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Juan La Pasión de Cristo

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Juan La Pasión de Cristo

La noche en el rooftop de Polanco estaba viva, con el skyline de la Ciudad de México brillando como un mar de luces. El aire traía ese olor a jazmín mezclado con el humo de los cigarros finos y el tequila reposado que flotaba desde la barra. Yo, Juan, me recargaba en la barandilla, sintiendo la brisa cálida rozar mi piel morena, mientras observaba a la gente bailar al ritmo de un cumbia rebajada que retumbaba en los parlantes. Llevaba una camisa blanca ajustada que marcaba mis hombros anchos, ganados en el gimnasio y en las caminatas por Chapultepec. Neta, esa noche me sentía chido, listo para lo que viniera.

Entonces la vi. Sofia, con su vestido rojo ceñido que abrazaba sus curvas como un guante de terciopelo. Su cabello negro caía en ondas salvajes hasta la cintura, y sus labios pintados de carmín brillaban bajo las luces LED. Se movía con una gracia que hacía que todos los weyes voltearan, pero sus ojos café se clavaron en mí como si ya supiera mi nombre. Me acerqué, el corazón latiéndome fuerte en el pecho, y le dije:

"Órale, preciosa, ¿bailas o nomás estás posando para Instagram?"

Ella rio, una carcajada ronca y sensual que me erizó la piel. "Si me convences, güey, te sigo el rollo". Su voz tenía ese acento chilango puro, juguetón, con un toque de provocación. Empezamos a platicar, tequila en mano. El líquido ámbar bajaba ardiente por mi garganta, calentándome las entrañas. Hablamos de la vida en la ciudad, de cómo el estrés del jale nos volvía locos, pero que noches como esta lo valían todo. Sus dedos rozaron mi brazo al gesticular, y sentí un chispazo eléctrico que me bajó directo al estómago.

Esta morra es fuego puro, Juan. No la cagues, ve despacio pero firme.

La tensión crecía con cada mirada. Bailamos pegaditos, su cadera ondulando contra la mía al ritmo de la música. Olía a vainilla y a algo más profundo, como deseo crudo. Su aliento cálido en mi cuello me ponía la piel de gallina. "Eres como Juan la pasión de Cristo, carnal", murmuró ella riendo contra mi oreja. "Todo sufrimiento y tentación en uno". La frase me prendió, un juego pecaminoso que encajaba perfecto con el calor que subía entre nosotros.

Acto primero cerrado, la invité a mi depa en la Roma. Subimos al Uber, sus muslos rozando los míos en el asiento trasero. El tráfico nocturno zumbaba afuera, pero adentro el silencio estaba cargado. Mi mano en su rodilla, subiendo lento, y ella no la quitó. Al llegar, la puerta apenas se cerró y ya nos besábamos como posesos. Sus labios suaves, hinchados, sabían a tequila y menta. La presioné contra la pared, sintiendo sus tetas firmes aplastarse contra mi pecho. Gemí bajito, el pulso acelerado retumbando en mis oídos.

La llevé a la recámara, iluminada solo por la luna que se colaba por las cortinas. El aire olía a sábanas frescas y a nuestro sudor incipiente. Nos desvestimos sin prisa, explorando. Le quité el vestido, revelando lencería negra que contrastaba con su piel canela. Sus pezones oscuros se endurecieron al aire, y yo los lamí despacio, saboreando su sal marina. Ella jadeó, arqueando la espalda, sus uñas clavándose en mis hombros. "Pinche Juan, me estás volviendo loca", susurró.

Mi verga ya estaba dura como piedra, palpitando contra sus muslos suaves. La tumbé en la cama, el colchón hundiéndose bajo nuestro peso. Besé su cuello, bajando por el valle de sus senos, hasta su ombligo. El olor de su excitación me invadió, almizclado y dulce, como miel caliente. Metí la cara entre sus piernas, lamiendo su panocha húmeda, chupando el clítoris hinchado. Ella se retorcía, gimiendo fuerte, "¡Sí, así, cabrón!". Su sabor era adictivo, jugos calientes cubriendo mi lengua. Mis manos amasaban sus nalgas redondas, apretadas, mientras mi lengua danzaba más rápido.

No aguanto más, esta pasión es mi cruz y mi gloria. Quiero enterrarme en ella ya.

La tensión escalaba. Sofia me volteó, montándose a horcajadas. Sus ojos brillaban feroces, empoderada. Tomó mi verga gruesa, acariciándola de arriba abajo, el prepucio deslizándose suave bajo sus dedos expertos. La masturbó lento, torturándome, mientras yo gemía como loco. "Te quiero dentro, Juan", dijo, guiándome a su entrada resbaladiza. Se hundió despacio, centímetro a centímetro, su coño apretado envolviéndome como terciopelo mojado. El calor era infernal, pulsaciones apretándome desde todos lados.

Empezó a cabalgar, sus caderas girando en círculos hipnóticos. El slap-slap de piel contra piel llenaba la habitación, mezclado con nuestros jadeos roncos. Sudor perlando su frente, goteando entre sus tetas que rebotaban al ritmo. La agarré de la cintura, embistiéndola desde abajo, profundo, tocando ese punto que la hacía gritar. "¡Más fuerte, pendejo juguetón!" Su pelo azotaba mi cara, oliendo a shampoo de coco. El placer subía como una ola, mis bolas tensándose, listo para explotar.

Cambié posiciones, la puse a cuatro, admirando su culo perfecto alzado. Entré de nuevo, lento al principio, luego furioso. Mis manos en sus caderas, jalándola contra mí. Ella se arqueaba, empujando hacia atrás, sincronizados en un baile primal. El olor a sexo impregnaba todo, espeso y embriagador. Sentía su coño contrayéndose, ordeñándome, acercándose al borde. "¡Me vengo, Juan!" gritó, temblando entera, jugos chorreando por mis muslos.

No pude más. La volteé boca arriba, legs sobre mis hombros, y la follé con todo. Nuestros ojos conectados, almas desnudas. El clímax me golpeó como un rayo, semen caliente llenándola en chorros potentes. Grité su nombre, el cuerpo convulsionando, placer cegador expandiéndose desde mi verga hasta las puntas de los dedos. Colapsamos juntos, pegajosos, respirando agitados.

En el afterglow, la abracé, su cabeza en mi pecho. El corazón aún galopaba, pero ahora en paz. Su piel tibia contra la mía, olor a sexo y paz. "Eres mi Juan la pasión de Cristo", murmuró somnolienta, trazando círculos en mi abdomen. Reí bajito, besando su frente. Esa noche, en medio del caos citadino, encontramos nuestra redención carnal. No era solo sexo; era conexión, fuego compartido que nos dejó marcados. Mañana quién sabe, pero esta pasión quedaría grabada en la piel y el alma.

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