Pasión Capítulo 32 Fuego en las Venas
Ana se recargaba en la barandilla del balcón de su suite en Playa del Carmen, el viento salado del Caribe le revolvía el cabello negro y largo mientras el sol se hundía en el horizonte como una bola de fuego. Hacía meses que no veía a Marco, su amor de toda la vida, el wey que le hacía temblar las piernas con solo una mirada. Habían peleado por pendejadas, celos tontos, pero ahora, en este paraíso, todo eso parecía lejano. El aroma a coco y mar la envolvía, y su piel bronceada brillaba bajo la luz crepuscular. Pasión Capítulo 32, pensó, sonriendo para sí. Así bautizaba cada reencuentro en su mente, como episodios de una telenovela ardiente que solo ellos escribían.
Abajo, en la playa privada, Marco caminaba hacia la villa con una botella de tequila reposado en la mano y una sonrisa pícara que Ana conocía demasiado bien. Vestía una camisa guayabera blanca desabotonada, dejando ver su pecho moreno y musculoso, forjado en gimnasios y partidos de fut en Guadalajara. Sus ojos cafés la buscaron de inmediato, y cuando la vio, su paso se aceleró. Órale, qué chula se ve mi reina, se dijo él, el corazón latiéndole como tamborazo zacatecano.
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¡Ey, preciosa! ¿Me extrañaste o qué?gritó Marco desde la arena, su voz grave retumbando contra las olas.
Ana sintió un cosquilleo en el estómago, ese calor que subía desde el vientre hasta los pechos. Bajó las escaleras descalza, la arena tibia besándole las plantas de los pies. Se abrazaron fuerte, sus cuerpos encajando como piezas perfectas. Él olía a sal, a protector solar y a ese jabón de sándalo que tanto le gustaba. Sus labios se rozaron en un beso casto al principio, pero pronto se profundizó, lenguas danzando con sabor a ron y deseo acumulado.
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No mames, Marco, me tienes loca de ganas, murmuró ella contra su boca, mordisqueándole el labio inferior.
Él rio bajito, una carcajada ronca que le vibró en el pecho. La cargó en brazos como si no pesara nada y la llevó adentro, a la cama king size con sábanas de algodón egipcio. La habitación olía a jazmín fresco, cortesía del servicio del resort. Afuera, las palmeras susurraban con la brisa, y el romper de las olas era como un latido constante.
Se tumbaron juntos, aún vestidos, explorando con manos ansiosas. Ana deslizó los dedos por el abdomen de Marco, sintiendo los músculos contraerse bajo su toque. Él le besó el cuello, inhalando su perfume de vainilla y piel caliente. Esto es lo que necesitaba, mi carnala, este fuego que no se apaga, pensó Marco, mientras le quitaba la blusa ligera, revelando sus senos plenos envueltos en encaje negro.
El deseo inicial era como una chispa, pero pronto se avivó. Ana arqueó la espalda cuando él lamió sus pezones, duros como piedras preciosas. El sonido de su respiración agitada llenaba la habitación, mezclado con gemidos suaves. Pasión Capítulo 32 se desplegaba ante ellos, capítulo de reconciliación, de cuerpos que se reconocían al instante.
Marco bajó la mano por su vientre plano, desabrochando los shorts de Ana. Ella jadeó al sentir sus dedos ásperos rozar su monte de Venus, ya húmeda de anticipación. El tacto era eléctrico, como si cada célula gritara por más. Olía a ella, a esa esencia almizclada de excitación que volvía loco a Marco. Le quitó la tanga con delicadeza, besando el interior de sus muslos, saboreando la sal de su piel.
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¡Ay, wey, no pares! Qué rico se siente, suplicó Ana, enredando los dedos en su cabello revuelto.
Él obedeció, su lengua experta encontrando su clítoris hinchado. Lamía con devoción, círculos lentos que la hacían retorcerse. El sabor era dulce y salado, adictivo. Ana cerraba los ojos, viendo estrellas detrás de los párpados, el corazón retumbándole en los oídos. Pensaba en todas las veces que habían hecho el amor: en la playa de Puerto Vallarta, en el auto bajo la lluvia en la CDMX, pero esta vez era diferente, más intensa, como si el tiempo aparte hubiera multiplicado el hambre.
Marco se incorporó, quitándose la ropa con prisa. Su verga erecta saltó libre, gruesa y venosa, palpitando por ella. Ana la tomó en la mano, sintiendo el calor y la dureza, la piel suave sobre el acero. La masturbó despacio, viendo cómo él echaba la cabeza atrás con un gruñido gutural. Mi chulo, todo mío, se dijo ella, lamiendo la punta, probando el precum salado.
Él no aguantó más. La volteó boca abajo con gentileza, colocándose detrás. Le besó la nuca, la espalda, mientras frotaba su glande contra sus nalgas firmes. Ana levantó las caderas, invitándolo. Entró despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo sus paredes lo envolvían como terciopelo húmedo. Ambos gimieron al unísono, el sonido reverberando en las paredes.
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¡Qué chingón, Ana! Tan apretadita, tan caliente, jadeó Marco, empezando a moverse con ritmo pausado.
Ella empujaba hacia atrás, sincronizándose, el sudor perlando sus cuerpos. El slap-slap de piel contra piel se mezclaba con sus respiraciones entrecortadas. Olía a sexo puro, a feromonas y mar. Ana sentía cada embestida profunda, rozando ese punto que la volvía loca, oleadas de placer subiendo por su espina dorsal.
El clímax se acercaba como una tormenta. Marco aceleró, una mano en su cadera, la otra pellizcando sus pezones. Ana gritó su nombre, el orgasmo estallando en fuegos artificiales: contracciones rítmicas, jugos calientes empapando las sábanas. Él la siguió segundos después, gruñendo como animal, llenándola con chorros calientes que la hicieron estremecer de nuevo.
Se derrumbaron exhaustos, enredados en un abrazo pegajoso de sudor y satisfacción. Marco le besó la sien, inhalando su cabello húmedo. Afuera, la noche había caído, estrellas titilando sobre el Caribe. Ana apoyó la cabeza en su pecho, escuchando el latido calmándose poco a poco.
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Te amo, mi rey. No más pleitos, ¿eh? Solo esto, pura pasión, susurró ella, trazando círculos en su piel.
Él sonrió, besándole la frente. Pasión Capítulo 32, el mejor hasta ahora. Mañana escribirían el 33, y todos los que vinieran. El aire olía a jazmín y a ellos, promesa de más noches así. Se durmieron así, cuerpos entrelazados, almas en paz, el rumor del mar arrullándolos como una nana eterna.