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La Pasion Desbordante de Oscar de Gavilanes

6870 palabras

La Pasion Desbordante de Oscar de Gavilanes

El sol del mediodía caía a plomo sobre el rancho Gavilanes, en las afueras de Guadalajara, tiñendo todo de un dorado intenso que hacía brillar la tierra roja y los nopales erguidos como centinelas. Yo, Ana, había llegado ahí huyendo del ajetreo de la ciudad, buscando un poco de paz en casa de mi tía. Pero lo que encontré fue mucho más que tranquilidad: fue Oscar, el capataz del lugar, un moreno alto y fornido con ojos negros que prometían tempestades y una sonrisa pícara que me dejó el corazón latiendo como tambor de mariachi.

Desde el primer momento que lo vi, descargando sacos de maíz en el corral, su camisa sudada pegada al pecho musculoso, sentí un cosquilleo en la piel. El aire olía a heno fresco y a su sudor varonil, mezclado con el aroma terroso de la lluvia reciente. "¡Órale, güerita! ¿Ya te instalaste?", me gritó con esa voz grave y juguetona, limpiándose el frente con el dorso de la mano. Le contesté con una sonrisa nerviosa, sintiendo cómo mis pezones se endurecían bajo la blusa ligera. Era como si Oscar de Pasion de Gavilanes hubiera cobrado vida, pero en carne y hueso, más real y ardiente.

Esa noche, en la fiesta del rancho por el cumpleaños de mi tía, la cosa se puso interesante. Las luces de colores colgaban de los mezquites, y el sonido de la guitarra y el acordeón llenaba el aire con rancheras que invitaban a mover las caderas. Oscar se acercó con una cerveza en la mano, su cuerpo rozando el mío accidentalmente –o no tanto– mientras bailábamos un zapateado. "Estás rica, Ana, neta que me traes loco", murmuró en mi oído, su aliento cálido con sabor a tequila trayendo escalofríos por mi espina. Mis manos temblaron al posarse en sus hombros anchos, sintiendo el calor que emanaba de su piel morena, áspera por el trabajo del día.

¿Qué carajos estoy haciendo? Pienso, mientras su cadera presiona la mía en el ritmo del son. Este wey es puro fuego, y yo aquí derritiéndome como manteca en comal.

El deseo crecía como la marea en la noche de bahía, lento pero imparable. Después de unos tragos, nos escabullimos hacia el establo, donde el olor a caballo y cuero viejo se mezclaba con el nuestro propio, ese almizcle de excitación que ya empapaba mis bragas. Oscar me acorraló contra una pila de heno, sus labios capturando los míos en un beso hambriento. Su lengua sabía a sal y cerveza, explorando mi boca con urgencia mientras sus manos grandes subían por mis muslos, levantando mi falda floreada.

"¿Quieres que pare, mi reina?", preguntó con la voz ronca, sus ojos fijos en los míos, dándome salida. "Ni madres, Oscar, te quiero todo", respondí jadeando, tirando de su cinturón. Era consensual, puro fuego mutuo, como si nos conociéramos de toda la vida. Sus dedos ásperos encontraron mi centro húmedo, rozando el encaje antes de apartarlo. Gemí cuando me tocó ahí, suave al principio, círculos lentos que me hicieron arquear la espalda. El sonido de mi propia respiración entrecortada se mezclaba con el relincho lejano de un caballo y el crujir del heno bajo nosotros.

Lo empujé al suelo, montándome a horcajadas sobre él. Su verga ya dura como encino presionaba contra mí a través del pantalón. La desabroché con dedos torpes, liberándola: gruesa, venosa, palpitante. La tomé en la mano, sintiendo su calor y el pulso acelerado, y la acerqué a mi boca. Lamí la punta, saboreando el gusto salado de su pre-semen, mientras él gruñía "¡Ay, cabrona, qué chido!". Chupé más profundo, mi lengua girando alrededor del glande, el olor almizclado de su pubis invadiendo mis sentidos. Oscar enredó los dedos en mi cabello, guiándome sin forzar, solo disfrutando.

Pero quería más. Me quité la blusa, dejando mis tetas libres al aire fresco de la noche, pezones duros como piedras. Él se incorporó y las tomó en sus manos callosas, masajeándolas, pellizcando justo lo suficiente para que doliera rico. Mordí su hombro para no gritar cuando succionó uno, su barba incipiente raspando mi piel sensible. "Eres como Oscar de Pasion de Gavilanes, pero mil veces más caliente", le susurré entre gemidos, y él rio bajito, "Soy tu Oscar, mi amor, y esta pasion es solo nuestra".

La tensión subía como el volumen de una rola de banda. Me recostó sobre el heno suave, abriéndome las piernas con ternura. Su boca descendió, lamiendo mi clítoris hinchado, chupando con hambre. Sentí su lengua plana y caliente, entrando y saliendo, mientras dos dedos gruesos me penetraban, curvándose para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. El olor de mi propia excitación flotaba pesado, mezclado con su sudor. Mis caderas se movían solas, follándome su cara, hasta que el orgasmo me golpeó como un rayo: ondas de placer desde el vientre hasta las yemas de los dedos, gritando su nombre mientras temblaba.

No le di tiempo a recuperarse. Lo volteé, poniéndome encima, guiando su verga a mi entrada resbaladiza. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me estiraba, llenándome por completo. "¡Qué chingón te sientes, wey!", exclamé, comenzando a cabalgar. Sus manos en mis caderas, marcando el ritmo, piel contra piel chapoteando húmeda. El establo parecía girar con el vaivén: vista de su abdomen contraído, sonido de nuestros jadeos y carne golpeando, tacto de su vello púbico rozando mi clítoris, olor a sexo crudo y heno, gusto de su beso salado cuando me incliné.

Aceleramos, el sudor nos unía como pegamento. Él se incorporó, sentándome en su regazo, follándome profundo mientras succionaba mi cuello. Sentía su verga golpeando mi cervix, cada embestida enviando chispas. "Vente conmigo, Ana, déjame llenarte", gruñó, y eso bastó. El segundo clímax me destrozó, contrayéndome alrededor de él en espasmos, ordeñándolo. Oscar rugió, su semen caliente inundándome en chorros, su cuerpo convulsionando bajo el mío.

Nos quedamos así, enredados, respiraciones calmándose al unísono. El aire nocturno refrescaba nuestra piel empapada, el aroma de nuestro amor persistiendo como perfume. Me besó la frente, suave ahora, "Eres lo mejor que me ha pasado en este rancho, güerita". Yo sonreí, trazando su pecho con el dedo, sintiendo el latido lento de su corazón.

Esto no fue solo un revolcón, pienso mientras el eco de la fiesta llega lejano. Fue pasion de verdad, como en esas novelas que tanto me gustan. Oscar, mi Pasion de Gavilanes personal, había despertado algo en mí que no se apaga fácil.

Al amanecer, caminando de regreso a la casa, con las piernas flojas y una sonrisa tonta, supe que volvería al establo esa misma noche. El rancho Gavilanes ya no era solo un escape; era el inicio de algo ardiente, consensual y eterno.

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