la curva de sus nalgas. —Esto va a ser más que pasión, te lo juro.
Volvieron a la suite caminando por la playa, la arena tibia entre los dedos de los pies, el viento nocturno trayendo olores a sal y jazmín. En la puerta, el beso estalló: labios hambrientos chocando, lenguas enredándose con sabor a tequila y mar. Valeria jadeó cuando él la levantó contra la pared, sus muslos envolviéndolo, sintiendo el latido de su erección presionando su centro húmedo.
¡Chin güey, esto es real! Su boca sabe a paraíso, y su cuerpo... ay nanita.
Adentro, la habitación olía a sábanas limpias y velas de coco encendidas por el servicio. Alejandro la depositó en la cama king size, quitándole el pareo con dedos temblorosos de deseo. Besó su cuello, lamiendo el sudor salado, bajando por sus pechos. Sacó un pezón rosado de la bikini, chupándolo con succión experta que la hizo arquearse, un gemido gutural escapando de su garganta.
—Qué tetas tan ricas, Val. Duras como mangos maduros —gruñó, mordisqueando suave.
Ella tiró de su short, liberando su verga gruesa, venosa, la cabeza brillante de precum. La olió, almizcle masculino puro que la mareó de lujuria. La lamió desde la base hasta la punta, saboreando la sal, oyendo sus jadeos roncos. —Así, mami, trágatela.
La tensión subía como la marea: él la volteó, quitándole el tanga empapado. Su lengua encontró su panocha hinchada, lamiendo los labios jugosos, chupando el clítoris con círculos perfectos. Valeria se retorcía, uñas clavadas en las sábanas, el sonido de su succión mezclado con sus chillidos. ¡No pares, cabrón! ¡Ya casi! El orgasmo la golpeó como ola gigante, jugos brotando en su boca, cuerpo convulsionando.
Alejandro se posicionó, frotando su verga en su entrada resbalosa. —¿Quieres que te coja, amor? Dime sí.
—Sí, métemela ya, pendejo —suplicó ella, empoderada en su deseo.
Entró lento, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. El ardor placentero, la plenitud, sus paredes apretándolo como guante. Empezó a bombear, primero suave, luego feroz, piel chocando con piel en palmadas húmedas. Ella lo montó después, cabalgando como amazona, pechos rebotando, sus manos amasando sus bolas pesadas. El olor a sexo llenaba la habitación, sudor goteando, gemidos sincronizados con el oleaje afuera.
Esto es más que pasión, Lynne Graham lo clavó. Alejandro es mi griego personal, y yo su diosa.
Él la volteó a cuatro patas, penetrándola profundo, una mano en su clítoris frotando, la otra jalando su cabello. —¡Te voy a llenar, Val! ¡Córrete conmigo! El clímax los alcanzó juntos: ella gritando, él rugiendo, chorros calientes inundándola, piernas temblando.
Colapsaron enredados, pieles pegajosas, respiraciones agitadas calmándose. El afterglow era puro: besos suaves, caricias perezosas. Alejandro trazó círculos en su vientre, oliendo su cabello a coco.
—Esto fue chido, ¿verdad? Más que pasión —dijo él, citando el libro sin saberlo del todo.
Valeria sonrió, el corazón lleno. —Neta, carnal. Como en Más que pasión de Lynne Graham, pero en versión mexicana y real.
Se durmieron con el mar de fondo, sabiendo que el amanecer traería más rondas, más deseo, un cierre perfecto a su noche de fuego eterno.