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Altas Pasiones en la Noche

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Altas Pasiones en la Noche

La fiesta en la terraza del rooftop de Polanco estaba en su apogeo. Las luces de la Ciudad de México parpadeaban como estrellas caídas a mis pies, y el aire cálido de la noche traía el aroma mezclado de jazmines del jardín vertical y el humo dulce de los cigarros electrónicos. Yo, Valeria, con mi vestido negro ajustado que me hacía sentir como una diosa urbana, tomaba un sorbo de tequila reposado con limón y sal. Neta, necesitaba esta noche para desconectar del pinche estrés del trabajo en la agencia de publicidad.

Entonces lo vi. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que gritaba trouble en el mejor sentido. Se llamaba Diego, me enteré después, un arquitecto que diseñaba esos edificios chidos que veías en las revistas. Nuestras miradas se cruzaron mientras bailábamos al ritmo de un remix de cumbia rebajada que retumbaba en los bocinas. Su camisa blanca desabotonada dejaba ver un pecho firme, bronceado por el sol de Acapulco, donde pasaba sus fines de semana. Sentí un cosquilleo en la piel, como si el viento nocturno me acariciara las piernas desnudas.

¿Qué wey tan guapo? Piensa, Valeria, no seas pendeja, acércate.

Me acerqué con mi mejor pose, fingiendo casualidad. "Órale, ¿vienes seguido a estos pedos?", le dije, alzando la voz por encima de la música. Él se rio, una risa grave que vibró en mi pecho. "Solo cuando hay morras como tú", respondió, con ese acento chilango puro que me erizaba la piel. Hablamos de todo y nada: del tráfico infernal de Insurgentes, de la crema de postres en Pujol, de cómo el tequila nos hacía sentir invencibles. Sus ojos cafés me devoraban, y yo sentía el calor subiendo por mis muslos, un pulso acelerado que nada tenía que ver con el alcohol.

La tensión crecía con cada roce accidental. Bailamos pegaditos, su mano en mi cintura, mis caderas moviéndose contra las suyas. Olía a colonia fresca con un toque de sudor masculino, ese olor que te hace cerrar los ojos y morderte el labio. Altas pasiones se decían en voz baja, como un secreto compartido, mientras el DJ ponía una rola sensual de Natalia Lafourcade que nos envolvía como niebla.

Acto uno completo, ahora el fuego. La noche avanzaba, y Diego me susurró al oído: "¿Quieres ver las estrellas de verdad? Tengo un balcón en mi depa aquí cerca". Mi corazón latió como tamborazo zacatecano. "Simón, ándale", contesté, tomando su mano. Caminamos por las calles iluminadas de Polanco, el bullicio de los restaurantes y las risas lejanas acompañándonos. Su departamento era un sueño minimalista: ventanales enormes, pieles suaves en el sofá, una botella de mezcal esperando en la barra.

Nos sentamos en el balcón, con la ciudad a nuestros pies. El mezcal ardía en mi garganta, dulce y ahumado, como un beso preliminar. Hablamos más profundo ahora: de sueños rotos, de amores que no cuajaron, de esa hambre de conexión real en esta jungla de concreto. Sus dedos trazaban círculos en mi rodilla, subiendo despacio, enviando chispas por mi espina dorsal. Yo me incliné, rozando sus labios con los míos. Fue suave al principio, un roce de terciopelo, pero pronto se volvió voraz. Su lengua exploraba mi boca con sabor a limón y deseo, y gemí bajito contra él.

Entramos al depa, tambaleándonos de risa y lujuria. Me quitó el vestido con manos temblorosas de anticipación, exponiendo mi piel al aire fresco del acondicionado. Sus ojos se oscurecieron, devorándome como si fuera el postre más exquisito. "Eres una chulada, Valeria", murmuró, besando mi cuello, lamiendo la sal de mi piel. Yo le arranqué la camisa, sintiendo los músculos duros bajo mis uñas, el vello áspero que me raspaba las palmas. Nos caímos en la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda ardiente.

Esto es lo que necesitaba, neta. Sus manos en mí, su aliento caliente, todo se siente tan vivo.

La escalada fue gradual, deliciosa. Sus labios bajaron por mi pecho, chupando mis pezones hasta endurecerlos como piedras preciosas. Gemí fuerte, arqueándome, el sonido de mi voz rebotando en las paredes. Él se arrodilló entre mis piernas, besando el interior de mis muslos, oliendo mi excitación que perfumaba el aire como miel caliente. "Dime si quieres parar", jadeó, pero yo solo pude susurrar "Más, cabrón, no pares". Su lengua encontró mi centro, lamiendo con maestría, círculos lentos que me hacían retorcer. Sentía el pulso en mis oídos, el sudor perlando mi frente, el sabor salado de su piel cuando lo jalé hacia mí para besarlo de nuevo.

Yo tomé control, volteándolo boca arriba. Monté sus caderas, frotándome contra su dureza que palpitaba bajo el bóxer. "Te quiero dentro", le dije, voz ronca. Se lo quité de un tirón, admirando su miembro erecto, venoso, listo para mí. Me hundí despacio, centímetro a centímetro, sintiendo el estiramiento delicioso, el calor envolviéndome. ¡Ay, wey! Empecé a moverme, cabalgándolo con ritmo de salsa callejera, mis pechos botando, sus manos apretando mis nalgas. Los sonidos llenaban la habitación: piel contra piel, jadeos entrecortados, mi risa traviesa cuando aceleraba.

La intensidad subía como el volcán Popo en erupción. Cambiamos posiciones, él detrás de mí, embistiéndome con fuerza controlada, su pecho contra mi espalda, mordisqueando mi oreja. "Eres fuego puro", gruñó, y yo respondí arqueándome más, clavando las uñas en las sábanas. El olor a sexo nos rodeaba, almizclado y embriagador, mezclado con el jazmín que entraba por la ventana entreabierta. Sentía cada vena, cada pulso, el roce de su vello en mi clítoris hinchado. Mis pensamientos eran un torbellino: Esto son altas pasiones, lo que todos buscamos en secreto.

El clímax llegó como ola del Pacífico. Primero yo, temblando, gritando su nombre mientras contracciones me sacudían desde adentro, jugos calientes empapando las sábanas. Él me siguió segundos después, rugiendo, llenándome con chorros calientes que prolongaron mi placer. Colapsamos, enredados, pieles pegajosas de sudor, respiraciones agitadas sincronizándose poco a poco.

En el afterglow, yacimos en silencio, su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. El amanecer teñía el cielo de rosas y naranjas sobre el skyline. "Eso fue chido", dije riendo bajito, acariciando su cabello revuelto. Él levantó la vista, ojos brillantes. "Más que chido, fueron altas pasiones que no olvidaré". Hablamos de quizás vernos de nuevo, sin promesas pesadas, solo la promesa de más noches así. Me vestí con su camisa oversized, oliendo a nosotros, y nos despedimos con un beso lento en la puerta.

Caminé de regreso a mi hotel, piernas flojas, sonrisa boba. La ciudad despertaba con el claxon de los taxis y el aroma de tacos de la esquina. Neta, México es así: te da altas pasiones en la noche y te deja renovada para el día. Y yo, Valeria, ya planeaba la próxima aventura.

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