Pasión Prohibida Capítulo 60 Suspiros Prohibidos
Ana sentía el corazón latiéndole como tamborazo en las costillas mientras subía las escaleras del viejo edificio en el corazón de la Roma Norte. El aire de la noche traía ese olor a jazmín mezclado con el humo de los taquitos callejeros, y cada escalón crujía bajo sus tacones, recordándole lo chueco que estaba todo esto. Pasión prohibida capítulo 60, pensó, como si su vida fuera una novela de esas que leen las morras en el camión, llena de capítulos que no acaban bien pero que no puedes soltar. Marco la esperaba arriba, en ese departamentito que rentaban a escondidas, pagado con pesos que nadie cuestionaba.
Empujó la puerta entreabierta y el aroma a su colonia la golpeó primero, ese mezcal ahumado con un toque de vainilla que la ponía loca de atar. Él estaba ahí, recargado en la pared, con la camisa blanca desabotonada lo justo para dejar ver el vello oscuro en su pecho. Sus ojos cafés la devoraron de arriba abajo, deteniéndose en el vestido negro ceñido que ella había elegido sabiendo que lo volvería pendejo.
Neta, wey, ¿por qué no puedo alejarme de ti? Cada vez que salgo de casa diciéndole a mi carnal que voy con las amigas, el estómago se me revuelve de pura adrenalina.
—Ven acá, mi reina —murmuró Marco con esa voz ronca que parecía salirle del alma, extendiendo los brazos.
Ana se acercó despacio, sintiendo el roce de la alfombra persa bajo sus pies descalzos ahora, los tacones tirados a un lado. Sus manos se encontraron, calientes, sudorosas, y él la jaló contra su cuerpo. El calor de su piel traspasaba la tela delgada, y ella olió su aliento, fresco de menta pero con ese fondo de cerveza artesanal que habían compartido en mensajes de WhatsApp toda la semana.
Se besaron como si el mundo se acabara esa noche. Sus labios suaves al principio, explorando, luego fieros, dientes chocando, lenguas enredándose en un baile húmedo y desesperado. Ana gemía bajito, sintiendo cómo sus pezones se endurecían contra el encaje del brasier, rozando el pecho de él con cada respiración agitada.
—Te extrañé tanto, chula —susurró él contra su cuello, mordisqueando la piel sensible justo debajo de la oreja. El cosquilleo le bajó por la espina dorsal directo al entrepierna, donde ya sentía esa humedad traicionera empapando sus panties.
La llevó a la cama, una king size con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. La recostó con cuidado, como si fuera de cristal, pero sus ojos ardían con hambre. Ana lo miró, el cuarto iluminado solo por la luz tenue de una lámpara de sal rosada que proyectaba sombras danzantes en las paredes. El sonido de la ciudad filtrándose por la ventana entreabierta: cláxones lejanos, risas de borrachos, el zumbido de un ventilador viejo.
Él se arrodilló entre sus piernas, subiendo el vestido lento, torturándola. Sus dedos ásperos de tanto trabajar en la constructora rozaron los muslos internos, enviando chispas eléctricas. Ana arqueó la espalda, el aire fresco besando su piel expuesta.
—Órale, Marco, no me hagas rogar —jadeó ella, la voz quebrada por el deseo.
Él sonrió, esa sonrisa pícara de galán de telenovela, y bajó la cabeza. Su aliento caliente sobre la tela húmeda la hizo temblar. Con dientes, jaló las panties a un lado, exponiéndola al aire. El primer lametón fue como fuego líquido: lengua plana, lenta, saboreando su esencia salada y dulce. Ana se aferró a las sábanas, los dedos hundiéndose en la tela, mientras él chupaba su clítoris hinchado, círculos precisos que la volvían loca.
El sonido era obsceno: succiones húmedas, sus gemidos ahogados, el slap slap de su boca contra su carne palpitante. Olía a sexo puro, a ella, a él, mezclado con el sudor que empezaba a perlar sus frentes.
Pero no era solo físico. En su mente, Ana revivía los capítulos anteriores de esta pasión prohibida: las miradas robadas en la boda de su hermana, donde Marco era el padrino; los mensajes a medianoche que la mantenían despierta; el día que casi los pillan en el elevador del edificio. Cada encuentro era un riesgo, pero neta, valía la pena. Su marido, ese borrego que solo pensaba en el fut y las chelas, no la tocaba así. Marco la hacía sentir viva, deseada, como una diosa mexica en ofrenda.
Él se incorporó, quitándose la camisa con un movimiento fluido. Sus músculos se tensaron bajo la piel morena, marcada por tatuajes tribales que ella trazaba con las uñas. Desabrochó el cinturón, el sonido metálico del cierre acelerando su pulso. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, la punta ya brillando de precúm. Ana la tomó en mano, sintiendo el calor pulsante, la suavidad de la piel sobre el acero debajo. La masturbó lento, oyendo sus gruñidos guturales.
—Quiero sentirte adentro, cabrón —le dijo, mirándolo a los ojos.
Marco se colocó encima, frotando la cabeza contra su entrada resbaladiza. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ana gritó de placer, las paredes vaginales abrazándolo como guante. Él se quedó quieto un segundo, jadeando, sus narices tocándose, alientos mezclándose.
Empezaron a moverse, ritmo lento al principio: él saliendo casi todo, volviendo a hundirse profundo. El slap de carne contra carne llenó el cuarto, sus pechos rebotando con cada embestida. Ana clavó las uñas en su espalda, dejando surcos rojos que mañana dolerían, pero qué chido. Sudor goteaba de su frente al valle entre sus senos, salado en su lengua cuando lo lamió.
La tensión crecía, como olla exprés a punto de explotar. Marco aceleró, follándola duro ahora, el cabecero golpeando la pared en tat tat tat rítmico. Ella enredó las piernas en su cintura, urgiéndolo más profundo. Sus pensamientos eran un torbellino: Esto es pecado, pero qué pecado tan rico. Capítulo 60 y sigo enganchada, como adicta a tus besos, a tu verga que me parte en dos.
—Más fuerte, mi amor, rómpeme —suplicó Ana, y él obedeció, gruñendo como animal.
El orgasmo la alcanzó como tsunami: olas de placer contrayendo su coño alrededor de él, chorros de jugos empapando las sábanas. Gritó su nombre, el cuerpo convulsionando, visión borrosa de estrellas. Marco la siguió segundos después, hinchándose dentro, eyaculando chorros calientes que llenaron su interior, goteando fuera cuando se salió temblando.
Se derrumbaron juntos, piel pegajosa de sudor, respiraciones entrecortadas sincronizándose poco a poco. Él la besó la frente, suave ahora, tierno. Ana acurrucó la cabeza en su pecho, oyendo el tronido de su corazón calmándose.
—¿Y ahora qué, Marco? —preguntó en susurro, trazando círculos en su abdomen.
—Ahora, mi vida, seguimos escribiendo nuestro capítulo 61. Esta pasión no se apaga fácil.
Se quedaron así, envueltos en el afterglow, el cuarto oliendo a sexo y promesas rotas. Afuera, la ciudad seguía su rumba, ajena a su secreto. Ana sonrió en la penumbra, sabiendo que volvería, siempre volvería. Porque en esta pasión prohibida capítulo 60, habían encontrado su paraíso personal, consensual y ardiente como chile en nogada.