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Pasion de Triunfo Desnuda

6874 palabras

Pasion de Triunfo Desnuda

La fiesta patronal en el centro de Guadalajara bullía de vida esa noche de verano. El aire estaba cargado con el olor a elotes asados, tacos al pastor y el dulzor de las aguas frescas. Luces de colores parpadeaban sobre la pista de baile improvisada en la plaza, donde la banda tocaba cumbias y rancheras que hacían vibrar el suelo de tierra apisonada. Yo, Ana, acababa de ganar el concurso de baile folclórico con mi jarabe tapatío impecable, el vestido rojo flameante pegado a mi piel sudada, marcando cada curva de mi cuerpo. El júbilo me corría por las venas como tequila puro, y cuando levanté el trofeo, sentí esa pasión de triunfo que me hacía sentir invencible, poderosa, lista para comerme el mundo.

Entre la multitud que aplaudía, lo vi. Javier, mi carnal desde la prepa, el wey que siempre me había mirado con ojos de hambre. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que prometía pecados deliciosos. Vestía camisa negra ajustada que dejaba ver sus músculos de tanto trabajar en el gimnasio y jeans que abrazaban sus caderas. Se acercó con una cerveza en la mano, su aroma a colonia barata mezclada con sudor masculino invadiéndome las fosas nasales.

—Órale, Ana, ¡qué chingonería la tuya! Eres la reina de la noche, neta, dijo con voz ronca, sus ojos bajando por mi escote donde el sudor brillaba como diamantes.

Mi corazón latió fuerte, un tambor en el pecho. Hacía meses que no nos veíamos, pero esa química nunca se apagaba. Le sonreí, coqueta, sintiendo el calor subir por mis muslos.

—Gracias, Javi. Ven, bailemos para celebrar mi triunfo.

La banda arrancó con una polka sensual, y nos metimos a la pista. Sus manos en mi cintura, firmes pero suaves, me guiaban. Sentía su aliento caliente en mi cuello, el roce de su pecho contra mis tetas que se endurecían bajo el vestido. El olor a su piel, salado y varonil, me mareaba. Cada giro, cada paso, era un roce eléctrico: sus dedos apretando mi nalga derecha, mi cadera chocando contra su verga que ya se ponía dura. La multitud giraba a nuestro alrededor, risas y gritos, pero para mí solo existía él, esa pasión de triunfo que ahora compartíamos, latiendo entre nosotros como un secreto ardiente.

¿Por qué carajos me excita tanto este pendejo? Su toque me quema, me hace mojarme aquí mismo, en medio de todos. Quiero que me folle ya, que me haga suya con la fuerza de un toro.

La canción terminó, pero no nos soltamos. Sus labios rozaron mi oreja.

—Vamos a un lado, Ana. No aguanto más verte moverte así.

Nos escabullimos por una callejuela oscura, el bullicio de la fiesta amortiguado por las paredes de adobe. Llegamos a un patio trasero de una casa vecina, iluminado solo por la luna llena. Olía a jazmín y tierra húmeda después de la lluvia reciente. Javier me acorraló contra la pared, su cuerpo presionando el mío, duro y caliente. Sus manos subieron por mis muslos, levantando el vestido hasta la cintura, exponiendo mis panties de encaje negro empapados.

—Estás chingada de mojada, mi reina, murmuró, su voz temblando de deseo mientras sus dedos rozaban mi clítoris por encima de la tela.

Gemí bajito, el sonido ahogado por su boca que devoraba la mía. Su lengua invadió, saboreando a cerveza y menta, mientras yo le clavaba las uñas en la espalda. Le bajé el cierre de los jeans, liberando su verga gruesa, palpitante, con venas marcadas que latían contra mi palma. La piel suave, caliente, el olor almizclado de su pre-semen me volvía loca. La apreté, masturbándolo lento, sintiendo cómo crecía en mi mano.

Nos besamos con furia, mordidas en labios, lenguas enredadas. Me quitó el vestido de un jalón, quedando solo en bra y panties. Sus tetas, grandes y firmes, rebotaron libres cuando desabroché el sostén. Javier las chupó con hambre, succionando pezones duros como piedras, lamiendo hasta que grité de placer. El viento nocturno cosquilleaba mi piel desnuda, erizándola, mientras sus manos amasaban mi culo, separando nalgas para rozar mi ano con un dedo juguetón.

Sí, Javi, tómalo todo. Esta noche soy tuya, mi triunfo es nuestro, y lo voy a sentir hasta el fondo.

Me arrodillé en la tierra fresca, el polvo pegándose a mis rodillas, pero no importaba. Tomé su verga en la boca, saboreando la sal de su glande, chupando profundo hasta la garganta. Él gemía, —¡Puta madre, Ana, qué rica boca!, enredando dedos en mi pelo largo negro. Lo mamé con devoción, lamiendo huevos peludos, succionando hasta que tembló. Pero no lo dejé acabar; me puse de pie, lo empujé al suelo sobre una cobija que sacó de quién sabe dónde, y me monté encima.

Sus manos guiaron mi coño empapado a su pija. Deslicé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me abría, me llenaba hasta el útero. ¡Ay, wey, qué grande estás! grité, mientras cabalgaba, tetas rebotando, sudor chorreando entre nosotros. El sonido de carne contra carne, chapoteos húmedos, mis gemidos roncos mezclados con sus gruñidos animales. Olía a sexo puro, a jugos mezclados, a nuestra pasión de triunfo desatada.

Me volteó, poniéndome a cuatro patas, el aire fresco en mi coño expuesto. Embistió fuerte, sus bolas golpeando mi clítoris, manos apretando caderas. Cada estocada era un trueno, mi G-point explotando en olas de placer. ¡Más duro, cabrón, dame todo! le pedí, y él obedeció, follándome como un poseso, mordiendo mi hombro, jalando pelo. Sentía su verga hincharse, mis paredes contrayéndose, el orgasmo subiendo como lava.

Explotamos juntos. Él se vació dentro, chorros calientes inundándome, mientras yo convulsionaba, gritando su nombre al cielo estrellado. El pulso de mi coño ordeñándolo, leche escurriendo por mis muslos. Colapsamos, jadeantes, pieles pegajosas unidas.

Después, en el afterglow, yacíamos abrazados bajo la luna. Su mano acariciaba mi vientre, trazando círculos suaves. El olor a jazmín ahora mezclado con nuestro semen, el viento secando el sudor. Me sentía completa, empoderada por mi victoria en la pista y esta follada épica.

Esta pasión de triunfo no es solo mía; es nuestra, Javi. Mañana bailaré de nuevo, pero esta noche, tú fuiste mi trofeo más chingón.

Me besó la frente, suave, tierno.

—Eres lo máximo, Ana. Siempre lo has sido.

La fiesta seguía a lo lejos, música lejana, pero aquí, en nuestro rincón, el mundo era perfecto. Me vestí lento, sintiendo el semen seco en mis piernas, una marca deliciosa de nuestra unión. Caminamos de regreso tomados de la mano, listos para más noches de fuego. El triunfo sabe mejor compartido, y esta pasión, neta, era para siempre.

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