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El Color de la Pasión Capítulo 95 Llamas en la Piel

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El Color de la Pasión Capítulo 95 Llamas en la Piel

María se recostó en el sillón de mimbre de la terraza, con el aire cálido de Cuernavaca envolviéndola como un abrazo pegajoso. El sol del atardecer teñía el cielo de rojos intensos, el color de la pasión, pensó, mientras encendía la tele para ver su telenovela favorita. Era el color de la pasión capítulo 95, el episodio donde Rebeca y Alonso por fin se entregaban al deseo que habían reprimido por tanto tiempo. María sintió un cosquilleo en el vientre al recordar las escenas pasadas, llenas de miradas cargadas y toques accidentales que prometían explosiones.

Tenía treinta y dos años, piel morena como el chocolate mexicano, curvas que volvían locos a los hombres en el mercado del pueblo. Llevaba un huipil ligero que se pegaba a sus pechos por el sudor, y unos shorts que dejaban ver sus muslos firmes. Hacía una semana que no veía a Javier, su amante secreto, un arquitecto chulo de la ciudad que la visitaba cuando el trabajo lo dejaba. Neta, ya me urge sentirlo, se dijo, mientras el volumen de la tele subía con los gemidos fingidos de los actores.

En la pantalla, Rebeca susurraba: "Alonso, no aguanto más esta fuego que me quema por dentro". María se mordió el labio, imaginándose en ese lugar. Su mano bajó distraída por su vientre, rozando la tela suave. El olor a jazmín del jardín se mezclaba con el aroma de su propia excitación, un perfume dulce y salado que la hacía jadear bajito. De pronto, oyó el motor de un carro acercándose por el camino de grava. Era él. Javier, con su sonrisa pícara y esos ojos negros que prometían travesuras.

¡Wey, qué oportuno! —rió ella al verlo bajar del Jeep, con camisa blanca desabotonada mostrando el pecho velludo y bronceado.

Él se acercó con paso felino, oliendo a colonia fresca y a carretera caliente. —María, mi reina, ¿me extrañaste? —dijo, inclinándose para besarla en la boca, un beso lento que sabía a menta y a promesas.

La tensión inicial era palpable, como una cuerda a punto de romperse. Habían empezado esto como un juego, pero ahora era adicción. Javier la levantó en brazos, llevándola adentro de la casa, donde el ventilador zumbaba perezoso. La sentó en la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda. —Vi que estabas viendo el color de la pasión capítulo 95 —murmuró él, quitándole el huipil con delicadeza—. ¿Te prendió?

¡Dios, sí! Su cuerpo cerca me enciende más que cualquier novela, pensó María, mientras sus dedos trazaban los músculos de su espalda.

El principio de su noche era puro fuego contenido. Javier la miró con hambre, despojándose de la camisa. Su piel brillaba bajo la luz ámbar de la lámpara, y ella inhaló profundo su olor masculino, mezcla de sudor limpio y deseo crudo. Sus manos grandes, callosas por el trabajo, acariciaron los hombros de ella, bajando despacio por sus brazos hasta las muñecas. Cada roce era electricidad, haciendo que los pezones de María se endurecieran como piedras preciosas.

Estás cañona, carnal —susurró él, besando su cuello, donde latía una vena rápida. El sonido de su respiración agitada llenaba la habitación, junto al crujir de la cama cuando ella se arqueó hacia él.

María tiró de su cinturón, ansiosa por sentirlo libre. El pantalón cayó, revelando su verga erecta, gruesa y venosa, palpitando con vida propia. Ella la tocó con la yema de los dedos, sintiendo el calor que irradiaba, como un hierro al rojo. Esto es lo que necesitaba, neta, pensó, mientras lamía la punta, saboreando la sal premonitoria de su placer.

La escalada comenzó con besos que devoraban. Javier la tumbó boca arriba, explorando su cuerpo con la lengua. Bajó por su clavícula, deteniéndose en cada pecho, chupando un pezón hasta que ella gimió alto, un sonido gutural que rebotaba en las paredes de adobe. El tacto de su barba incipiente raspaba deliciosamente su piel sensible, enviando ondas de placer directo a su centro húmedo.

¡Ay, Javier, no pares, pendejo! —jadeó ella, enredando los dedos en su pelo negro y revuelto.

Él sonrió contra su ombligo, inhalando el aroma almizclado de su panocha. Sus dedos separaron los labios hinchados, encontrándola empapada, resbaladiza como miel de maguey. Introdujo uno, luego dos, moviéndolos en círculos lentos que la hacían retorcerse. El sonido chupeteo era obsceno, erótico, mezclado con sus suspiros. María sentía cada vena de sus dedos dentro, rozando ese punto que la volvía loca, mientras su pulgar jugaba con el clítoris endurecido.

Es como si me leyera la mente, este cabrón sabe exactamente cómo hacerme volar, se dijo ella, con el corazón galopando como caballo desbocado.

La intensidad subía como la marea en Acapulco. Javier se posicionó entre sus piernas, frotando su verga contra la entrada de ella, teasing sin entrar aún. El calor de su glande contra su carne abierta era tortura exquisita. María levantó las caderas, rogando con los ojos. —Ya, mi amor, métemela toda —suplicó, voz ronca de necesidad.

Él obedeció, empujando despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándola hasta el fondo. Ambos gruñeron al unísono, el sonido animalesco vibrando en el aire cargado. Se sentía enorme dentro, llenándola por completo, cada vena pulsando contra sus paredes internas. Empezaron un ritmo lento, piel contra piel chocando con palmadas húmedas, el olor a sexo impregnando todo.

María clavó las uñas en su espalda, dejando surcos rojos que él adoraba. Sus tetas rebotaban con cada embestida, y Javier las atrapaba con la boca, mordisqueando. El sudor los unía, resbaloso y caliente, mientras ella contraía los músculos alrededor de él, ordeñándolo. Más rápido, más fuerte, pensaba, perdida en el vaivén hipnótico.

Él aceleró, el catre crujiendo en protesta, sus bolas golpeando contra su culo con cada plunge profundo. María sentía la presión construyéndose, una espiral ardiente en su bajo vientre. Gritos escapaban de su garganta: —¡Sí, así, chingame duro! —Sus piernas temblaban, envolviéndolo como tenazas.

La liberación llegó como avalancha. Primero ella, explotando en oleadas que la cegaron, su concha convulsionando alrededor de su verga, chorros de placer mojando las sábanas. Gritó su nombre, arqueándose tanto que casi se salen los huesos. Javier la siguió segundos después, gruñendo como toro, vaciándose dentro con espasmos potentes, semen caliente inundándola.

Se derrumbaron juntos, jadeantes, cuerpos entrelazados en un charco de sudor y fluidos. El afterglow era paz profunda, con el corazón de él latiendo contra su pecho. Javier besó su frente, suave, mientras el ventilador secaba sus pieles pegajosas.

Eres mi pasión, María, el color más vivo —murmuró él, acariciando su pelo húmedo.

Ella sonrió, saciada, oliendo su mezcla en el aire.

Esto es mejor que cualquier capítulo, pensó, con el cuerpo aún zumbando de ecos placenteros. Mañana vendrá el 96, pero esta noche es nuestra eternidad.

Se quedaron así, envueltos en silencio roto solo por sus respiraciones calmándose, el mundo afuera olvidado en la calidez de su unión.

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