Abismo de Pasion Capitulo 27
El sol de Puerto Vallarta se colaba por las cortinas de la suite, pintando mi piel con tonos dorados. Yo, Ana, estaba recostada en la cama king size, con el aire acondicionado zumbando bajito como un secreto compartido. Llevábamos semanas sin vernos, Marco y yo, por culpa de sus viajes de negocios a la Ciudad de México. Pero hoy era diferente. Hoy era Abismo de Pasión Capítulo 27, como le decía yo en mis mensajes coquetos, esa entrega donde el deseo nos tragaba enteritos.
Me levanté, sintiendo el roce fresco de las sábanas de algodón egipcio contra mis muslos desnudos. Solo traía una bata de seda negra que se abría apenas, dejando ver el encaje de mi lencería roja. Olía a vainilla y jazmín de la vela que encendí, y mi corazón latía fuerte, anticipando su llegada.
¿Y si esta vez nos perdemos de verdad en el abismo? ¿Y si no hay vuelta atrás?pensé, mientras me miraba en el espejo del baño. Mis pechos subían y bajaban con cada respiro, los pezones endurecidos por la emoción.
La puerta se abrió con un clic suave, y ahí estaba él, Marco, con su camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar el vello oscuro de su pecho. Sus ojos cafés me devoraron de arriba abajo, y una sonrisa pícara se le dibujó en la cara. "Mamacita, ¿me extrañaste?" dijo con esa voz ronca que me eriza la piel, cerrando la puerta y dejando caer su maletín al suelo.
—¿Extrañarte? Wey, me tenías loca de ganas —respondí, caminando hacia él con las caderas balanceándose. El olor de su colonia, esa mezcla de sándalo y cítricos, me invadió las fosas nasales, despertando un calor húmedo entre mis piernas.
Nos abrazamos, y sentí su verga ya dura presionando contra mi vientre. Sus manos grandes se colaron bajo la bata, acariciando mi espalda desnuda, bajando hasta apretar mis nalgas con fuerza juguetona. "Estás chingona hoy, Ana. Esa lencería me va a matar", murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible ahí. Gemí bajito, el sonido escapando como un suspiro ahogado. Su boca era caliente, húmeda, dejando un rastro de saliva que se enfriaba al aire.
Lo empujé hacia la cama, riendo. Acto uno: la provocación. Me subí a horcajadas sobre él, sintiendo el colchón hundirse bajo nuestro peso. Desabotoné su camisa despacio, besando cada centímetro de piel que liberaba. Saboreé el salado de su sudor fresco, lamiendo un pezón oscuro que se endureció bajo mi lengua. Marco gruñó, sus manos enredándose en mi cabello negro largo.
"Eres una diosa, carnala. No aguanto más", jadeó, pero yo lo detuve con un dedo en sus labios carnosos.
Quiero que sufra un poquito, que el deseo lo queme como a mí, pensé, mientras frotaba mi concha empapada contra la protuberancia de su pantalón. El roce era eléctrico, tela contra encaje, enviando chispas por mi espina dorsal.
En el medio del paraíso, la tensión subía como la marea en la playa de enfrente. Marco me volteó con facilidad, quedando él encima, su peso delicioso aprisionándome. Me quitó la bata de un jalón, exponiendo mis tetas al aire fresco. Sus ojos brillaron de hambre mientras las amasaba, pellizcando los pezones hasta que dolió rico. "Mira cómo se paran para mí, pendejita", bromeó, y yo reí, arqueando la espalda.
—Ven, chulo, bésame aquí —le pedí, guiando su cabeza hacia abajo. Su lengua trazó círculos en mi ombligo, bajando más, hasta el borde del encaje. El sonido de su respiración agitada llenaba la habitación, mezclado con el lejano rumor del mar. Deslizó mis bragas a un lado, y sentí su aliento caliente sobre mi clítoris hinchado. ¡Ay, Dios! Cuando su lengua me tocó, fue como caer al abismo: húmeda, insistente, lamiendo mi jugo dulce y salado.
Marco chupaba con maestría, metiendo un dedo grueso dentro de mí, curvándolo para rozar ese punto que me hace ver estrellas. Mis caderas se movían solas, follándome su boca.
Esto es el capítulo 27, donde el fuego nos consume. No pares, wey, no pares. Gemí fuerte, mis uñas clavándose en sus hombros musculosos. El olor a sexo empezaba a impregnar el aire, almizclado y embriagador.
Pero yo quería más. Lo aparté, jadeante, y le bajé el pantalón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, con la cabeza brillante de pre-semen. La tomé en mi mano, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel suave. "Ahora me toca a mí, cabrón", dije, lamiendo desde la base hasta la punta, saboreando su esencia salada. Marco maldijo en voz baja, "¡Chingada madre, Ana, eres la mejor!" mientras yo lo tragaba hasta la garganta, mis labios estirados alrededor de su grosor.
La intensidad crecía, nuestros cuerpos sudados resbalando uno contra el otro. Me puse de rodillas en la cama, ofreciéndole mi culo redondo. Escalada total. Marco se colocó detrás, frotando su verga contra mi raja húmeda. "¿Lista para el abismo, mi reina?" preguntó, y yo asentí, mordiéndome el labio.
Entró despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulgada llenándome hasta el fondo. ¡Qué chido! Empezó a bombear, fuerte pero cariñoso, sus bolas golpeando mi clítoris con cada embestida. El sonido era obsceno: carne contra carne, chapoteos húmedos, nuestros jadeos sincronizados. Agarró mis tetas desde atrás, pellizcando mientras me follaba más rápido.
Esto es pasión pura, el abismo donde nos ahogamos juntos. Marco, mi amor, dame todo. Cambiamos de posición; yo encima ahora, cabalgándolo como una amazona. Sus manos en mis caderas guiaban el ritmo, mis pechos rebotando con cada bajada. El sudor nos unía, resbaloso y caliente. Lo miré a los ojos, viendo el fuego ahí, y aceleré, sintiendo el orgasmo acercarse como una ola gigante.
—¡Me vengo, wey! ¡No pares! —grité, y exploté. Mi concha se contrajo alrededor de su verga, chorros de placer recorriéndome el cuerpo. Marco rugió, embistiéndome una vez más antes de llenarme con su leche caliente, pulsación tras pulsación.
Colapsamos juntos, respiraciones entrecortadas, cuerpos entrelazados. El afterglow era perfecto: su piel pegada a la mía, el olor de nuestro sexo flotando, el sol poniéndose en la ventana tiñendo todo de naranja. Marco me besó la frente, suave. "Eres mi abismo favorito, Ana. Capítulo 27 completito", susurró, riendo bajito.
Yo sonreí, trazando círculos en su pecho con el dedo.
En este abismo de pasión, no hay fin. Solo más capítulos por venir. Afuera, las olas rompían suaves, como un eco de nuestro clímax. Nos quedamos así, en paz, saboreando la conexión profunda que solo el amor carnal regala.