El Diablo La Pasion de Cristo
En las calles empedradas de Guanajuato, durante la Semana Santa, el aire olía a incienso quemado y a jazmines marchitos. Yo, Ana, una morra de veintiocho años que trabajaba en una galería de arte, sentía un vacío que ni las procesiones ni las oraciones llenaban. Esa noche de Viernes Santo, el calor pegajoso me hacía sudar bajo el vestido negro ajustado que me ponía para disimular mis curvas. Caminaba sola, con el eco de los tambores lejanos retumbando en mi pecho, cuando lo vi. Apoyado en la pared de una cantina antigua, con una sonrisa que prometía pecados deliciosos. Se llamaba Rodrigo, pero todos lo conocían como El Diablo. Sus ojos negros brillaban como carbones encendidos, y en su antebrazo tatuado se leía El Diablo La Pasion de Cristo, escrito en letras góticas que serpenteaban como venas hinchadas.
Me invitó una chela con esa voz ronca que me erizó la piel. "Ven, mamacita, no muerde este diablo", dijo, guiñándome el ojo. Me reí, nerviosa, sintiendo el pulso acelerarse entre mis piernas. Entramos a la cantina, oscura y llena de humo de cigarros, con rancheras sonando bajito. El olor a tequila y sudor masculino me mareaba. Nos sentamos en una mesa de madera astillada, y mientras platicábamos, su rodilla rozó la mía. Un toque casual, pero que me mandó chispas por todo el cuerpo.
¿Qué chingados estoy haciendo? ¿Flirteando con el wey que parece salido del infierno en plena pasión de Cristo?pensé, pero no me aparté. Al contrario, pedí otra cerveza y dejé que su mano se posara en mi muslo, tibia y firme.
La noche avanzaba, y la tensión crecía como la marea en la playa de Puerto Vallarta que tanto extrañaba. Rodrigo me contaba historias de sus viajes por México, de fiestas en Oaxaca donde el mezcal hace milagros, y yo lo devoraba con la mirada. Su piel morena olía a loción barata mezclada con masculinidad pura, ese aroma que te hace cerrar los ojos y imaginar lenguas expertas. "Eres como una santa que necesita un poco de fuego", murmuró, acercando su rostro al mío. Sus labios rozaron mi oreja, y sentí su aliento caliente, con sabor a limón y sal. Mi corazón latía desbocado, y entre mis muslos, una humedad traicionera empapaba mis panties. Le contesté con un beso robado, suave al principio, pero que pronto se volvió hambriento. Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando el vestido con maestría, mientras yo le clavaba las uñas en los hombros anchos.
Salimos de la cantina tambaleándonos, riendo como pendejos, y terminamos en su depa viejo pero limpio, con vistas a las luces de la ciudad. La puerta se cerró con un clic que sonó a sentencia. Me quitó el vestido de un tirón, exponiendo mis tetas firmes al aire fresco de la noche. "Qué chula estás, Ana", gruñó, lamiendo mi cuello con una lengua áspera que me hizo gemir. Yo no me quedé atrás; le arranqué la playera, besando ese tatuaje que me obsesionaba: El Diablo La Pasion de Cristo. "¿Qué significa?", pregunté jadeando. "Que el diablo enciende la pasión verdadera, la que duele como la de Cristo, pero te lleva al cielo", respondió, mordiendo mi labio inferior.
Me llevó a la cama, un colchón king size cubierto de sábanas revueltas que olían a él. Me tumbó con gentileza, pero sus ojos ardían de deseo puro. Besó mi vientre, bajando lento, torturándome con cada roce de sus bigotes. El sonido de su respiración pesada se mezclaba con mis suspiros, y el tacto de sus dedos abriendo mis piernas era eléctrico. Olía a mi propia excitación, dulce y salada, mientras él lamía mi clítoris con devoción de sacerdote pagano.
¡Virgen santísima, esto es mejor que cualquier rezo!grité en mi mente, arqueando la espalda. Mis manos se enredaron en su pelo negro, azotándolo suave para que no parara. "Más, cabrón, no pares", le supliqué, y él obedeció, metiendo dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos justo donde dolía de placer.
La intensidad subía como el volumen de una cumbia en fiesta. Me volteó boca abajo, y sentí su verga dura presionando mi nalga, enorme y palpitante. "¿Quieres que te folle como el diablo?", preguntó, y yo asentí, empapada. "Sí, rómpeme, pero con cuidado, wey". Se puso condón –siempre responsable, ese pendejo– y entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome hasta el límite. El dolor inicial se fundió en éxtasis puro; su grosor me llenaba, rozando cada nervio. El slap-slap de su pelvis contra mi culo resonaba, mezclado con mis gemidos guturales y sus gruñidos animales. Sudábamos como en sauna, el olor a sexo crudo impregnando la habitación. Agarré las sábanas, mordiendo la almohada para no gritar demasiado, mientras él me embestía más fuerte, una mano en mi cadera, la otra pellizcando mis pezones endurecidos.
El clímax se acercaba como tormenta en el desierto. Cambiamos posiciones; yo encima, cabalgándolo como amazona en rodeo. Sus manos en mis tetas, amasándolas, mientras yo rebotaba, sintiendo su verga golpear profundo. El sudor nos unía, resbaloso y caliente. "Estás riquísima, Ana, apriétame más", jadeó, y yo contraje mis paredes internas, ordeñándolo. Nuestros ojos se clavaron; en los suyos vi no solo lujuria, sino algo tierno, como si el diablo tuviera alma.
Esto no es solo cogida, es conexión, neta, pensé, mientras el orgasmo me barría como ola gigante. Grité su nombre, temblando, chorros de placer escapando de mí, mojando sus bolas. Él se vino segundos después, rugiendo, sus caderas convulsionando bajo las mías.
Nos quedamos así, enredados, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. El aire olía a semen, sudor y paz. Me acarició el pelo, besando mi frente. "Fue la pasión más santa que he tenido", murmuró. Yo sonreí, trazando el tatuaje con el dedo. El Diablo La Pasion de Cristo. Ahora lo entendía: el diablo no era malo, solo el fuego que enciende el alma.
Al amanecer, con el sol tiñendo las colchas de oro, nos despedimos con otro beso lento, prometiendo vernos. Salí a la calle, piernas flojas pero espíritu lleno. La Semana Santa seguía, pero yo había encontrado mi propia resurrección. Caminé hacia la iglesia, no para pedir perdón, sino para dar gracias por esa noche donde el diablo me mostró la pasión verdadera de Cristo: la del cuerpo y el corazón, unida en éxtasis consensual y ardiente.