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Cuáles Son Los Calzones Mata Pasiones

7472 palabras

Cuáles Son Los Calzones Mata Pasiones

Me recosté en el sofá de nuestro depa en la Condesa, con el sol de la tarde colándose por las cortinas entreabiertas. El aroma del café recién hecho flotaba en el aire, mezclado con el leve perfume de las gardenias que Sofía había puesto en la mesa. Llevábamos seis meses juntos, y cada vez que ella llegaba del trabajo, sentía ese cosquilleo en el estómago, como si fuéramos novios de secundaria. Sofía era esa morra que te voltea la cabeza: curvas que se movían con gracia, ojos cafés profundos y una risa que sonaba a campanas en fiesta patronal.

Escuché la llave en la chapa y mi pulso se aceleró. Entró cansada, con su blusa blanca pegada al cuerpo por el sudor del metro, falda lápiz negra que marcaba sus caderas anchas. Qué chida se ve, wey, pensé, mientras me ponía de pie para darle un beso. Sus labios sabían a menta del chicle que mascaba, suaves y cálidos. La abracé por la cintura, sintiendo el calor de su piel a través de la tela.

¡Hola, mi amor! —dijo ella, soltando su bolso en el piso con un plaf—. Qué día de la chingada en la oficina, neta que mis jefes son unos pendejos.

La besé en el cuello, inhalando su olor a vainilla y sudor ligero, ese que me ponía como loco. —Ven, siéntate, te doy un masaje —le propuse, guiándola al sofá. Se dejó caer con un suspiro, quitándose los zapatos de tacón. Levantó un poco la falda para estirar las piernas, y ahí lo vi: un atisbo de calzones blancos, de algodón puro, grandotes, como los que usan las abuelitas. ¿Cuáles son los calzones mata pasiones?, se me cruzó por la mente, recordando una plática con los cuates en el bar. Esos eran: sin encaje, sin nada sexy, cubriendo todo como si fueran una armadura anti-deseo.

Pero en lugar de apagarme, algo se encendió adentro. ¿Sería el contraste con su cuerpo tan rico? Me arrodillé frente a ella, manos en sus pantorrillas firmes, masajeando despacio. La piel de Sofía era suave como pétalo de cempasúchil, tibia bajo mis dedos. Subí las manos por sus muslos, rozando el borde de esos calzones mata pasiones, y sentí su respiración cambiar, volverse jadeante.

Ay, Alex, qué rico... —murmuró, cerrando los ojos.

El ambiente se cargó de electricidad. El sonido del tráfico lejano en la avenida se mezclaba con su respiración, y el mío propio retumbaba en mis oídos. Le quité la blusa con cuidado, revelando su sostén blanco a juego, sencillo pero apretado contra sus tetas redondas. Besé su clavícula, lamiendo el salado de su piel, mientras mis manos exploraban su espalda. Ella arqueó la cintura, empujando contra mí, y supe que el juego acababa de empezar.

La llevé a la recámara, nuestras bocas pegadas en un beso hambriento. Sus dientes rozaron mi labio inferior, enviando chispas por mi espina. La tiré en la cama con sábanas frescas de algodón egipcio, oliendo a lavanda del detergente que ella usaba. Me quité la playera, sintiendo el aire fresco en mi pecho, y me incliné sobre ella. Desabroché su sostén, liberando sus pechos: pezones oscuros ya duros, como chocolate mexicano listo para morder.

Estos calzones mata pasiones no van a ganar hoy, me dije, mientras bajaba la cabeza para chupar uno de sus pezones. Sofía gimió, un sonido gutural que vibró en mi verga, que ya palpitaba dura dentro del bóxer. Sus manos enredadas en mi pelo, tirando suave, guiándome. Lamí, succioné, mordí con cuidado, saboreando el leve dulzor de su piel. Bajé por su vientre plano, besando cada centímetro, hasta llegar al borde de la falda.

Se la quité de un jalón, y ahí estaban de nuevo: los calzones blancos, cubriendo su monte de Venus con inocencia falsa. Reí bajito. —¿Cuáles son los calzones mata pasiones? —le dije en voz juguetona, pasando un dedo por el elástico—. ¿Estos, mi reina?

Ella abrió los ojos, riendo entre jadeos. —¡Pendejo! —me contestó, pero su voz era pura miel—. Son cómodos para el trabajo, wey. ¿Te apagan?

Al contrario —gruñí, y metí la mano por debajo, tocando su panocha ya húmeda, resbalosa como miel de maguey. El calor de ahí me quemaba los dedos, su clítoris hinchado bajo la tela. La froté en círculos lentos, sintiendo cómo sus caderas se movían al ritmo, el algodón empapándose. Olía a ella, a sexo puro, ese aroma almizclado que me volvía feral.

Sofía jadeaba más fuerte, sus uñas clavándose en mis hombros.

«Dios, Alex, no pares... neta que me tienes loca»
, pensó ella, o al menos eso imaginé por su mirada salvaje. Le bajé los calzones despacio, revelando su coño depilado, labios rosados brillando de jugos. Lo besé, lengua plana lamiendo desde el ano hasta el clítoris, saboreando su salado dulce. Ella gritó, piernas temblando, y yo metí dos dedos adentro, curvándolos para tocar ese punto que la hacía arquearse como gata en celo.

El cuarto se llenó de sonidos: sus gemidos roncos, el chapoteo de mis dedos en su humedad, mi propia respiración agitada. Sudábamos, piel contra piel resbalosa, el olor a sexo invadiendo todo. Me quitó el bóxer de un tirón, su mano envolviendo mi verga dura como fierro, palpitante. La masturbó despacio, pulgar en la cabeza sensible, untando el pre-semen que brotaba.

Te quiero adentro, cabrón —me rogó, voz quebrada.

Me posicioné entre sus piernas, rozando la punta contra su entrada. Entré de golpe, sintiendo cómo su coño me apretaba, caliente y apretado como guante de terciopelo mojado. Embestí lento al principio, saboreando cada centímetro, sus paredes contrayéndose. Ella clavó las uñas en mi espalda, dejando marcas que arderían después, gimiendo mi nombre: Alex, Alex, más duro.

Aceleré, caderas chocando con plafs rítmicos, sudor goteando de mi frente a sus tetas. El colchón crujía bajo nosotros, la cabecera golpeando la pared. Su clítoris frotándose contra mi pubis, llevándola al borde. Esto es lo que mata pasiones, wey, pero al revés, pensé, riendo por dentro mientras la follaba con todo. Sofía se corrió primero, un grito ahogado que retumbó en mi alma, su coño convulsionando, ordeñándome. El orgasmo la dejó temblando, ojos en blanco, boca abierta en éxtasis.

No aguanté más. Me salí, verga roja y brillante, y ella se arrodilló rápido, chupándomela con hambre. Su boca caliente, lengua girando alrededor de la cabeza, succionando como si fuera su tamal favorito. Eyaculé en chorros calientes, llenándole la garganta, ella tragando todo con gemido satisfecho, un poco escapando por la comisura de sus labios.

Caímos exhaustos en la cama, cuerpos enredados, piel pegajosa de sudor y fluidos. El aire olía a nosotros, a sexo crudo y amor. La besé en la frente, sintiendo su corazón latir contra mi pecho, calmándose poco a poco.

¿Ves? —le dije, acariciando su pelo revuelto—. Ni los calzones mata pasiones nos paran.

Ella rio, acurrucándose. —Neta, mi amor. Contigo, hasta unos de abuela me ponen caliente.

Nos quedamos así, en el afterglow, con el sol poniéndose afuera, tiñendo la habitación de naranja. Sabía que esto era más que sexo: era conexión, fuego que no se apagaba con nada. Mañana ella usaría otros calzones, quizás sexys, pero cuáles son los calzones mata pasiones ya no importaba. Lo nuestro ardía igual.

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