Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Maria La Pasion de Cristo Desatada Maria La Pasion de Cristo Desatada

Maria La Pasion de Cristo Desatada

7453 palabras

Maria La Pasion de Cristo Desatada

En las calles empedradas de Taxco, durante la Semana Santa, el aire olía a copal quemado y a flores de cempasúchil marchitas. Maria caminaba con el peso de su túnica morada, la que la convertía en María Magdalena para la obra de La Pasión de Cristo. Todos la llamaban Maria la Pasión de Cristo, no solo por el papel, sino porque su belleza ardiente volvía locos a los hombres del pueblo. Sus ojos negros como la noche, labios carnosos que prometían pecados deliciosos, y un cuerpo curvilíneo que se mecía con cada paso. Pero Maria guardaba un secreto: bajo esa devoción fingida, bullía un fuego que ni las oraciones de la iglesia podían apagar.

El sol del mediodía pegaba fuerte, haciendo que el sudor resbalara por su cuello, entre sus pechos apretados por el corsé. Qué calor de la chingada, pensó, mientras ensayaba su escena de arrepentimiento a los pies de Jesús. Ahí estaba él, Alejandro, el actor que interpretaba a Cristo. Alto, moreno, con músculos tallados por años de cargar troncos en la sierra. Sus ojos verdes la perforaban cada vez que repetían los diálogos. “Perdóname, Señor”, decía ella, arrodillada, y él respondía con voz grave: “Tu fe te ha salvado”. Pero en su mente, Maria imaginaba otras salvaciones, de las que dejan la piel erizada y el corazón latiendo como tambor de fiesta.

Después del ensayo, el director los mandó a descansar. Maria se escabulló hacia el jardín trasero de la iglesia, donde las buganvillas trepaban por las paredes rosadas. Se sentó en una banca de piedra, abanicándose con la mano. El aroma de su perfume, mezclado con el sudor, flotaba pesado. De pronto, pasos. Era Alejandro, quitándose la corona de espinas falsa.

“¿Qué onda, Maria la Pasión de Cristo? ¿Ya te estás confesando sola?”, bromeó él, con esa sonrisa pícara que le hacía un hoyuelo en la mejilla.

Ella rio, un sonido ronco y sensual. “Neta, Alejandro, este calor me tiene loca. Si sigo así, voy a pecar de verdad en la obra”.

Él se acercó, sentándose a su lado. Sus rodillas se rozaron, y Maria sintió un chispazo eléctrico subir por su muslo. Órale, este wey me prende con solo mirarme. Hablaron de la obra, de cómo Taxco se llenaba de turistas con cámaras y de locales bebiendo pulque en las esquinas. Pero la conversación viró rápido. “Tú no eres como las otras Magdalenas, Maria. Tienes la pasión de Cristo en la sangre, pero de la buena, la que quema”.

El corazón de Maria latió fuerte. Extendió la mano y tocó su brazo, sintiendo los vellos erizados bajo sus dedos. “¿Y tú, Jesús? ¿No sientes lo mismo cuando me arrodillo a tus pies?”.

Acto primero del deseo: un beso robado bajo las buganvillas. Sus labios se encontraron suaves al principio, probando, como quien muerde una tuna madura. El sabor de él era salado, a sudor y a menta del chicle que masticaba. Maria gimió bajito cuando su lengua invadió su boca, explorando con hambre. Sus manos subieron por su espalda, desatando nudos invisibles de tensión. Se separaron jadeando, mirándose con ojos nublados.

“Ven conmigo esta noche, después de la procesión”, murmuró él contra su oreja, su aliento caliente haciendo que se le erizaran los vellos de la nuca.

“Sí, chulo. Pero que sea nuestro secreto”.

La procesión esa noche fue un torbellino de velas, incienso y murmullos. Maria, con su capa ondeando, caminaba detrás de Alejandro crucificado en la anda. Cada mirada que cruzaban era una promesa. El olor a cera derretida se mezclaba con el de su propia excitación, un aroma almizclado que la hacía apretar los muslos. No aguanto más, me estoy mojando aquí mismo entre la gente.

Al terminar, se escabulleron por un callejón estrecho, iluminado solo por la luna. Llegaron a la posada de Alejandro, un rincón acogedor con paredes de adobe blanco y sábanas de algodón fresco. Apenas cerraron la puerta, las bocas se devoraron de nuevo. Él la empujó contra la pared, sus manos grandes amasando sus tetas por encima de la blusa. “Qué ricas, Maria, tan firmes y suaves”, gruñó.

Ella arqueó la espalda, gimiendo. “Quítame esto, papi. Quiero sentirte en toda la piel”. Desnudarla fue un ritual lento: primero la blusa, revelando pechos morenos coronados por pezones oscuros y duros como piedras de obsidiana. Él los lamió, chupando con avidez, haciendo que ella jadeara y clavara las uñas en su nuca. El sabor de su piel era dulce, a vainilla y sal. Baja más, pensó ella, y él obedeció, despojándola de la falda y los calzones empapados.

Ahí estaba su panocha, hinchada y brillante de jugos. Alejandro se arrodilló, como en la obra, pero esta vez para adorarla de verdad. Su lengua trazó círculos en su clítoris, lamiendo con maestría. Maria gritó: “¡Ay, vergas, qué chingón! No pares, cabrón”. El sonido de su chupeteo era obsceno, húmedo, mezclado con sus gemidos ahogados. Ella olía a sexo puro, a mujer en celo, y él se embriagaba con eso. Sus dedos entraron en ella, curvándose para tocar ese punto que la hacía temblar. Tensiones internas se rompían: el conflicto entre fe y carne, devoción y lujuria. Esto es mi salvación, no la cruz.

Lo jaló del pelo, poniéndolo de pie. Le arrancó la camisa, besando su pecho ancho, lamiendo el sudor que corría por sus abdominales. Su verga saltó libre cuando bajó sus pantalones: gruesa, venosa, palpitante. “Mírala, Maria la Pasión de Cristo. Está lista para ti”, dijo él, voz ronca.

Ella se la comió con los ojos primero, luego con la boca. La succionó profunda, saboreando el precum salado, gimiendo alrededor de la carne dura. Él jadeaba, manos en su pelo: “Qué boca tan culera, nena. Me vas a hacer acabar ya”.

Escalada: la llevó a la cama, donde rodaron enredados. Ella encima, frotando su coño mojado contra su polla. “Métemela, Alejandro. Quiero sentirte romperme”. Él obedeció, embistiéndola de un golpe. El estiramiento la llenó, un dolor placer que la hizo gritar. Se movieron en ritmo, piel contra piel chapoteando, sudados y brillantes. Sus tetas rebotaban, él las pellizcaba. Olores: sexo, sudor, su perfume mezclado. Sonidos: gemidos, cama crujiendo, respiraciones entrecortadas.

Cambio de posiciones, él atrás, jalándole el pelo suave. “Eres mía esta noche, Maria”. “Sí, chíngame más fuerte, hazme tu puta santa”. El clímax se acercaba, pulsos acelerados, músculos tensos. Ella se corrió primero, un espasmo violento que la dejó temblando, chorros calientes empapando las sábanas. “¡Me vengo, cabrón!”. Él la siguió, gruñendo, llenándola con chorros calientes que goteaban por sus muslos.

Se derrumbaron, jadeando, cuerpos pegajosos. Alejandro la abrazó, besando su frente. El aire olía a ellos, a satisfacción profunda. Maria sonrió, trazando círculos en su pecho. Esto fue mejor que cualquier procesión. La verdadera pasión de Cristo está en la carne, en el placer compartido.

Al amanecer, con el canto de los gallos y el aroma a café colándose por la ventana, se despidieron con un beso largo. “Volveremos a actuar juntos, Maria la Pasión de Cristo”, dijo él guiñando.

“Cuenta con eso, Jesús mío. Pero la próxima, sin público”.

Ella salió a las calles despertando, con el cuerpo aún zumbando de placer, lista para el siguiente ensayo. En Taxco, las pasiones nunca mueren; solo se transforman en fuego eterno.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.