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Laberintos de Pasión Reparto Desnudo

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Laberintos de Pasión Reparto Desnudo

El set de Laberintos de Pasión bullía de esa energía eléctrica que solo se siente en las telenovelas mexicanas de alto voltaje. Luces calientes iluminaban el laberinto de pasillos falsos, con paredes de cartón pintadas de rojo pasión y dorados decadentes. Yo, Ana, la protagonista que todos amaban odiar, caminaba con mi vestido ceñido que apenas contenía mis curvas, sintiendo el sudor perlado en mi escote bajo las cámaras. El aire olía a maquillaje caro, café recién molido y ese toque de colonia masculina que me volvía loca.

Luis, el galán del laberintos de pasión reparto, estaba frente a mí, con su camisa entreabierta dejando ver el vello oscuro en su pecho. Sus ojos cafés me devoraban mientras el director gritaba ¡acción!. Teníamos que filmar la escena del beso robado en el laberinto del palacio, pero neta, cada vez que sus labios rozaban los míos, era como si el guion se incendiara. Su aliento cálido a menta y deseo me erizaba la piel, y mis pezones se endurecían contra la tela fina. ¿Por qué carajos este wey me pone así de mojada con solo mirarme?, pensaba mientras él me apretaba la cintura, sus dedos hundiéndose en mi carne suave.

Después del ¡corte!, el equipo aplaudió, pero Luis no me soltó de inmediato. Su mano se deslizó un segundo más por mi cadera, un roce secreto que me hizo jadear bajito.

Quiere más, lo sé. Y yo también, pendeja, pero ¿y si nos cachan? Somos el repartito estrella, no podemos armar escándalo.
Me separé con una sonrisa coqueta, sintiendo el calor entre mis muslos crecer como un fuego lento.

La noche cayó sobre los estudios en Televisa, y el laberintos de pasión reparto se juntó en una carneásita improvisada en el foro principal. Cervezas frías corrían como agua, tacos de suadero humeaban en platos desechables, y la banda tocaba cumbias rancheras que nos hacían mover las caderas. Luis se acercó con dos chelas en la mano, su sonrisa de galán de telenovela iluminada por las luces de neón.

—Órale, Ana, ¿ya te cansaste de fingir conmigo en cámara? —me dijo, su voz ronca rozándome el oído como una caricia.

Reí, sintiendo el cosquilleo en mi vientre. —Fingir, ¿tú? Neta, Luis, ese beso de hoy me dejó temblando. ¿O nomás soy yo la que siente chispas?

Nos quedamos platicando horas, recordando anécdotas del rodaje. Él confesó que desde el casting se moría por mí, que mis ojos lo volvían loco. Yo le conté de mis nervios iniciales, cómo su presencia me hacía sentir viva, deseada. El alcohol aflojaba lenguas y cuerpos; su rodilla rozaba la mía bajo la mesa, enviando ondas de calor por mis piernas. Olía a él: sudor limpio, loción de sándalo y hombre. Mi piel ardía, mis labios secos pidiendo más.

Cuando la fiesta se desbandó, él me tomó de la mano. —Ven a mi tráiler, nena. Sigamos practicando esa escena sin cámaras. Mi corazón latía como tamborazo zacatecano. Asentí, el deseo nublándome el juicio. Caminamos por los pasillos oscuros del estudio, el eco de nuestros pasos mezclándose con mi respiración agitada. Su mano grande envolviendo la mía, pulgares trazando círculos que prometían placer.

Adentro del tráiler, el aire estaba cargado de intimidad. Luces tenues, cama king size con sábanas revueltas, y su olor impregnado en todo. Me empujó suavemente contra la puerta, sus labios capturando los míos en un beso hambriento. Sabía a cerveza y urgencia, su lengua danzando con la mía, explorando, reclamando. ¡Chingado, qué bien besa este cabrón! Gime bajito mientras mis manos subían por su espalda musculosa, sintiendo los tendones tensos bajo la camisa.

Me quitó el vestido con dedos temblorosos de anticipación, exponiendo mi lencería negra de encaje. Sus ojos se oscurecieron de lujuria al ver mis senos llenos, pezones rosados endurecidos. —Eres una diosa, Ana. Mi laberinto personal. Me alzó en brazos, depositándome en la cama como si fuera frágil cristal. Sus besos bajaron por mi cuello, mordisqueando la piel sensible, dejando rastros húmedos que me hacían arquear la espalda. El roce de su barba incipiente raspaba deliciosamente, enviando chispas directo a mi centro.

Yo no me quedaba atrás. Le arranqué la camisa, besando su pecho salado, lamiendo el surco entre sus pectorales hasta su ombligo. Su verga ya dura presionaba contra los jeans, y la desabroché con ansia, liberándola. Gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo su calor aterciopelado, el pulso acelerado bajo mi palma. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi concha húmeda.

Quiero devorarlo, hacerlo mío esta noche. Que el mundo del laberintos de pasión reparto se vaya al carajo.
Me arrodillé, mi lengua trazando la punta, saboreando la gota salada de pre-semen. Lo chupé despacio, succionando, oyendo sus gemidos roncos, sus manos enredadas en mi pelo guiándome. —Sí, así, mi reina... ¡qué chingón!

Pero él me levantó, volteándome sobre la cama. Sus dedos expertas separaron mis muslos, rozando mi panocha empapada. —Estás chorreando por mí, ¿verdad? Asentí, jadeando, mientras lamía mi clítoris hinchado. Su lengua era fuego, círculos rápidos y lentos, succionando hasta que mis caderas se mecían solas. Olía a mi excitación almizclada, mezclada con su sudor. Introdujo dos dedos, curvándolos, tocando ese punto que me hacía ver estrellas. Grité su nombre, el placer acumulándose como tormenta.

No aguanté más. —Cógeme ya, Luis. Quiero sentirte adentro. Se colocó sobre mí, su cuerpo pesado y perfecto cubriéndome. La punta de su verga rozó mi entrada, lubricada y lista. Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. ¡Ay, cabrón, qué grande! Llenándome por completo, sus caderas chocando contra las mías en ritmo creciente. El sonido de piel contra piel, húmedo y obsceno, llenaba el tráiler. Sudor goteaba de su frente a mi pecho, salado en mi lengua cuando lo lamí.

Cambiábamos posiciones como en un baile salvaje: yo encima, cabalgándolo, mis senos rebotando mientras él los amasaba, pellizcando pezones. Luego de lado, su mano en mi clítoris acelerando el fuego. Cada embestida profunda me acercaba al borde, mis paredes contrayéndose alrededor de él. —Ven conmigo, Ana... déjate ir. El orgasmo me golpeó como ola gigante, mi cuerpo convulsionando, gritando su nombre mientras él se derramaba dentro, caliente y abundante, marcándome.

Nos quedamos enredados, respiraciones entrecortadas calmándose. Su cabeza en mi pecho, mi mano acariciando su cabello revuelto. El aire olía a sexo crudo, sábanas arrugadas testigos de nuestra pasión. Esto no fue solo un polvo. Fue el comienzo de nuestro propio laberinto.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, nos miramos. —Neta, Luis, ¿qué sigue para nosotros en este laberintos de pasión reparto? Sonrió, besando mi hombro. —Lo que queramos, mi amor. Sin guion. Salimos del tráiler de la mano, listos para enfrentar el set con nuestro secreto ardiente, sabiendo que cada mirada en cámara sería ahora un eco de esta noche inolvidable.

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