Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Minas de Pasión Remake Minas de Pasión Remake

Minas de Pasión Remake

6779 palabras

Minas de Pasión Remake

El sol del mediodía caía a plomo sobre las colinas de Zacatecas, tiñendo de oro las entradas a las antiguas minas. Yo, Ana, ingeniera geotécnica con botas llenas de polvo y el cabello recogido en una coleta desprolija, me detuve en la boca del túnel principal. Hacía cinco años que no pisaba este lugar, pero el olor a tierra húmeda y mineral me golpeó como un recuerdo vivo. Minas de pasión remake, pensé, recordando el viejo folletín que mi abuela leía de jovencita, una historia de amores prohibidos en las profundidades. Yo venía a hacer lo mismo: rehacer mi propia historia con él.

Marco estaba ahí, como si el tiempo no hubiera pasado. Alto, moreno, con esa barba incipiente que le daba un aire de bandido romántico y los ojos negros que siempre me habían derretido. Ahora era capataz de la mina, supervisando extracciones seguras en estas vetas de plata que seguían dando vida al pueblo. Me vio desde lejos y su sonrisa se abrió como un amanecer.

¡Órale, Ana! ¿Qué pedo, güey? ¿Volviste pa' joderme el corazón otra vez? —dijo con esa voz ronca, cargada de acento zacatecano, acercándose con pasos firmes.

Me reí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Su olor a sudor fresco y colonia barata me envolvió cuando me abrazó. Fuerte, protector. Sus manos ásperas por el trabajo rozaron mi espalda, y un calor se encendió en mi vientre.

¡Chin, Ana, no seas pendeja! Esto es un remake, pero consensual, paso a paso.

—Vine por un proyecto de remapeo —mentí a medias—. Pero también... por ver si las minas de pasión remake siguen vigentes.

Él arqueó la ceja, juguetón. —Si quieres remake, entramos. Pero agárrate, que aquí abajo la pasión no avisa.

El descenso fue lento, guiados por las lámparas de casco que proyectaban sombras danzantes en las paredes rugosas. El aire se volvía más denso, cargado de humedad y ese aroma metálico de la plata oculta. Nuestros pasos resonaban en eco, un ritmo que aceleraba mi pulso. Marco iba adelante, su camiseta pegada al cuerpo por el sudor, marcando cada músculo de su espalda. Yo no podía dejar de mirarlo, recordando cómo esas manos me habían explorado en el pasado.

Paramos en una cámara amplia, iluminada por vetas brillantes que parecían venas de fuego. Sacó una botella de agua y me la ofreció. Nuestros dedos se rozaron, y el contacto fue eléctrico. —Te extrañé, Ana. Cada pinche día en esta mina pensaba en ti, en cómo te gemías bajito cuando te besaba el cuello.

Mi piel se erizó. El calor del lugar subía, pero era el de mi cuerpo lo que ardía. Me acerqué, presionando mi pecho contra el suyo. —Yo también, Marco. Pero ahora soy yo la que manda en este remake.

Sus labios capturaron los míos en un beso hambriento, saboreando a sal y deseo. Su lengua danzó con la mía, explorando, reclamando. Gemí contra su boca, el sonido rebotando en las paredes como un secreto compartido. Sus manos bajaron a mis caderas, apretando la carne bajo los jeans ajustados. Sentí su dureza crecer contra mi muslo, dura como la roca que nos rodeaba.

¡Qué rico! Su verga ya está lista, palpitando por mí. Pero voy despacio, saboreando la tensión.

Lo empujé contra la pared, desabrochando su camisa con dedos temblorosos. Su pecho desnudo olía a hombre puro: sudor, tierra, pasión. Lamí una gota que bajaba por su pectoral, salada y adictiva. Él gruñó, —Nena, me traes loco. Sus dedos se colaron bajo mi blusa, rozando mis pezones endurecidos. Los pellizcó suave, enviando chispas directo a mi entrepierna, donde ya sentía la humedad empapando mis bragas.

Nos desvestimos mutuamente, pieza por pieza, entre risas y besos urgentes. Su piel ardía contra la mía, áspera y suave a la vez. Caímos sobre una manta que él había traído —previsor, el cabrón—. El suelo era fresco, contrastando con el fuego de nuestros cuerpos. Él besó mi cuello, bajando por el valle de mis senos. Chupó un pezón, succionando con hambre, mientras su mano se deslizaba entre mis piernas.

Estás chorreando, Ana. Qué mojada pa' mí. —susurró, metiendo dos dedos en mi concha resbaladiza. Los movió lento, curvándolos para tocar ese punto que me hacía arquear la espalda. El placer era oleadas, sonido de mi humedad chorreando, olor a sexo crudo llenando la cueva.

La intensidad creció como una veta profunda. Lo volteé, montándome sobre él. Su verga, gruesa y venosa, apuntaba al techo como una estalactita lista para romperse. La tomé en mi mano, sintiendo su pulso acelerado, caliente como lava. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. Él jadeó, —¡Pinche diosa, trágatela! La engullí, succionando con ritmo, mi lengua girando alrededor del glande. Sus caderas se movían, follando mi boca con cuidado, gemidos roncos ecoando.

Pero quería más. Me subí a horcajadas, guiando su verga a mi entrada. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiéndolo estirarme, llenarme por completo. ¡Ay, qué chingón! Tan grueso, tan mío. Empecé a moverme, cabalgándolo con furia contenida. Nuestras pieles chocaban con palmadas húmedas, sudor goteando, mezclándose. Él agarró mis nalgas, amasándolas, ayudando el ritmo. Miré sus ojos, perdidos en mí, y supe que esto era nuestro remake perfecto.

La tensión sube, el orgasmo acecha. No pares, Ana, hazlo explotar.

Cambié posiciones: él encima, embistiéndome profundo, sus bolas golpeando mi culo. Cada estocada era un trueno, mi clítoris rozando su pubis. El placer se acumulaba, coiling como una serpiente. —¡Más fuerte, Marco! ¡Cógeme como en las minas de pasión! —grité, uñas clavadas en su espalda.

Él aceleró, gruñendo mi nombre. El clímax nos golpeó juntos: yo convulsionando, mi concha apretándolo en espasmos, chorros de placer salpicando; él derramándose dentro, caliente, eterno. Gritos mezclados con ecos, cuerpos temblando en éxtasis.

Nos quedamos tendidos, jadeantes, en la penumbra. Su brazo alrededor de mi cintura, mi cabeza en su pecho, escuchando su corazón galopante calmarse. El aire olía a sexo y tierra, un perfume embriagador. Besé su piel salada, sintiendo la paz post-orgasmo.

Este remake es mejor que el original, ¿verdad? —murmuró, acariciando mi cabello.

Sonreí, trazando círculos en su abdomen. —Mil veces mejor. Y no termina aquí, amor. Las minas de pasión remake apenas empiezan.

Salimos de la mano, el sol poniente tiñendo el cielo de rojo pasión. Mi cuerpo aún vibraba, mi alma plena. En esas profundidades, habíamos minado no plata, sino un amor renovado, eterno como las vetas de la tierra mexicana.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.