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Jesús Cargando la Cruz La Pasión de Cristo en Nuestra Noche de Fuego

6781 palabras

Jesús Cargando la Cruz La Pasión de Cristo en Nuestra Noche de Fuego

Era Viernes Santo en la Ciudad de México, pero en nuestro departamento en Polanco, el aire estaba cargado de algo más que incienso y procesiones. Yo, Ana, una morra de treinta y tantos con curvas que volvían locos a los weyes, estaba recargada en el sofá de piel con mi carnal, Diego. Éramos pareja desde la uni, y cada Semana Santa nos poníamos a ver La Pasión de Cristo, esa película que te revuelve el alma. Pero este año, algo cambió. El sudor en mi piel se sentía pegajoso bajo el aire acondicionado, y el olor a velas de vainilla que había encendido flotaba como un afrodisíaco.

Diego, alto, moreno, con esa barba recortada que me raspaba delicioso, tenía la mano en mi muslo. "Órale, nena, mira esa escena", murmuró mientras Jim Caviezel, como Jesús, cargaba la cruz por las calles empedradas. Jesús cargando la cruz, la pasión de Cristo, pensé, y un escalofrío me recorrió la espalda. El tipo sudaba, los músculos tensos bajo la túnica rasgada, el peso aplastándole los hombros. No sé por qué, pero mi concha se humedeció de golpe. Era el sufrimiento mezclado con esa fuerza viril, como si el dolor se convirtiera en puro deseo.

¿Te prende esa mierda? —le pregunté bajito, rozando mi mano por su entrepierna. Ya sentía su verga endureciéndose bajo los jeans.

Él giró la cara, ojos brillando. "Sí, wey. Imagínate si yo fuera él, cargando esa cruz por ti". Su voz ronca me erizó la piel. Apagué la tele con el control, pero la imagen quedó grabada: Jesús cargando la cruz, la pasión de Cristo, ahora en mi mente como un fetiche ardiente.

Nos besamos con hambre, lenguas enredadas, saboreando el tequila que habíamos tomado antes. Su boca sabía a limón y sal, y yo gemí cuando me mordió el labio inferior. Esto va a estar chingón, pensé, mientras él me quitaba la blusa, exponiendo mis chichis grandes y firmes al aire fresco.

Acto primero: la tentación inicial. Diego se levantó, fue al clóset y sacó una sábana vieja. "Vamos a jugar, mamacita. Tú serás mi María Magdalena, y yo, Jesús cargando la cruz". Reí nerviosa, pero el corazón me latía como tambor en procesión. Me puse una bata translúcida, roja como la sangre de la película, y él se amarró la sábana a la cintura como túnica, improvisando una cruz con las patas de una silla envueltas en cartón que teníamos de una obra de teatro.

El departamento se transformó. Bajé las luces, puse música de mariachi suave de fondo, con violines que lloraban pasión. Él cargó la cruz falsa sobre el hombro, jadeando exagerado, caminando por el pasillo. Sudor perlando su pecho moreno, músculos flexionados, el bulto de su pinga marcándose. Yo lo seguí, tocándolo, aliviando su "sufrimiento".

¡Ay, Jesús, déjame ayudarte con esa cruz tan pesada!

le susurré, mi voz temblorosa de excitación. El olor a su sudor macho me mareaba, mezclado con mi aroma de mujer en celo.

En el medio del pasillo, lo detuve. Mis manos en su espalda, sintiendo el calor de su piel. "Descansa, mi señor", dije, arrodillándome. Él dejó caer la cruz con un ruido sordo, y yo besé sus pies descalzos, subiendo por las pantorrillas, lamiendo el salitre de su piel. Su verga palpitaba bajo la sábana, enorme, pidiendo libertad.

Acto segundo: la escalada brutal. Diego me levantó como si yo fuera pluma, cargándome a la recámara. La cama king size nos esperaba, sábanas de satín negro. Me tiró suave, pero con fuerza, y se subió encima, aún con la túnica. Su peso sobre mí como la cruz misma, aplastante y delicioso. Besos en el cuello, mordidas que dolían rico, dejando marcas rojas.

Quiero que sientas mi pasión, Ana. Como Cristo cargando la cruz por tu salvación —gruñó, mientras me quitaba la bata. Mis pezones duros como piedras rozaban su pecho velludo. Olía a hombre puro, a deseo crudo. Sus dedos bajaron a mi panocha, ya empapada, resbaladiza. ¡Chingado, qué mojada estoy! Metió dos dedos, curvándolos, tocando ese punto que me hace ver estrellas. Gemí fuerte, arqueándome, uñas clavadas en su espalda.

Yo lo volteé, montándome a horcajadas. "Ahora yo cargo tu cruz, Jesús", le dije juguetona, usando pendejo cariñoso en mi mente. Le arranqué la sábana, liberando su verga gruesa, venosa, con la cabeza morada brillando de precum. La tomé en mi mano, sintiendo el pulso acelerado, caliente como hierro al rojo. La chupé despacio, saboreando el gusto salado, musgoso, metiéndomela hasta la garganta mientras él jadeaba "¡Ay, Virgen santísima!".

La tensión subía como la procesión al Calvario. Él me puso en cuatro, embistiéndome desde atrás. Su verga me abrió entera, llenándome hasta el fondo. ¡Plaf, plaf, plaf! El sonido de carne contra carne, sudor goteando, mi clítoris hinchado rozando sus bolas. Olía a sexo puro, a concha chorreante y pinga sudada. "¡Más fuerte, cabrón! ¡Carga esa cruz en mí!" grité, y él obedeció, jalándome el pelo suave, azotándome la nalga con palmadas que ardían placenteras.

Internamente, luchaba:

Esto es pecado, pero qué rico pecado. Jesús cargando la cruz, la pasión de Cristo, ahora en mi carne, redimiéndome con cada estocada.
Cambiamos posiciones, yo encima, cabalgándolo como yegua salvaje. Sus manos en mis chichis, pellizcando pezones, yo rebotando, sintiendo cómo me dilataba, el orgasmo construyéndose como tormenta en el Popo.

Acto tercero: la redención explosiva. Diego me volteó boca arriba, piernas en sus hombros, penetrándome profundo. Sus ojos fijos en los míos, sudor cayendo de su frente como lágrimas de Cristo. Aceleró, gruñendo "¡Te entrego mi pasión, mi cruz!". Mi cuerpo temblaba, el placer subiendo en oleadas. Grité su nombre, "¡Diego, Jesús, fóllame!", y exploté. Mi concha se contrajo, ordeñándolo, jugos chorreando por sus bolas. Él rugió, llenándome de leche caliente, espesa, palpitando dentro.

Colapsamos, jadeantes, pieles pegajosas unidas. El olor a semen y sudor llenaba la habitación, el corazón latiéndonos al unísono. Me acurruqué en su pecho, escuchando su pulso calmarse. "Eso fue la pasión más chingona de Cristo que he vivido", murmuró riendo bajito. Yo sonreí, besando su cruz improvisada en el piso.

En el afterglow, reflexioné: esa noche, Jesús cargando la cruz, la pasión de Cristo, no fue solo película. Fue nuestra, carnal, eterna. Nos dormimos entrelazados, con el sabor del pecado bendito en la boca, listos para otra Semana Santa de fuego.

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