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Pasión Capítulo 57

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Pasión Capítulo 57

La brisa salada de Puerto Vallarta me acariciaba la piel mientras el sol se hundía en el Pacífico, tiñendo el cielo de naranjas y rosas intensos. Estaba en la terraza de nuestra villa privada, con un vestido ligero de algodón que se pegaba a mis curvas por el calor húmedo. Diego, mi carnal de tantos años, acababa de llegar de su viaje de negocios en la Ciudad de México. Neta que lo extrañé como loca esta semana. Lo vi salir del coche rentado, con esa camisa blanca ajustada que marcaba sus pectorales y el pantalón caqui que le quedaba como anillo al dedo. Órale, qué chulo se veía, con esa sonrisa pícara que me derretía.

—¡Mi reina! —gritó él, abriendo los brazos mientras subía las escaleras de madera—. ¿Me extrañaste?

Me lancé a sus brazos, sintiendo su calor fuerte contra mi cuerpo. Su olor a colonia fresca mezclada con el sudor del viaje me invadió las fosas nasales, despertando ese cosquilleo familiar en mi vientre. Nuestros labios se encontraron en un beso suave al principio, pero pronto se volvió hambriento, con lenguas danzando como en una salsa ardiente. Sus manos bajaron a mi cintura, apretándome contra su dureza creciente. Sentí su verga palpitando contra mi muslo, y un jadeo se me escapó.

Esto es pasión capítulo 57 de nuestra historia, pensé, cada encuentro más intenso que el anterior, como si el tiempo no nos alcanzara para devorarnos.

Nos separamos un poco, jadeantes. —Vamos a cenar, wey —le dije riendo, con la voz ronca—. Preparé tacos de mariscos con esa salsa picosa que te encanta.

La mesa en la terraza estaba lista: velas parpadeando, una botella de tequila reposado y platos humeantes. Comimos despacio, platicando de todo y nada. Sus ojos cafés me devoraban mientras masticaba, y yo sentía mis pezones endureciéndose bajo el vestido. Cada sorbo de tequila quemaba mi garganta, avivando el fuego en mis entrañas. —Estás cañón esta noche, Sofía —me dijo él, pasando un dedo por mi brazo, erizando mi piel—. Neta que no aguanto verte así sin tocarte.

El sonido de las olas rompiendo en la playa era como un ritmo hipnótico, mezclado con el lejano bullicio de la zona hotelera. Mi corazón latía fuerte, anticipando lo que vendría. Le conté de mi semana sola, cómo soñaba con él cada noche, masturbándome con sus mensajes de voz. Él se rio bajito, ese sonido grave que me ponía los vellos de punta. —Yo igual, mi amor. En el hotel, me la jalaba pensando en tu culazo y esa boquita chupándome.

La tensión crecía con cada palabra, cada mirada. Terminamos de comer y él me jaló de la mano hacia adentro. La villa era un paraíso: pisos de mármol fresco, muebles de mimbre y una cama king size con sábanas de hilo egipcio esperándonos. Encendió unas luces tenues, y puso música suave, un bolero ranchero que flotaba en el aire cargado de jazmín del jardín.

En el umbral del cuarto, me besó el cuello, mordisqueando suave. Su aliento caliente me hacía temblar, y arqueé la espalda instintivamente. Sus manos subieron por mis muslos, levantando el vestido hasta descubrir mis tangas de encaje negro. —Estás mojada ya, ¿verdad? —susurró, rozando con los dedos mi clítoris hinchado a través de la tela.

—Sí, pendejo —gemí, empujándolo hacia la cama—. Me tienes loca desde que te vi.

Caímos sobre el colchón, riendo y besándonos con furia. Le quité la camisa, besando su pecho moreno, lamiendo el salado de su piel. Olía a hombre puro, a deseo acumulado. Él me arrancó el vestido, exponiendo mis tetas firmes. Las amasó con manos ásperas, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro. El placer era eléctrico, rayos bajando directo a mi coño palpitante. Gemí fuerte, clavando las uñas en su espalda musculosa.

¡Ay, cabrón, no pares! Cada lamida es como fuego líquido en mis venas.

Desabroché su pantalón, liberando su verga gruesa y venosa, ya goteando precum. La tomé en mi mano, sintiendo su calor y pulso. Era tan dura, tan mía. La masturbé despacio, viendo cómo él cerraba los ojos y gruñía. —Chúpamela, Sofía —suplicó, y yo obedecí gustosa. Me arrodillé entre sus piernas, lamiendo desde la base hasta la punta, saboreando su esencia salada y musgosa. Lo metí hasta la garganta, gimiendo con la boca llena, el sonido húmedo resonando en la habitación.

Él no se quedó atrás. Me tumbó boca arriba, bajando besos por mi vientre hasta llegar a mi entrepierna. Apartó las tangas y hundió la lengua en mi coño empapado. ¡Dios mío, qué delicia! Lamía mi clítoris con maestría, metiendo dos dedos gruesos que curvaba justo en mi punto G. El jugo de mi excitación chorreaba por sus labios, y yo me retorcía, tirando de su pelo. —¡Más, Diego, chúpame rico! —grité, las caderas elevándose solas.

La intensidad subía como una ola gigante. Sudábamos, nuestros cuerpos resbalosos chocando. Él se posicionó entre mis piernas, frotando su verga contra mi entrada resbaladiza. —¿Me quieres adentro, mi reina? —preguntó, ojos brillantes de lujuria.

—¡Sí, métemela toda, wey! —rogué, envolviendo mis piernas en su cintura.

Empujó despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Gemí al sentirlo llenarme por completo, su pubis contra mi clítoris. Empezó a moverse, lento y profundo, cada embestida enviando ondas de placer. El sonido de piel contra piel era obsceno, mezclado con nuestros jadeos y el crujir de la cama. Aceleró, clavándome con fuerza, y yo lo arañaba, gritando su nombre.

El olor a sexo impregnaba el aire, almizclado y embriagador. Sentía mi orgasmo construyéndose, una presión ardiente en el bajo vientre. —¡Me vengo, cabrón! —avisé, y exploté alrededor de su verga, contrayéndome en espasmos que me dejaban ciega. Él gruñó, bombeando unas veces más antes de correrse dentro de mí, chorros calientes llenándome hasta rebosar.

Colapsamos exhaustos, cuerpos entrelazados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Su semen se escurría por mis muslos, cálido y pegajoso, recordatorio de nuestra unión. Me besó la frente, suave ahora, tierno. —Te amo, Sofía. Cada vez contigo es como la primera.

Yo sonreí, trazando círculos en su pecho con el dedo. Pasión capítulo 57, y aún hay más por escribir en esta novela nuestra, pensé, mientras el mar susurraba afuera. Nos quedamos así, enredados en las sábanas revueltas, con el corazón latiendo al unísono. Mañana sería otro día, pero esta noche era nuestra, pura y ardiente, grabada en la piel y el alma.

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