Pasión de Gavilanes Capítulo 33 Fuego en la Sangre
La noche caía sobre la hacienda como un manto de terciopelo negro, salpicado de estrellas que parpadeaban con picardía. Lucía Elizondo caminaba por el porche de madera, el aire fresco de las sierras mexicanas rozando su piel olivácea. Llevaba un vestido ligero de algodón que se pegaba a sus curvas generosas, y el aroma a jazmín de su perfume se mezclaba con el olor terroso de la tierra húmeda después de la lluvia. Hacía calor, un calor que subía desde su vientre y le hacía apretar los muslos. ¿Por qué siempre me pongo así cuando él anda cerca?, pensó, recordando la escena que habían visto juntos esa tarde en la tele: Pasión de Gavilanes capítulo 33, donde los hermanos Reyes desataban su furia y su deseo en una danza prohibida.
Desde que Diego Reyes había llegado a la hacienda como capataz, todo había cambiado. Él, con su piel bronceada por el sol sinaloense, sus manos callosas de domar caballos y sus ojos negros que prometían tormentas. Lucía, la hija mayor de los dueños, había sentido esa chispa desde el primer día. No era solo atracción; era una pasión de gavilanes, salvaje y urgente, como en esa novela que veían a escondidas. Pero esta noche, después de esa escena ardiente del capítulo 33, la tensión entre ellos era un volcán a punto de estallar. Su familia no aprobaba al "vaquero pendejo", como lo llamaban, pero a Lucía le valía madres. Quería sentirlo, poseerlo, ser poseída.
El sonido de botas pesadas en la grava la sacó de sus pensamientos. Diego apareció en el camino iluminado por las luces tenues del porche, su camisa blanca abierta hasta el pecho, sudada y pegada a sus músculos definidos. Olía a cuero, a sudor masculino y a ese jabón de lavanda que usaba después del baño. Sus ojos se clavaron en ella como dagas calientes.
—Mi reina, ¿todavía pensando en esa novela? —dijo con voz ronca, acercándose con paso felino—. Ese capítulo 33 me dejó encendido, neta. Esos gavilanes tienen razón: la pasión no se pide permiso.
Lucía sintió un escalofrío delicioso recorrerle la espalda. Su corazón latía como tambor de banda sinaloense. Se acercó, rozando su pecho con los senos, sintiendo el calor que emanaba de él.
—Sí, Diego, Pasión de Gavilanes capítulo 33... Esa escena donde se devoran con los ojos. Me hizo mojarme entera, wey.
Él sonrió, esa sonrisa pícara que la derretía, y la tomó por la cintura con manos firmes pero tiernas. Sus labios se encontraron en un beso lento, exploratorio. Sabían a tequila y a menta, un sabor que la mareaba. Las lenguas danzaron, húmedas y ansiosas, mientras las manos de Diego bajaban a sus nalgas, amasándolas con fuerza. Lucía gimió bajito, el sonido ahogado por su boca. El mundo se redujo a eso: el roce áspero de su barba incipiente en su mejilla suave, el latido acelerado de sus pulsos sincronizados.
La llevó adentro, a la sala amplia con muebles de caoba y alfombras persas. La luz de las velas parpadeaba, proyectando sombras que bailaban como amantes. La sentó en el sofá de piel, arrodillándose frente a ella. Sus dedos desabrocharon los botones del vestido uno a uno, revelando la piel dorada de sus pechos, coronados por pezones oscuros y erectos. El aire fresco los besó, haciendo que Lucía arqueara la espalda.
¡Ay, Diosito! Sus manos son puro fuego. Quiero que me queme toda.
—Eres una diosa, Lucía —murmuró él, inclinándose para lamer un pezón. Su lengua era caliente, áspera, trazando círculos que enviaban descargas eléctricas directo a su entrepierna. Ella hundió los dedos en su cabello negro, tirando suave, guiándolo. El olor de su excitación llenaba el aire, almizclado y dulce, mezclado con el perfume de ella. Diego bajó más, besando su vientre plano, deteniéndose en el ombligo para succionar con delicadeza. Lucía jadeaba, las piernas temblando.
—No pares, mi rey... Neta, me tienes loca.
Él obedeció, deslizando el vestido por sus caderas hasta dejarla desnuda. Sus bragas de encaje negro estaban empapadas, y Diego las olió antes de arrancarlas con los dientes. El sonido del tejido rasgándose fue como música erótica. Ahora expuesta, Lucía sintió el aire fresco en su sexo hinchado, los labios mayores relucientes de jugos. Diego la miró con hambre, sus ojos oscuros devorándola.
Separó sus muslos con gentileza, besando el interior sensible. Su aliento caliente la hizo retorcerse. Luego, su lengua encontró el clítoris, lamiendo lento al principio, saboreando su néctar salado y dulce. Lucía gritó bajito, ¡Órale, qué chingón! Las caderas se movían solas, follándose su boca. Él chupaba, succionaba, metía la lengua dentro, explorando cada pliegue. Sus manos callosas masajeaban sus nalgas, un dedo rozando la entrada trasera, prometiendo más. El placer subía en olas, tensándola como cuerda de guitarra.
Pero Diego se detuvo, levantándose para quitarse la camisa. Lucía lo ayudó, lamiendo su pecho salado, mordiendo sus pezones duros. Bajó la cremallera de sus jeans, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. Olía a hombre puro, a deseo crudo. La tomó en mano, masturbándolo lento, sintiendo la piel sedosa sobre el acero. Él gruñó, un sonido animal que la empapó más.
—Ven, nena, fóllame con esa boquita —pidió, y ella se arrodilló, ansiosa.
Su boca lo envolvió, caliente y húmeda. Saboreó la gota perlada en la punta, salada y amarga. Chupó la cabeza, lamió el tronco, hasta las bolas pesadas. Diego jadeaba, —Cabróna, qué rica chupas... Así, mi amor. Ella aceleró, deepthroating hasta que las arcadas la excitaban más. Saliva corría por su barbilla, el sonido obsceno de succión llenando la sala.
No aguantó más. La levantó, la puso a cuatro patas en el sofá. Su verga rozó la entrada, lubricada por sus jugos. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Lucía sintió cada vena, cada pulso. ¡Qué llena me deja, Virgen santísima! Él empezó a bombear, lento al principio, saliendo casi todo para volver a hundirse. El choque de pelvis era rítmico, piel contra piel, sudor perlando sus cuerpos.
—Más duro, pendejo... ¡Dame todo! —suplicó ella, empujando hacia atrás.
Diego obedeció, agarrando sus caderas, follando con fuerza. El sofá crujía, sus gemidos se mezclaban en un coro salvaje. Él bajaba una mano para frotar su clítoris, círculos rápidos. El orgasmo la golpeó como rayo: contracciones violentas, chorros de placer mojando sus muslos. Gritó su nombre, el mundo explotando en colores. Diego siguió, prolongando su éxtasis, hasta que él rugió, llenándola de semen caliente, pulsación tras pulsación.
Colapsaron juntos, jadeantes, sudorosos. Él la abrazó por detrás, besando su cuello húmedo. El olor a sexo impregnaba todo, íntimo y satisfactorio. Lucía sonrió, sintiendo su verga ablandarse dentro.
Esto es mejor que cualquier capítulo 33. Nuestra pasión de gavilanes es eterna.
Se quedaron así, enredados, escuchando el viento en los eucaliptos y el latido calmado de sus corazones. Mañana habría habladurías, miradas de reproche de la familia, pero valía la pena. En esa hacienda, bajo las estrellas, habían escrito su propio final ardiente.