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Pasión Liberal SW Desbordante

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Pasión Liberal SW Desbordante

La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que hace que la piel se sienta viva, como si el aire mismo te estuviera acariciando. Yo, Ana, de treinta y cinco años, con mi falda ajustada que rozaba mis muslos cada vez que caminaba, iba tomada de la mano de Marco, mi esposo desde hace diez. Habíamos hablado mil veces de esto: la pasión liberal sw, ese mundo de intercambios y placeres compartidos que nos picaba la curiosidad como un tatuaje fresco. "¿Estás segura, mi amor?" me susurró él al oído, su aliento caliente oliendo a tequila reposado. Asentí, el corazón latiéndome como tambor en fiesta de pueblo. "Órale, carnal, vamos a ver qué onda", le respondí con una sonrisa pícara, sintiendo ya el cosquilleo entre las piernas.

Entramos al club discreto en una calle lateral, luces tenues rojas que pintaban las paredes como sangre ardiente. El aroma a incienso mezclado con sudor fresco y perfume caro me invadió las fosas nasales, haciendo que mi pulso se acelerara. Música electrónica suave retumbaba, vibrando en mi pecho. Nos sentamos en una barra de cuero negro, pedimos unos margaritas helados que saboreaban a limón y sal marina. Ahí los vimos: Karla y Diego, una pareja guapísima, ella con curvas que gritaban pecado, él con esa mirada de lobo juguetón. "¡Hola, chequen qué chidos se ven!", dijo Karla con acento chilango puro, su voz ronca como miel quemada. Nos platicamos de todo, risas fáciles, roces casuales de manos que enviaban chispas por mi espina.

¿Qué chingados estoy haciendo? Esto es una locura, pero pinche, qué rico se siente el miedo mezclado con ganas.
Marco me miró pidiendo permiso con los ojos, y yo le guiñé, sintiendo mis pezones endurecerse bajo el top de encaje. Karla se acercó más, su perfume floral invadiendo mi espacio, y me besó el cuello suave, un roce de labios que olía a gloss de cereza. "Ven, mami, vamos a bailar", murmuró. La pista era un hervidero de cuerpos, pieles brillando bajo luces estroboscópicas. Sus caderas contra las mías, el sudor salado en su piel tocando la mía, el ritmo haciendo que mi concha palpitara al compás.

Marco y Diego se unieron, cuatro sombras entrelazadas. Sentí las manos de Diego en mi cintura, fuertes pero tiernas, bajando despacio hasta mis nalgas, amasándolas como masa para tortillas. Qué mano tan firme, cabrón, pensé, mientras Marco besaba a Karla con hambre, sus lenguas danzando visible para mí. El deseo subía como fiebre, mi tanga ya empapada, el olor almizclado de mi excitación mezclándose con el de ellos. Nos movimos a una zona privada, sillones de terciopelo rojo, velas parpadeando sombras en las paredes.

"¿Todo chido? ¿Seguimos?", preguntó Diego, su voz grave vibrando en mi pecho. "Sí, güey, pero despacito, que esto es nuevo", respondí, mi voz temblorosa de anticipación. Karla se quitó el vestido, revelando tetas perfectas, pezones oscuros duros como piedras. Me acerqué, curiosa, toqué una con la yema del dedo, suave y cálida, luego lamí, saboreando sal y dulzor. Ella gimió bajito, un sonido que me erizó la piel. Marco ya tenía la verga de Diego en la mano, dura y venosa, acariciándola lento mientras Karla chupaba la de mi marido, labios rojos estirados, saliva brillando.

Dios mío, ver a Marco así, entregado, me prende más que nada. Esto es pasión liberal sw pura, compartir sin celos, solo puro fuego.
Me arrodillé frente a Diego, su verga gruesa palpitando cerca de mi cara, olor masculino intenso, a hombre sudado y listo. La tomé en la boca, lengua girando alrededor del glande, saboreando el pre-semen salado. Él gruñó, manos en mi pelo, guiándome suave. Karla se unió, nuestras lenguas chocando sobre su pija, un beso húmedo con carne de por medio. Marco nos miraba, masturbándose lento, ojos negros de lujuria.

La tensión crecía como tormenta en el desierto sonorense. Karla me recostó en el sillón, abrió mis piernas con delicadeza, su aliento caliente en mi panocha. "Qué rica estás, mojada toda", dijo, y hundió la lengua, lamiendo mi clítoris hinchado, chupando como si fuera mango maduro. Grité bajito, caderas arqueándose, el placer eléctrico subiendo por mis nervios. Marco se acercó, metió su verga en mi boca, follándome la garganta suave mientras Diego lamía mis tetas, mordisqueando pezones, dolor placentero que me hacía jadear.

Intercambiamos, fluido como río en crecida. Diego me penetró despacio, su verga abriéndome centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. ¡Pinche verga enorme, me parte en dos de gusto! Gemí fuerte, uñas clavadas en su espalda musculosa, sudor goteando de su pecho al mío, salado en mis labios. Marco cogía a Karla a perrito, sus nalgas rebotando, el slap-slap de carne contra carne resonando como aplausos en lucha libre. Ella gritaba "¡Más duro, cabrón!", y él obedecía, el cuarto lleno de olores a sexo crudo, gemidos entremezclados con la música lejana.

El clímax se acercaba, mi cuerpo temblando, concha apretando la verga de Diego como puño. "Me vengo, ¡chinguen!", aullé, olas de placer rompiéndome, jugos chorreando por mis muslos. Él se corrió dentro, caliente y espeso, llenándome mientras rugía. Marco y Karla explotaron al unísono, ella chillando, él gruñendo, semen salpicando su espalda, brillando bajo la luz.

Caímos en un montón jadeante, pieles pegajosas, respiraciones entrecortadas. Karla me besó suave, "Gracias, reina, qué chingonería". Diego abrazó a Marco, risas cansadas. Nos limpiamos con toallas suaves que olían a lavanda, el aire ahora fresco con nuestro sudor secándose.

Esto no nos rompió, nos unió más. La pasión liberal sw es como tequila: quema pero deja eufórico. Quiero más noches así.
De regreso a casa en el coche, mano de Marco en mi muslo, besos en semáforos. "Te amo, Ana, gracias por esto", murmuró. Sonreí, el cuerpo aún zumbando, sabiendo que nuestra vida acababa de volverse infinita en placeres.

Desde esa noche, la pasión liberal sw se convirtió en nuestro secreto chido, explorando con reglas claras, siempre juntos en el fuego. Cada recuerdo despierta mi piel, lista para la próxima aventura.

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