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Abismo de Pasión Kenia Jasso Navarro

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Abismo de Pasión Kenia Jasso Navarro

Kenia Jasso Navarro caminaba por las calles empedradas del centro de Guadalajara, con el sol de la tarde besando su piel morena. Llevaba un vestido rojo ceñido que realzaba sus curvas generosas, el escote profundo invitando miradas curiosas. Neta, hoy me siento como diosa, pensó mientras el aroma a tacos al pastor flotaba en el aire, mezclándose con el dulzor de las flores de bugambilia que adornaban los balcones. Hacía meses que no salía así, desde que su ex, ese pendejo infiel, la había dejado por una flaca sin chiste. Pero esta noche, en el bar de la plaza, todo iba a cambiar.

Entró al lugar, un antro chido con luces tenues y mariachi fusion sonando bajito. Pidió un tequila reposado, el líquido ámbar quemándole la garganta con un fuego placentero. Ahí lo vio: Marco, alto, moreno, con ojos negros que prometían travesuras. Se acercó con una sonrisa pícara, su colonia fresca invadiendo su espacio. ¿Qué hace una reina como tú sola en este abismo de pasión? le dijo, su voz grave retumbando en su pecho.

Kenia soltó una risa coqueta, sintiendo un cosquilleo en el vientre. Buscando un poco de abismo de pasión, Kenia Jasso Navarro no se conforma con menos, respondió juguetona, extendiendo la mano. Él la besó, sus labios cálidos y firmes enviando chispas por su espina. Hablaron de todo: de la vida tapatía, de antojos por birria, de cómo el pulque sabe a pecado. Cada roce accidental de sus dedos en su brazo la hacía apretar las piernas bajo la mesa. Este wey me trae loca, su piel huele a aventura.

La noche avanzaba, los shots de tequila fluían como ríos calientes. Marco la invitó a bailar, su cuerpo pegándose al de ella al ritmo de un son jalisciense electrificado. Sus caderas chocaban, el sudor perlándole la frente, el aliento de él rozándole el cuello. Kenia sintió su verga endureciéndose contra su muslo, un pulso insistente que la mojó al instante. ¿Vamos a mi depa? Vivo cerquita, murmuró él, mordisqueándole la oreja. Ella asintió, el deseo ardiendo como chile en nogada.

Acto dos: La escalada

El departamento de Marco era un oasis moderno en la colonia Chapalita, con ventanales que daban a las luces de la ciudad. Apenas cerraron la puerta, sus bocas se fundieron en un beso hambriento. Lenguas danzando, saboreando tequila y sal, manos explorando. Kenia jadeó cuando él le bajó el vestido, exponiendo sus tetas firmes, pezones oscuros endurecidos por el aire fresco. Pinche delicia, cómo me mira, como si fuera su mundo.

Él la cargó hasta la cama king size, las sábanas de algodón egipcio suaves contra su espalda desnuda. Marco se quitó la camisa, revelando un torso marcado por gym, vello negro bajando hasta su abdomen. Besó su cuello, lamiendo el sudor salado, bajando por sus pechos. Chupó un pezón con hambre, succionando hasta que ella arqueó la espalda, gimiendo ¡Ay, cabrón, no pares!. Sus manos bajaron a su entrepierna, dedos hábiles separando sus labios húmedos, encontrando el clítoris hinchado.

Es como caer en un abismo de pasión, Kenia Jasso Navarro, donde todo da vueltas y solo existe su toque

Marco la miró a los ojos, pidiendo permiso con la mirada. Ella abrió las piernas, invitándolo. Sí, métemela ya, pero despacito primero, suplicó. Él se desabrochó el pantalón, su verga gruesa saltando libre, venosa y palpitante. La punta rozó su entrada, untándose en sus jugos, antes de empujar lento. Kenia sintió el estiramiento delicioso, cada centímetro llenándola, tocando spots que la hacían ver estrellas. Neta, nunca me habían cogido así de rico.

Empezaron un ritmo pausado, sus pelvis chocando con sonidos húmedos, el olor a sexo impregnando la habitación. Él aceleró, embistiéndola profundo, sus bolas golpeando su culo. Kenia clavó las uñas en su espalda, arañando, gritando ¡Más fuerte, pendejito, dame todo!. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo como jinete en palenque, sus tetas rebotando, sudor goteando entre ellos. El clítoris frotándose contra su pubis, ondas de placer acumulándose.

Marco la volteó a cuatro patas, admirando su culo redondo. Le dio nalgadas suaves, el sonido ecoando, piel enrojecida. Entró de nuevo, una mano en su cadera, la otra pellizcando su clítoris. Kenia temblaba, el orgasmo acercándose como tormenta jalisciense. Siento su verga latiendo dentro, su aliento caliente en mi nuca, el sabor de su piel en mi boca. Él gruñó Me vengo, amor, y ella explotó primero, contrayéndose alrededor de él, chorros de placer mojando las sábanas.

Acto tres: El éxtasis y el eco

Marco se derramó dentro, chorros calientes llenándola, su cuerpo colapsando sobre el de ella. Permanecieron unidos, respiraciones entrecortadas sincronizándose, el corazón de él martillando contra su pecho. Besos lánguidos ahora, lenguas perezosas saboreando el afterglow. Kenia sonrió, trazando círculos en su espalda húmeda. Eres un animal, wey, murmuró, riendo bajito.

Se ducharon juntos después, agua caliente cascabeando sobre sus cuerpos entrelazados. Jabón perfumado a lavanda deslizándose por sus curvas, manos lavándose mutuamente con caricias tiernas. Salieron envueltos en toallas, pidiendo room service: chilaquiles con huevo y café de olla humeante. Comieron en la cama, hablando de sueños, de viajes a Puerto Vallarta, de cómo esta noche había sido el inicio de algo chido.

Kenia Jasso Navarro se miró en el espejo del baño, el cabello revuelto, labios hinchados, marcas rojas en el cuello como trofeos. Abismo de pasión superado, pero quiero más. Marco la abrazó por detrás, su erección matutina presionando su culo. ¿Ronda dos? preguntó pícaro. Ella giró, besándolo. Ora sí, pero esta vez mando yo.

El sol entraba por las cortinas, tiñendo todo de oro. Sus cuerpos se unieron de nuevo, más lentos, exploratorios. Kenia lo montó de lado, sintiendo cada vena, cada pulso. Gemidos suaves, besos profundos, el aroma a sexo mezclado con café. Alcanzaron el clímax juntos, un mar de sensaciones: piel resbaladiza, músculos tensos, el grito ahogado de placer.

Después, recostados, él le acarició el cabello. Kenia Jasso Navarro, has despertado algo en mí. Ella sonrió, el corazón lleno. No era solo sexo; era conexión, fuego mexicano puro. Salieron a caminar por la plaza al atardecer, manos entrelazadas, el mundo vibrante a su alrededor. El abismo de pasión los había tragado, pero emergieron más fuertes, listos para más noches así.

En su mente, Kenia repasaba cada detalle: el sabor salado de su piel, el calor de su semen, el latido compartido. Esto es vida, neta. Y supo que volvería, una y otra vez, al borde de ese delicioso abismo.

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