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Mi Pasión por la Educación Desnuda

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Mi Pasión por la Educación Desnuda

En la Universidad Nacional en el corazón de la Ciudad de México, donde el bullicio de los coches se colaba por las ventanas entreabiertas, yo, Ana, maestra de literatura mexicana, sentía que mi pasión por la educación ardía como un volcán a punto de erupcionar. Cada lunes a las siete de la noche, mi salón se llenaba de adultos ambiciosos, gente que trabajaba de día y soñaba con superarse por las noches. Entre ellos, destacaba Marco, un wey de treinta años, alto, con esa barba recortada que le daba un aire de intelectual pícaro, y ojos cafés que me taladraban cuando leía en voz alta un poema de Sor Juana.

El aire del salón olía a café recién hecho de la máquina del pasillo y a las páginas amarillentas de los libros viejos. Yo caminaba entre los pupitres, mi falda plisada rozando mis muslos, sintiendo el calor de sus miradas. ¿Por qué este cabrón me pone así? pensaba mientras explicaba el verso "Hombres necios que acusáis", mi voz ronca por la emoción. Marco levantaba la mano, siempre con preguntas que me obligaban a inclinarme sobre su pupitre, oliendo su colonia fresca, como a limón y madera, que me erizaba la piel.

—Maestra, ¿y esa pasión por la educación no se te contagia al cuerpo? —me soltó una vez, con una sonrisa pendeja que me hizo reír.

—Órale, Marco, neta que eres un listo. La educación es fuego, carnal, te quema si no la controlas.

Mi corazón latía fuerte, el roce de mi blusa de algodón contra mis pezones endurecidos me delataba. Esa noche, al terminar la clase, el salón se vació, pero él se quedó recogiendo sus cosas despacio, como si esperara algo.

—Profesora Ana, ¿puedo pasar a su oficina mañana? Tengo dudas sobre el ensayo.

Su voz grave me vibró en el estómago. Asentí, sintiendo un cosquilleo entre las piernas.

Esto no es profesional, Ana, pero chingado, qué rico se ve con esa camisa ajustada.

Al día siguiente, en mi oficina chiquita del tercer piso, con posters de Octavio Paz y Frida Kahlo en las paredes, el sol de la tarde entraba filtrado por las persianas, pintando rayas doradas en el piso de loseta. Marco llegó puntual, con una playera negra que marcaba sus pectorales y jeans que abrazaban sus caderas. Cerró la puerta, y el clic del seguro me aceleró el pulso.

—Siéntate, wey —le dije, señalando la silla frente a mi escritorio—. ¿Qué dudas traes?

Se acercó, su rodilla rozó la mía bajo la mesa. Hablamos del ensayo, de la pasión por la educación en los textos de Rulfo, pero sus ojos bajaban a mi escote, donde mi respiración agitada subía y bajaba mi blusa. Olía su sudor limpio, mezclado con esa colonia que ya me volvía loca. Extendí la mano para pasarle un libro, y nuestros dedos se tocaron. Electricidad. Un jadeo se me escapó.

—Maestra... Ana... neta que tu pasión me enciende —murmuró, su mano cubriendo la mía.

Me paré, rodeé el escritorio, mi falda ceñida crujiendo. Lo miré de arriba abajo, sintiendo mi humedad crecer. Esto es consensual, es mutuo, ¿verdad? Lo veo en sus ojos, en cómo se muerde el labio.

—Muéstrame qué tan apasionado eres tú por la educación, Marco.

Sus manos grandes me tomaron la cintura, me jaló hacia él. Nuestros labios chocaron, su lengua invadiendo mi boca con sabor a menta y deseo. Gemí contra su boca, mis uñas clavándose en su nuca. El beso era hambre pura, chupando, mordiendo, saliva mezclándose mientras el mundo se reducía a ese roce húmedo.

Lo empujé contra la silla, me senté a horcajadas sobre él, sintiendo su verga dura presionando contra mi entrepierna a través de la tela. Qué chingón se siente, gruesa, palpitante. Froté mis caderas, el roce me hacía jadear. Sus manos subieron por mis muslos, levantando la falda, dedos ásperos explorando mi piel suave, oliendo mi excitación que ya empapaba mis calzones.

—Quítamelos, cabrón —le ordené, voz entrecortada.

Los deslizó hacia abajo, el aire fresco besando mi coño mojado. Él se arrodilló, su aliento caliente en mi clítoris. Lamidas lentas al principio, lengua plana lamiendo mis labios hinchados, saboreando mi jugo salado. Gemí alto, mis manos en su pelo, empujándolo más profundo. Chupa, sí, así, neta que sabes. El sonido de succión, chapoteante, llenaba la oficina, mezclado con mis quejidos y el tráfico lejano.

Lo levanté, desesperada. Desabroché su cinturón, saqué su verga, venosa, cabeza roja brillando de precum. La chupé, garganta profunda, sintiendo su grosor estirarme la boca, sabor salado y almizclado. Él gruñía, caderas moviéndose, follándome la boca suave.

—Ana, me vas a hacer venir... espera.

Me paré, lo besé con mi boca aún saboreándolo a él. Quité mi blusa, sostén, mis tetas libres, pezones duros como piedras. Él las mamó, succionando fuerte, mordisqueando, enviando descargas a mi útero. Lo guié a mi escritorio, papeles volando al suelo. Me acosté, piernas abiertas, invitándolo.

—Cógeme, Marco, con toda tu pasión.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Pinche verga enorme, me llena toda. Empujó hondo, mis paredes apretándolo, jugos chorreando. Ritmo lento al inicio, piel contra piel cacheteando, sudor perlando nuestros cuerpos. Olía a sexo crudo, a feromonas mexicanas calientes. Aceleró, mis tetas rebotando, uñas arañando su espalda.

—Más fuerte, wey, rómpeme —supliqué.

Cambiamos, él de rodillas en el piso, yo encima, cabalgándolo como una amazona. Mis caderas girando, clítoris frotando su pubis, orgasmos construyéndose. Sudor goteando de su pecho al mío, salado en mi lengua cuando lo lamí. Sus manos en mis nalgas, azotando suave, el ardor sumándose al placer.

El clímax llegó como un terremoto. Sentí las contracciones, mi coño ordeñándolo, gritando su nombre. Él se tensó, verga hinchándose, corriéndose dentro, chorros calientes llenándome, desbordando. Colapsamos, jadeando, cuerpos pegajosos, corazones galopando al unísono.

Después, en el sofá viejo de la oficina, nos abrazamos, su cabeza en mi pecho. El sol se ponía, tiñendo todo de naranja. Pasamos los dedos por la piel del otro, trazando mapas de caricias suaves.

—Neta que tu pasión por la educación es contagiosa, Ana. Me hace querer aprender todo de ti.

Sonreí, besando su frente.

Esto no termina aquí, carnal. Hay mucho más que enseñarte.
Sentí paz, empoderada, deseada. La educación no era solo libros; era esto, cuerpos entrelazados, almas conectadas en la Ciudad de México que nunca duerme.

Salimos juntos esa noche, caminando por Insurgentes, el viento fresco secando nuestro sudor. Mi falda arrugada, su camisa desabotonada, pero qué importaba. Habíamos liberado la pasión, y el mundo parecía más vivo, más nuestro.

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