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La Pasión de Cristo Jesús y María

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La Pasión de Cristo Jesús y María

En el corazón de un pueblo tapatío, donde las calles se llenan de velas y rezos durante la Semana Santa, Jesús se preparaba para la gran representación de La Pasión de Cristo Jesús y María. Era el protagonista, el hombre que encarnaba al hijo de Dios, con su barba espesa, ojos profundos como pozos de miel y un cuerpo forjado en el gimnasio del barrio, moreno y musculoso. Llevaba el manto raído que olía a incienso viejo y sudor fresco de ensayos interminables. Frente a él, María, la Virgen encarnada en una mujer de curvas generosas, piel canela y labios carnosos que prometían pecados dulces. Ella era la estrella local, con su rebozo negro ajustado que realzaba sus pechos llenos y caderas que se mecían como olas del lago de Chapala.

Los ensayos habían sido intensos. Cada vez que Jesús cargaba la cruz de madera áspera contra su hombro, María lo seguía con ojos que no eran de madre santa, sino de hembra en celo. Neta, wey, esta morra me trae loco, pensaba él mientras el sol del atardecer teñía la plaza de rojo sangre. El olor a copal flotaba en el aire, mezclado con el aroma de sus flores de cempasúchil marchitas. Sus miradas se cruzaban en las escenas de la unción, cuando ella le vertía aceite perfumado en los pies, sus dedos temblorosos rozando su piel. El toque era eléctrico, un chispazo que subía por sus piernas hasta endurecerle la verga bajo el taparrabos.

—Órale, Jesús, ponle más pasión —le decía el director, un viejo cascarrabias con sombrero de charro—. ¡Que el público sienta el sufrimiento!

Pero la pasión que ardía no era de cruz ni clavos. Era carnal, prohibida en medio de tanta santidad. Esa noche, después del último ensayo, la iglesia quedó vacía. Solo quedaban ellos dos, guardando las vestimentas en el altar lateral. El silencio era pesado, roto solo por el eco de sus respiraciones aceleradas y el lejano tañido de campanas.

¿Y si la beso ahorita? ¿Se arma el desmadre o se prende el chance?

Jesús se acercó, su mano rozando la de ella al colgar el manto. María no se apartó. Al contrario, giró el rostro, sus ojos brillando bajo la luz mortecina de las velas. Olía a jazmín y a algo más profundo, el almizcle de su excitación que empezaba a perfumar el aire confinado.

—María... —murmuró él, voz ronca como un tequila añejo—. Esta obra nos está volviendo locos, ¿verdad?

Ella sonrió, juguetona, mordiéndose el labio inferior. —Neta, carnal. Cada vez que te veo azotado, con el sudor chorreando por tu pecho... me dan ganas de curarte yo misma, con mi boca.

El corazón de Jesús latió como tambor de mariachi. La tomó de la cintura, atrayéndola contra su cuerpo duro. Sus pechos se aplastaron contra él, suaves y calientes a través de la tela delgada. La besó entonces, un beso que empezó tierno, explorando el sabor salado de sus labios, pero pronto se volvió feroz. Lenguas danzando, húmedas y urgentes, el gemido de ella vibrando en su garganta como un rezo pagano.

Acto primero del verdadero drama: la tentación en el templo. Sus manos bajaron por su espalda, amasando sus nalgas firmes. Ella metió las uñas en su nuca, arañando lo justo para erizarle la piel. Se separaron jadeantes, mirándose con pupilas dilatadas.

—Aquí no, pendejo —susurró ella, riendo bajito—. Vamos a la sacristía. Ahí nadie nos ve.

La sacristía era un nido de sombras, con olor a madera encerada y libros antiguos. Cerraron la puerta con llave, el clic metálico como un pacto sellado. María lo empujó contra la mesa llena de cálices, desatando su manto con dedos impacientes. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando al aire fresco. Ella la miró con hambre, lamiéndose los labios.

Chingón, Jesús. Justo como imaginaba al Salvador.

Él la desvistió despacio, saboreando cada centímetro. El rebozo cayó, revelando sus tetas perfectas, pezones oscuros endurecidos como chocolate amargo. Bajó la falda, exponiendo su concha depilada, ya húmeda y brillante. El olor a sexo fresco lo invadió, dulce y embriagador. La alzó sobre la mesa, besando su cuello, lamiendo el sudor salado que perlaba su clavícula. Sus manos exploraban, dedos hundiéndose en su carne suave, mientras ella arqueaba la espalda, gimiendo bajito.

Su piel sabe a paraíso prohibido. No aguanto más, la quiero ya.

Pero no era momento de prisa. La tensión crecía como la procesión del Viernes Santo. Él se arrodilló, devoto ante su altar personal. Su lengua trazó caminos lentos por sus muslos internos, el vello erizado bajo su aliento caliente. Llegó a su centro, saboreando el néctar salado-dulce de su excitación. Lamía despacio, círculos en su clítoris hinchado, chupando con succión suave. María se retorcía, manos enredadas en su pelo, caderas empujando contra su boca.

—¡Ay, wey! ¡Así, no pares! —jadeaba, voz entrecortada.

El sabor de ella lo volvía loco, mezclado con el eco de sus gemidos que rebotaban en las paredes. Sus bolas se tensaban, pidiendo alivio, pero él se contuvo, prolongando el martirio placentero. La penetró con dos dedos, curvándolos para rozar ese punto que la hacía gritar. Ella convulsionó, orgasmos pequeños como preámbulos, jugos empapando su mano.

Se levantó, besándola para que probara su propio sabor en su lengua. Ella lo volteó, ahora ella la diosa dominante. Lo masturbó con mano experta, apretando la base de su verga mientras lamía la punta, saboreando el precum salado. Su boca lo envolvió, cálida y húmeda, succionando con ritmo hipnótico. Jesús gruñó, caderas moviéndose involuntarias, el sonido de succión obsceno en el silencio sacro.

—María, mi Virgen pecadora... me vas a matar así.

La levantó, penetrándola de un solo empellón. Ella gritó de placer, piernas envolviéndolo como enredaderas. Estaban unidos, piel contra piel resbaladiza de sudor. Él embestía profundo, lento al principio, sintiendo cada pliegue de su concha apretándolo. El slap-slap de carne contra carne, el olor a sexo denso, sus alientos mezclados. Aceleró, sus tetas botando con cada thrust, pezones rozando su pecho.

La giró, tomándola por detrás contra la mesa. Manos en sus caderas, verga hundiéndose hasta el fondo. Ella empujaba hacia atrás, panocha tragándoselo entero. Sus bolas golpeaban su clítoris, enviando chispas de placer. Internalmente, Jesús luchaba: Esto es pecado, pero qué chingón pecado. Ella es mi redención.

María giró la cabeza, ojos vidriosos. —Más fuerte, Jesús. ¡Fóllame como al mundo entero!

Él obedeció, embistes brutales que hacían temblar la mesa. Sus gemidos subían de tono, un coro erótico en la casa de Dios. Ella se corrió primero, concha contrayéndose en espasmos, gritando su nombre como una oración. Eso lo llevó al borde. Se retiró, eyaculando chorros calientes sobre su espalda, marcándola como suya. El semen tibio corría por su piel, olor almizclado mezclándose con el incienso.

Colapsaron en el suelo, sobre una alfombra persa raída, cuerpos entrelazados, pulsos latiendo al unísono. El afterglow era dulce, como el tepache fresco después de la faena. Besos suaves, caricias perezosas. El aire olía a ellos, a pasión consumada.

—Esto fue mejor que cualquier La Pasión de Cristo Jesús y María —dijo ella, riendo contra su pecho.

Él la abrazó fuerte. —Y apenas empieza nuestra historia, mi María. En la obra y fuera de ella.

Salieron de la iglesia al amanecer, manos entrelazadas, el sol besando sus pieles aún sensibles. La plaza despertaba con olor a pan de muerto y café de olla. Habían encontrado su propia resurrección, en carne viva, consensual y ardiente. La Semana Santa continuaría, pero su pasión era eterna, un secreto compartido bajo las estrellas de Jalisco.

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