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Las Estaciones Ardientes de la Pasión de Cristo

7716 palabras

Las Estaciones Ardientes de la Pasión de Cristo

En las calles empedradas de Taxco, durante la Semana Santa, el aire se cargaba de incienso y murmullos devotos. Ana caminaba entre la multitud, su falda ligera rozando sus muslos con cada paso, mientras el sol del mediodía calentaba su piel morena. Tenía veintiocho años, soltera por elección propia, pero con un fuego interno que las misas no apagaban. Ese año, la procesión de las estaciones de la pasión de Cristo la atraía más que nunca. Las imágenes de Jesús cargando la cruz, cayendo, resucitando, despertaban en ella un anhelo prohibido, carnal.

De pronto, lo vio. Diego, el hombre que interpretaba a Cristo en la representación viva. Alto, de hombros anchos y ojos negros como la noche guerrerense, su túnica ceñida marcaba cada músculo forjado en el gimnasio del pueblo. Sudor brillaba en su pecho descubierto, y Ana sintió un cosquilleo entre las piernas. Neta, wey, parece un dios pagano disfrazado de santo, pensó, mordiéndose el labio.

Después de la tercera estación, donde Jesús cae por primera vez, Diego se separó del grupo para beber agua en una fuente cercana. Ana se acercó, fingiendo ajustar su rebozo. —Órale, carnal, qué pesado debe ser ese madero —dijo ella, con voz juguetona.

Él la miró, sonriendo con dientes blancos. —Pesado, pero necesario. ¿Y tú, morra? ¿Vienes a sufrir conmigo o solo a mirar? Su voz grave vibró en el aire, oliendo a tierra mojada y hombre.

El deseo inicial fue como una chispa. Hablaron de la fe, de cómo las estaciones de la pasión de Cristo contaban un sufrimiento que podía transformarse en éxtasis. Ana confesó su lucha: la iglesia la llenaba, pero su cuerpo pedía más. Diego, actor local de treinta y dos, divorciado, entendía. —Ven conmigo después de la última estación. Te muestro las verdaderas estaciones, las que arden de adentro, susurró, rozando su mano. Ella asintió, el pulso acelerado, el aroma de su colonia mezclándose con el de las flores de bugambilia.

La tensión creció mientras la procesión avanzaba. Ana observaba a Diego desde lejos: en la estación del encuentro con María, su madre, él inclinaba la cabeza con tal devoción que Ana imaginaba esos labios en su cuello. El sudor corría por su espalda, y ella apretaba los muslos, sintiendo la humedad crecer.

¿Qué chingados estoy haciendo? Esto es pecado, pero qué rico pecado, se dijo, el corazón latiéndole como tambores de la banda.

Al atardecer, tras la estación del Calvario, se encontraron en un jardincito privado detrás de la iglesia principal. Las luces de las velas parpadeaban, el eco de los cantos gregorianos se desvanecía. Diego la tomó de la mano, guiándola a un banco de piedra cubierto de pétalos. —Aquí empieza nuestra procesión privada, las estaciones de la pasión de Cristo, pero con placer en vez de dolor —dijo, quitándose la corona de espinas con cuidado.

Primera estación: Jesús condenado. Diego se arrodilló ante ella, besando sus pies descalzos. Sus labios calientes subieron por sus tobillos, lamiendo el polvo del día. Ana jadeó, el roce áspero de su barba enviando descargas a su centro. Qué suave su lengua, como miel de tamarindo. Él murmuró: —Tú me condenas a desearte, reina mía. Ella lo levantó, besándolo con hambre, probando sal en su boca.

Segunda: Jesús recibe la cruz. Diego cargó a Ana en brazos, su verga ya dura presionando contra su vientre a través de la tela. La recostó en el banco, desatando su blusa. Sus pechos libres, tetas firmes y oscuras, se ofrecieron al aire fresco. Él las devoró, chupando pezones erectos, mordisqueando suave. Ana arqueó la espalda, oliendo su aroma almizclado, sintiendo el latido de su miembro contra su muslo. —Más, pendejo, dame tu cruz entera, rogó, riendo entre gemidos.

La escalada fue gradual, como la procesión subiendo la colina. Tercera estación: el primer tropiezo. Diego se dejó caer sobre ella, simulando fatiga, pero sus manos exploraban. Bajó su falda, dedos hábiles encontrando su panocha empapada. —Estás chorreando, morra, neta que me vuelves loco. La frotó en círculos lentos, el clítoris hinchado respondiendo con espasmos. Ana clavó uñas en su espalda, el sonido de su respiración entrecortada mezclándose con grillos nocturnos. Su mente luchaba:

Esto es blasfemia, pero Dios debe entender este fuego.
Él introdujo un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía gritar bajito.

Cuarta: encuentra a su madre. Diego la miró a los ojos, profundo, mientras lamía su cuello. —Eres mi Virgen, mi todo. Ana lo volteó, montándolo a horcajadas. Su mano bajó a su entrepierna, liberando la verga gruesa, venosa, palpitante. La olió, embriagada por el olor a macho excitado, y la lamió desde la base hasta la punta, saboreando la gota salada de precum. Qué rica tu pollita, wey, no, tu verga es mi salvación. Él gruñó, manos en su cabello, guiándola en mamadas profundas.

La intensidad subía con cada estación. Quinto tropiezo: Diego la penetró por primera vez, despacio, llenándola centímetro a centímetro. Ana sintió el estiramiento delicioso, paredes internas abrazándolo. —Ay, cabrón, qué gorda la tienes, gimió, moviéndose al ritmo de sus embestidas. Sudor los unía, piel contra piel resbaladiza, el banco crujiendo. Olía a sexo crudo, a jazmín y tierra húmeda.

Sexta: Veronika enjuga el rostro. Ana lo limpió con su lengua, lamiendo sudor de su pecho, bajando al ombligo. Él la volteó a cuatro patas, entrando desde atrás, profundo. Golpes rítmicos, bolas chocando contra su clítoris. ¡Más fuerte, Jesús mío! gritó ella, olvidando el mundo. Él pellizcaba sus nalgas, azotando suave, consensual, empoderador.

Soy libre aquí, en esta pasión sin cadenas.

Séptima estación: segundo tropiezo. Cayeron juntos al suelo mullido de pétalos, él encima, misionero apasionado. Piernas enredadas, besos feroces. Diego aceleró, sintiendo su orgasmo acercarse. Ana lo arañó, —Córrete conmigo, amor. Octava: las mujeres lo lloran. Pero ellos gemían juntos, lágrimas de placer rodando.

Novena: tercer tropiezo. Ritmo frenético, ella cabalgándolo ahora, tetas rebotando, cabello volando. El aire cargado de sus alaridos ahogados. Décima: despojado de sus vestiduras. Ropa tirada, cuerpos desnudos brillando a la luna.

Undécima: clavado en la cruz. Diego la levantó contra un árbol antiguo, piernas de Ana alrededor de su cintura, penetrándola vertical, gravedad ayudando cada thrust. ¡Sí, clávame tu cruz! El roce de corteza en su espalda, dolor placentero.

Décima segunda: muere en la cruz. El clímax los alcanzó como resurrección. Ana convulsionó primero, paredes apretando su verga, chorros de placer mojando todo. Diego rugió, llenándola de semen caliente, pulsos interminables. —Te amo en esta muerte dulce, jadeó.

Decimotercera: bajado de la cruz. Se recostaron, exhaustos, caricias tiernas limpiando fluidos. Él besó su frente, ella su corazón latiendo calmado.

Decimocuarta: en el sepulcro. En afterglow, envueltos en su rebozo, Ana reflexionó. Las estaciones de la pasión de Cristo no eran solo sufrimiento; eran vida, éxtasis eterno. Diego la abrazó: —Esto es nuestra resurrección, morra. Cada año, volvemos.

El alba tiñó el cielo de rosa, promesas de más procesiones ardientes. Ana sonrió, empoderada, completa, el sabor de él aún en sus labios.

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