Pasion Prohibida Capitulo 20 El Susurro Ardiente
La noche en Polanco se sentía como un velo de seda negra cubriendo la ciudad. Las luces de los restaurantes elegantes parpadeaban a lo lejos mientras yo, Ana, caminaba con el corazón latiéndome a mil por hora hacia el departamento de Marco. Esta es nuestra pasion prohibida capitulo 20, pensé, recordando cada encuentro robado que nos había traído hasta aquí. Él era el mejor amigo de mi esposo, el carnal de toda la vida, y yo la esposa perfecta que todos veían. Pero en la oscuridad, éramos fuego puro.
El elevador subió despacio, y el aroma a jazmín del lobby se mezclaba con mi perfume de vainilla, que siempre lo volvía loco. Mis manos temblaban un poquito al tocar el botón del piso 15.
¿Y si alguien nos ve? ¿Y si Luis se entera de una vez?me repetía en la cabeza, pero el deseo era más fuerte que el miedo. La puerta se abrió con un ding suave, y ahí estaba él, recargado en el marco, con esa camisa blanca entreabierta dejando ver su pecho moreno y torneado. Sus ojos cafés me devoraban como si fuera la primera vez.
—Órale, mi reina, ven pa'cá —murmuró con esa voz ronca que me erizaba la piel.
Me lancé a sus brazos sin pensarlo dos veces. Sus labios capturaron los míos en un beso hambriento, saboreando a tequila reposado y a menta fresca. Sus manos grandes bajaron por mi espalda, apretando mi cintura hasta mis nalgas, y sentí su verga ya dura presionando contra mi vientre. Qué chingón se siente esto, pensé, mientras mi lengua jugaba con la suya, chupando ese sabor prohibido que me hacía mojarme al instante.
Entramos al depa tropezando, riendo bajito como pendejos enamorados. El lugar olía a su colonia masculina, a madera de cedro y a algo más... a anticipación. Me quitó el vestido rojo con urgencia, dejando al aire mis tetas grandes y mis panties de encaje negro. Él gruñó de placer al verlas, lamiéndose los labios.
—Neta, Ana, estás más rica que nunca. Mírate, toda para mí esta noche.
Lo empujé al sofá de piel suave, que crujió bajo nuestro peso. Me senté a horcajadas sobre él, sintiendo el calor de sus muslos fuertes a través de sus jeans. Mis caderas se movían solas, frotándome contra esa bultona que pedía guerra. Sus manos subieron a mis pechos, pellizcando mis pezones duros hasta que gemí alto, un sonido que rebotó en las paredes insonorizadas. El roce era eléctrico, como chispas en mi piel sudada.
Acto uno del deseo: nos conocimos hace años en una fiesta familiar, cuando Luis y yo apenas nos casamos. Marco siempre fue el wey guapo, el que me hacía reír con sus chistes pendejos. Pero un día, en una borrachera de tequila, nos besamos a escondidas en el baño. Desde entonces, pasión prohibida, capítulos enteros de miradas calientes, mensajes coquetos y cogidas furtivas en moteles de paso o en su carro. Capítulo 20 significaba que ya no podíamos parar, aunque el riesgo nos quemara.
Ahora, en el medio del relajo, la tensión subía como la marea en Acapulco. Me bajé de él y lo desabroché despacio, saboreando el momento. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, con la cabeza brillante de precum. La tomé en mi mano, sintiendo su pulso acelerado, caliente como hierro forjado. La lamí desde la base hasta la punta, probando ese sabor salado y almizclado que me volvía loca. Él jadeaba, enredando sus dedos en mi pelo negro largo.
—Ay, cabrona, qué buena mamada me das. No pares, mi amor.
Chupé más profundo, dejando que me follara la boca con empujones suaves. Los sonidos eran obscenos: mis labios succionando, su verga chapoteando en mi saliva, sus gemidos roncos llenando el aire. Mi concha palpitaba, empapada, rogando atención. Me metí dos dedos ahí abajo, tocándome el clítoris hinchado mientras lo tragaba entero.
Esto es lo que Luis nunca me da, esta hambre animal, este fuego que me consume, pensé, con culpa y placer mezclados.
Marco no aguantó más. Me levantó como si no pesara nada —gracias a sus horas en el gym— y me llevó a la cama king size, con sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda ardiente. Me abrió las piernas, besando el interior de mis muslos, oliendo mi aroma dulce de excitación. Su lengua encontró mi concha, lamiendo despacio al principio, saboreando mis jugos como si fueran miel de maguey.
—Estás chorreando, preciosa. Todo por mí.
Gemí fuerte cuando metió la lengua adentro, chupando mi clítoris con maestría. Mis caderas se arquearon, mis uñas clavándose en sus hombros anchos. El placer subía en olas, mi vientre contrayéndose, el sudor perlando mi frente. Él introdujo dos dedos gruesos, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. ¡Qué rico, wey! No pares, grité en mi mente, mordiéndome el labio para no despertar a los vecinos.
La intensidad crecía. Me volteó boca abajo, poniéndome a cuatro patas. Sentí su verga rozando mi entrada, lubricada y lista. Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El dolor placer inicial se convirtió en éxtasis puro cuando me llenó por completo. Sus bolas chocaban contra mi clítoris con cada embestida, un ritmo hipnótico: slap slap slap, mezclado con nuestros jadeos y el crujir de la cama.
—Te sientes como el paraíso, Ana. Tan apretada, tan mía.
Me follaba fuerte ahora, una mano en mi cadera, la otra jalándome el pelo para arquear mi espalda. Sudábamos juntos, piel resbaladiza, olores de sexo impregnando el cuarto: almizcle, sudor, perfume. Yo empujaba hacia atrás, cabalgando su verga como una diosa, mis tetas rebotando. El orgasmo me acechaba, un nudo apretándose en mi vientre.
En el clímax del capítulo, cambiamos posiciones. Me puse encima, montándolo con furia. Sus manos amasaban mis nalgas, un dedo rozando mi ano para más placer. Bajé duro, sintiendo cada vena de su verga frotando mis paredes internas. Nuestros ojos se clavaron: amor prohibido, lujuria cruda. Grité su nombre cuando exploté, mi concha contrayéndose en espasmos, chorros de jugos mojando sus bolas. Él gruñó como bestia, llenándome con chorros calientes de semen, su cuerpo temblando bajo el mío.
Nos derrumbamos, exhaustos, envueltos en el afterglow. Su pecho subía y bajaba contra mi mejilla, el corazón latiéndole fuerte en mi oído. Besos suaves en mi frente, caricias perezosas en mi espalda. El aire olía a nosotros, a sexo satisfecho y promesas rotas.
—Esto no puede acabar, Marco. Aunque sea prohibido, neta que lo necesito.
Él sonrió, trazando círculos en mi piel con el dedo.
—Jamás, mi reina. Capítulo 20 y seguimos escribiendo nuestra historia.
Me quedé ahí un rato más, sintiendo la paz post-orgasmo, el calor de su cuerpo envolviéndome. Sabía que tenía que irme antes del amanecer, volver a mi vida de esposa ejemplar. Pero en el fondo, esta pasión nos había cambiado para siempre, un fuego que ardía eterno en las sombras de la ciudad.