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Pasión Rayada

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Pasión Rayada

El sol del atardecer en Polanco teñía las azoteas de oro líquido, y el aire traía ese olor a jazmín mezclado con el humo leve de los cigarros electrónicos que flotaba entre la gente chic. Elena se miró en el espejo del elevador mientras subía al rooftop bar, sintiendo cómo la tela de su nuevo vestido Pasión Rayada se adhería a su piel como una caricia prohibida. Las rayas horizontales alternaban negro y rojo fuego, abrazando sus curvas de manera pecaminosa: ceñidas en la cintura, sueltas en los muslos, con un escote que dejaba ver justo lo suficiente para volver loco a cualquiera. Lo había comprado esa tarde en la boutique de Masaryk, impulsiva, porque el dependiente le juró que era la prenda que despierta pasiones. Neta, se sentía como una diosa cachonda.

¿Y si hoy pasa algo cabrón? Hace meses que no me como a nadie, y este vestido me hace sentir que puedo comerme al mundo.

El bar estaba a reventar de morros bien, con copas tintineando y risas que se mezclaban con el ritmo de un DJ que ponía cumbia rebajada sensual. Elena pidió un paloma en la barra, el hielo crujiendo bajo el chorro de tequila y refresco de toronja, ese sabor cítrico que le erizaba la lengua. Fue entonces cuando lo vio: alto, moreno, con una playera blanca ajustada que marcaba unos pectorales duros como piedra. Se llamaba Diego, lo supo porque una morra lo llamó así al pasar. Sus ojos se cruzaron, y él sonrió con esa confianza de pendejo que sabe que es guapo.

Órale, qué chingón vestido traes —dijo acercándose, su voz grave retumbando sobre la música—. Esas rayas... como pasión rayada en tu piel.

Elena sintió un cosquilleo en el estómago, el calor subiendo por sus muslos. Olía a colonia fresca, con un toque de sudor masculino que la ponía calientita. Charlaron de pendejadas: del tráfico en Insurgentes, de lo cara que está la vida en la CDMX, pero sus miradas decían otra cosa. Cada roce accidental —su mano en su brazo al reírse, el roce de su cadera contra la de ella en la barra— era electricidad pura.

La noche avanzaba, y el DJ subió el volumen con reggaetón lento. Diego la jaló a la pista improvisada.

—Baila conmigo, mamacita.

Sus cuerpos se pegaron al ritmo, el sudor comenzando a perlar su piel. Elena sentía su verga semi-dura presionando contra su nalga, y en lugar de apartarse, arqueó la espalda, restregándose más. El vestido Pasión Rayada se subía un poco con cada movimiento, dejando ver la curva de sus cachetes. Sus manos en la cintura de ella, fuertes, posesivas pero suaves. El olor a su piel, salado y almizclado, la mareaba.

Chingado, este wey me va a hacer venirme aquí mismo si no paramos. Pero qué rico se siente su calor, su aliento en mi cuello.

Regresaron a la barra jadeantes, pidiendo shots de mezcal que quemaban la garganta como fuego líquido, ahumado y terroso. Diego le confesó que era arquitecto, que odiaba las juntas eternas, que soñaba con tirar todo y vivir en la playa. Elena le platicó de su trabajo en marketing, de cómo se cansaba de fingir ser la chava perfecta. Pero bajo las palabras, la tensión crecía: sus rodillas tocándose, dedos entrelazándose bajo la barra.

—No aguanto más —murmuró él, su boca cerca de su oreja, el vello de su bigote rozándole la piel—. Vamos a algún lado.

—Sí, cabrón. Llévame.

El hotel estaba a dos cuadras, un cinco estrellas con lobby de mármol fresco y elevador privado. Apenas cerraron la puerta de la suite, sus bocas chocaron. Elena saboreó el mezcal en su lengua, dura y juguetona, mientras sus manos le arrancaban el vestido. Las rayas de Pasión Rayada se deslizaron por sus caderas, cayendo al piso con un susurro sedoso. Quedó en tanga negra y bra, sus pezones endurecidos asomando bajo la tela.

Diego la alzó en brazos, sus músculos tensos bajo sus palmas, y la tiró en la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra su espalda ardiente. Se desnudó rápido, su verga saltando libre, gruesa y venosa, palpitando. Elena la miró, lamiéndose los labios, el olor a excitación masculina llenando la habitación: almizcle, sudor, deseo puro.

Qué chula estás —gruñó él, besando su cuello, mordisqueando suave—. Quiero comerte entera.

Sus labios bajaron, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro, enviando descargas directas a su clítoris. Elena gimió, arqueándose, sus uñas clavándose en su espalda. El sonido de sus jadeos rebotaba en las paredes, mezclado con el zumbido lejano de la ciudad. Él lamió su ombligo, el vientre, hasta llegar a la tanga. La olió primero, inhalando profundo su aroma dulce y salado, antes de quitársela con los dientes.

Su lengua... ay, wey, si me lame así, me voy a correr en segundos. Pero aguanta, disfruta el viaje.

Diego separó sus labios mayores con los pulgares, exponiendo su panocha húmeda, hinchada de necesidad. Su lengua plana lamió desde el perineo hasta el clítoris, saboreándola como si fuera el mejor postre. Elena gritó, sus caderas moviéndose solas, el placer como olas rompiendo. Él metió dos dedos, curvándolos contra su punto G, mientras succionaba el botón rosado. El sonido era obsceno: chupadas húmedas, sus gemidos ahogados.

Estás empapada, mi amor —dijo él, voz ronca—. Sabes a gloria.

Elena lo jaló del cabello, poniéndolo de rodillas. Quería su verga en la boca. La tomó, sintiendo su calor, la piel suave sobre la dureza. La lamió desde la base hasta la cabeza, saboreando el pre-semen salado, luego se la tragó hasta la garganta, gimiendo con la vibración. Diego gruñó, sus caderas empujando suave, respetando su ritmo. El olor de su pubis recortado, terroso y sexy, la volvía loca.

La tensión era insoportable ahora, sus cuerpos brillando de sudor bajo la luz tenue. Él se puso condón —siempre responsable, qué chido— y se posicionó entre sus piernas. Elena lo guió, frotando la cabeza contra su entrada resbalosa.

—Métemela ya, pendejo. No aguanto.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Llenaba perfecto, tocando todos los nervios. Comenzaron lento, mirándose a los ojos, sus respiraciones sincronizadas. El slap de piel contra piel, el chirrido de la cama, sus gemidos subiendo de volumen. Aceleraron, ella clavando talones en su culo, él embistiendo profundo, rozando su cervix con cada thrust.

El clímax la golpeó primero: un tsunami desde el clítoris, contracciones milking su verga, gritando su nombre. Diego la siguió segundos después, rugiendo, su cuerpo temblando sobre el de ella. Colapsaron, sudorosos, entrelazados, el corazón de él latiendo contra su pecho.

Minutos después, en la afterglow, Diego trazó las marcas leves que sus uñas dejaron en su espalda.

Pasión rayada, ¿eh? Como mi piel ahora.

Elena rio suave, besándolo lento, saboreando el eco del placer en su boca.

Esto fue más que un polvo. Fue fuego puro, y quiero más. Mañana, pasado, siempre con esta Pasión Rayada que despertó todo.

La ciudad brillaba afuera, pero adentro, en esa cama deshecha, solo existían ellos, saciados, conectados en el resplandor del deseo cumplido.

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