Se Entregaron a Pasiones Vergonzosas
La fiesta en la casa de Lupe estaba en su mero mole. El aire olía a tacos de suadero asándose en la parrilla del patio, mezclado con el dulzor del mezcal que corría como agua. Luces de colores parpadeaban al ritmo de la cumbia rebajada que retumbaba desde los bocinas, y la gente bailaba pegadita, sudando bajo las estrellas de esa noche calurosa en la colonia Roma. Yo, Ana, de treinta y tantos, con mi vestido negro ceñido que me hacía sentir chulada, no podía quitarle los ojos a Marco. Ese wey, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que prometía problemas, era el carnal de Lupe. Lo conocía de años, de parrandas y carnitas en la mañana, pero esa noche algo se sentía distinto. Como si el tequila me hubiera soltado la lengua y el cuerpo.
¿Por qué carajos lo miro tanto? Es el hermano de mi amiga, neta que no. Pero esa forma en que se mueve, cómo su camisa se pega a los músculos del pecho... Ay, Ana, contrólate, pendeja.Me serví otro vasito de raicilla, el ardor bajando por mi garganta como fuego líquido, y me acerqué al grupo donde él charlaba con unos cuates. "¡Órale, Ana! ¿Ya te armaste el paro con el baile?", me dijo, sus ojos cafés clavándose en los míos con una intensidad que me erizó la piel. Reí, juguetona, y le di un codazo. "Simón, pero tú ni te muevas, que te veo bien tieso, wey". La química chispeó, como chispas de un cohete. Hablamos de tonterías, de lo caro que está el aguacate, de esa vez que nos emborrachamos en Taxco, pero debajo de las risas, el aire se cargaba de algo más. Su mano rozó mi brazo al pasarme la bebida, y sentí un cosquilleo que me subió hasta el ombligo.
La noche avanzó, la gente se dispersó en rincones oscuros del jardín, besuqueándose sin vergüenza. Marco y yo terminamos sentados en unas sillas de metal bajo un árbol de jacaranda, el perfume de sus flores violetas envolviéndonos. "Sabes, Ana, siempre he pensado que eres la más rica de todas", murmuró, su voz ronca como grava. Mi corazón latió fuerte, tan tan tan, y el calor entre mis piernas se hizo notar. "¿Ah sí? ¿Y qué piensas hacer al respecto, mamón?". Se inclinó, su aliento cálido con olor a tabaco y mezcal rozando mi cuello. Nuestros labios se encontraron en un beso suave al principio, explorador, como probando el terreno. Sus labios eran firmes, sabían a sal y deseo, y cuando su lengua se coló, gemí bajito, el mundo desapareciendo.
Nos levantamos como imanes, tropezando un poco con las risas ahogadas de fondo, y entramos a la casa por la puerta de servicio. El pasillo estaba oscuro, solo iluminado por una lamparita que parpadeaba. Sus manos en mi cintura, apretando con urgencia, me guiaron a una habitación de huéspedes. Cerró la puerta con el pie, y ya estábamos pegados, besándonos como hambrientos.
Esto está mal, es el hermano de Lupe, qué va a pensar... Pero no mames, se siente tan chido, tan necesario.Le arranqué la camisa, mis uñas rasguñando su pecho lampiño, oliendo a jabón y sudor fresco. Él bajó el vestido por mis hombros, exponiendo mis tetas al aire fresco, y chupó un pezón con hambre, su lengua girando despacio, enviando descargas eléctricas directo a mi clítoris. "Eres una diosa, Ana", gruñó, mientras yo metía la mano en su pantalón, sintiendo su verga dura como piedra, palpitando en mi palma. La saqué, gruesa, venosa, la cabeza brillando de pre-semen, y la apreté, masturbándolo lento mientras él gemía contra mi piel.
Caímos en la cama deshecha, sábanas oliendo a lavanda y algo más íntimo. Me quitó las calzas de un jalón, abriéndome las piernas con manos temblorosas de excitación. Su boca bajó por mi vientre, lamiendo el sudor salado, hasta llegar a mi concha empapada. El primer roce de su lengua fue eléctrico, separando mis labios hinchados, saboreando mi jugo dulce y almizclado. "¡Ay, cabrón, qué rico!", jadeé, arqueando la espalda, mis manos enredadas en su pelo negro. Lamía con maestría, chupando mi clítoris hinchado, metiendo dos dedos gruesos que curvaba justo ahí, en el punto G, haciendo que mis caderas se movieran solas. El sonido era obsceno, chap chap, mezclado con mis gemidos y su respiración agitada. El orgasmo me golpeó como ola, mi cuerpo convulsionando, squirteando un chorrito en su boca, que él bebió con gusto.
Pero no paramos. Se entregaron a pasiones vergonzosas, como si el diablo nos hubiera poseído, ignorando el mundo afuera. Me puse encima, frotando mi concha mojada contra su verga, lubricándola con mis fluidos. "Cógeme ya, Marco, no aguanto", le supliqué, y él obedeció, empalándome de un solo empujón. ¡Dios! Llenándome hasta el fondo, estirándome deliciosamente. Cabalgaba como loca, mis tetas rebotando, el slap slap de piel contra piel resonando en la habitación. Él agarraba mi culo, azotándolo suave, "¡Qué nalgas tan firmes, pinche rica!". Sudábamos, el olor a sexo cargando el aire, nuestros jadeos sincronizados. Cambiamos, él de perrito, embistiéndome fuerte, sus bolas golpeando mi clítoris, una mano en mi pelo tirando suave, la otra pellizcando mis pezones.
Esto es pecado, pero qué pecado tan exquisito, wey. Nunca me he sentido tan viva, tan mujer.
La tensión crecía, mis paredes apretándolo, ordeñándolo. "Me vengo, Ana, ¡me vengo!", rugió, y sentí su verga hincharse, chorros calientes inundándome, empujándome al borde. Grité su nombre, el segundo orgasmo partiéndome en dos, piernas temblando, visión borrosa. Colapsamos, enredados, su peso sobre mí reconfortante, su verga aún palpitando dentro, semen goteando por mis muslos.
Después, en la quietud, solo nuestros respiros jadeantes y el lejano eco de la fiesta. Me acarició el pelo, besándome la frente. "Neta que fue lo máximo, Ana. ¿Y ahora qué?". Sonreí, trazando círculos en su pecho. "Pues lo que pinches surja, carnal. Pero no le digas a Lupe todavía, que nos mata". Reímos bajito, el afterglow envolviéndonos como manta tibia. Salimos de la habitación ya de madrugada, con las ropas arrugadas y una sonrisa culpable. La fiesta se apagaba, brasas humeando en la parrilla, pero en nosotros ardía algo nuevo, prometedor. Esa noche, se entregaron a pasiones vergonzosas, y valió cada segundo de culpa.