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Enseñar Es Mi Pasión Desnuda

6435 palabras

Enseñar Es Mi Pasión Desnuda

Desde chiquita, enseñar es mi pasión. No hay nada que me prenda más que ver cómo los ojos de alguien se iluminan cuando captan una idea nueva, cuando el conocimiento se les mete en la sangre como un fuego lento. Soy Laura, profe de literatura en la uni de la Ciudad de México, pero mis clases privadas son donde de verdad brilla mi vicio. Ahí, en mi depa chido de la Condesa, con el aroma a café recién molido y libros viejos apilados por todos lados, me siento viva. Y hoy, con Alex, un wey de veinticinco que quiere sacarse el título en letras para cambiar de curro, esa pasión se me está saliendo de control.

Llega puntual, como siempre, con su playera ajustada que marca los músculos de gimnasio y esa sonrisa pícara que me hace apretar las piernas bajo el escritorio. Órale, Laura, contrólate, me digo mientras abro la puerta. El sol de la tarde se cuela por las cortinas sheer, pintando su piel morena de dorado. Huele a su colonia fresca, mezclada con un toque de sudor del tráfico en bici. "Buenas tardes, profe", dice con esa voz grave que vibra en mi pecho. Le sonrío, sintiendo el cosquilleo en la nuca. "Pásale, carnal. Hoy vamos con Pedro Páramo, que esa novela te va a volar la cabeza".

Nos sentamos en el sofá mullido, yo con mis leggings negros que se pegan a mis curvas y una blusa floja que deja ver el encaje de mi brasier. Él saca su libreta, pero sus ojos se desvían a mis tetas un segundo de más. Neta, wey, ¿me estás cachondeando? Siento el calor subiendo por mi cuello, pero sigo, apasionada como siempre. Leo un pasaje en voz alta, mi voz ronca por la emoción: "El pueblo se desmoronaba...". Él escucha, inclinado hacia mí, y su rodilla roza la mía. Electricidad. Puro chispazo. No me muevo. Sigo enseñando, explicando el simbolismo de la muerte y el deseo reprimido en Rulfo. Pero en mi cabeza, el deseo ya no está reprimido.

La clase avanza, y el aire se espesa. Su aliento cálido cuando pregunta sobre el Comala fantasma me roza la oreja. Huele a menta de su chicle. Mis pezones se endurecen contra la tela, traicioneros.

Enseñar es mi pasión, pero esto... esto es otra cosa. ¿O no? ¿Y si le enseño algo más?
Le pido que lea él un párrafo. Su voz grave envuelve la habitación, y yo cierro los ojos, imaginando esa boca en mi cuello. Cuando termino de corregirlo, mi mano se posa en su muslo por accidente. O no. Se queda quieta ahí un segundo. Él no se aparta. Al contrario, su mano cubre la mía, grande y callosa de tanto pedalear.

"Profe... Laura... neta que tus clases me encienden", murmura, sus ojos oscuros clavados en los míos. El corazón me late como tambor en las costillas. Siento el pulso en mi clítoris, latiendo al ritmo del suyo bajo mi palma. "A mí también me prenden tus ojos cuando entiendes, Alex. Enseñar es mi pasión, pero contigo... se siente diferente". No sé quién se mueve primero. Sus labios chocan con los míos, suaves al principio, probando. Sabe a menta y deseo. Mi lengua se enreda con la suya, húmeda y ansiosa. Gime bajito, un sonido que me moja entre las piernas.

Lo jalo hacia mí, sus manos suben por mi espalda, desabrochando mi brasier con maestría. Este wey sabe lo que hace. La blusa vuela, y él chupa mis tetas, su lengua caliente lamiendo los pezones duros como piedras. Jadeo, el sonido ecoa en el depa silencioso. Huele a nuestra piel sudada, a feromonas que llenan el aire. Mis uñas se clavan en su nuca, oliendo su pelo limpio. "Quítate todo, carnal", le ordeno, mi voz de profe ahora mandona en la cama. Se para, se baja los calzones, y su verga sale dura, gruesa, venosa, apuntando al techo. La saliva se me junta en la boca. La agarro, piel suave sobre hierro, latiendo en mi puño. Él gime, "¡Órale, nena!".

Lo empujo al sofá, me subo encima a horcajadas. Mis leggings se rasgan un poco cuando los bajo, revelando mi concha depilada, chorreando jugos que brillan a la luz del atardecer. Froto mi clítoris contra su pija, lubricándola. El roce es fuego puro, chispas en cada nervio. "Te voy a enseñar lo que es pasión de verdad", susurro, y me hundo en él. Lento. Centímetro a centímetro. Llenándome hasta el fondo. Grito, el estirón delicioso, su grosor pulsando dentro. Él agarra mis nalgas, amasándolas, sus dedos hundiéndose en la carne suave.

Empiezo a moverme, cabalgándolo como yegua salvaje. El sofá cruje bajo nosotros, el slap-slap de piel contra piel llena la sala. Sudor nos pega, salado en mi lengua cuando lo beso. Sus manos suben a mis tetas, pellizcando, tirando. Me vengo ya, wey. El orgasmo me azota como ola, contrayendo mi concha alrededor de su verga, ordeñándolo. Él gruñe, "¡Laura, chingada madre!", y se arquea, llenándome de chorros calientes que queman adentro. Nos quedamos pegados, jadeando, el olor a sexo denso como niebla.

Pero no paramos. Enseñar es mi pasión, y esto es la lección dos. Lo tumbo en la alfombra persa, suave bajo mi espalda. Ahora él manda. Me abre las piernas, su lengua en mi concha, lamiendo mis labios hinchados, chupando el clítoris como caramelo. Saboreo mi propio jugo en su boca cuando lo beso después. "Sabrosa, profe", dice riendo, y me penetra de nuevo, misionero profundo. Sus embestidas son ritmadas, golpeando mi punto G, el sonido húmedo obsceno. Siento cada vena, cada pulso. Mis piernas tiemblan, uñas en su espalda dejando surcos rojos.

El clímax nos parte otra vez. Él se sale a tiempo, pintándome la panza de leche espesa, caliente. Caemos exhaustos, su peso cómodo sobre mí. El corazón nos martillea juntos, piel pegajosa. Afuera, el tráfico de la Condesa zumba lejano, pero aquí solo existimos nosotros. Huele a jazmín del balcón mezclado con nuestro aroma íntimo.

Después, envueltos en una cobija, con cervezas frías de la refri, hablamos. "Neta, Laura, tus clases son lo mejor que me ha pasado", dice, besándome la sien. Yo río, mi cabeza en su pecho velludo.

Enseñar es mi pasión, y ahora sé que puede ser esto: carne, sudor, conexión pura.
No hay arrepentimientos, solo promesas de más lecciones. Él se viste lento, robándome besos. "Mañana, ¿misma hora?". "Órale, carnal. Prepárate para lo que te voy a enseñar". La puerta se cierra, y yo me quedo sonriendo, el cuerpo zumbando, lista para la próxima pasión.

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