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Pasión de Gavilanes Capítulo 157 Fuego en la Sangre

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Pasión de Gavilanes Capítulo 157 Fuego en la Sangre

Jimena se recostó en el sillón de la hacienda, con el aire cargado del aroma a jazmín que trepaba por las paredes de adobe. La noche mexicana envolvía todo en un calor pegajoso, como si el desierto mismo respirara sobre su piel morena. Tenía el control remoto en la mano, y el televisor parpadeaba con las imágenes de Pasión de Gavilanes capítulo 157. Esa escena donde los hermanos Reyes se enfrentaban al deseo prohibido la tenía clavada en el asiento. El corazón le latía fuerte, no solo por el drama, sino por el hombre que acababa de entrar por la puerta trasera, con la camisa desabotonada y el sudor brillando en su pecho ancho.

Diego, su carnal desde hace años, pero ahora algo más, algo que ardía como tequila puro. Era alto, con esa mirada de vaquero que te deshace las rodillas, y olía a tierra mojada y a caballo después de un galope.

"¿Qué pasa, nena? ¿Otra vez con tus novelas?"
dijo él, con esa voz ronca que le erizaba la piel. Jimena sonrió, sintiendo un cosquilleo entre las piernas. Pinche Diego, siempre sabiendo cuándo hacerme agua, pensó, mientras pausaba el capítulo.

—Ven, wey, mira esto. Pasión de Gavilanes capítulo 157 está cañón. Esa tensión entre los amantes... me prende —le confesó, extendiendo la mano. Él se acercó, su cuerpo grande ocupando todo el espacio, y se sentó a su lado. El roce de su muslo contra el de ella fue eléctrico, como un relámpago en la sierra. El olor de su piel, mezcla de jabón y esfuerzo del rancho, la invadió. Jimena sintió su pezón endurecerse bajo la blusa ligera, y un calor húmedo crecer en su panocha.

Reanudaron el capítulo. En la pantalla, los personajes se miraban con ojos de fuego, sus cuerpos tensos por el deseo reprimido. Diego pasó un brazo por los hombros de Jimena, y ella se acurrucó, notando cómo su verga empezaba a endurecerse contra su cadera. Qué chido, ya está listo para mí, se dijo, mordiéndose el labio. El sonido de las respiraciones agitadas en la tele se mezclaba con el suyo propio, y el aire se llenaba de esa electricidad que precede a la tormenta.

La escena escaló: besos robados, manos explorando curvas prohibidas. Jimena no aguantó más. Giró el rostro hacia Diego, y sus labios se encontraron en un beso hambriento. Saboreó la sal de su boca, el leve toque de cerveza que había tomado antes. Sus lenguas danzaron, húmedas y urgentes, mientras sus manos subían por la espalda del otro. Esto es mejor que cualquier capítulo, pensó ella, jadeando cuando él le mordió el cuello suavemente.

—Te quiero, cabrón. Como en esa novela —murmuró Jimena, su voz temblorosa de anticipación. Diego gruñó, una vibración que le recorrió el cuerpo entero.

—Pues hagámoslo real, mi reina. Sin dramas, solo puro fuego —respondió él, levantándola en brazos como si no pesara nada. La llevó al cuarto, donde la cama king size esperaba bajo el mosquitero blanco. El suelo de loseta fría contrastaba con el calor de sus cuerpos. La tumbó con cuidado, pero sus ojos prometían rudeza deliciosa. Jimena sintió el colchón hundirse bajo su peso, y el aroma de las sábanas frescas se mezcló con el de su excitación creciente.

Empezó a desvestirla despacio, saboreando cada centímetro. Primero la blusa, revelando sus tetas firmes, coronadas por pezones oscuros y duros como piedras de obsidiana.

"Míralas, qué mamacitas"
, dijo él, lamiendo uno con la lengua plana, chupándolo hasta que ella arqueó la espalda con un gemido gutural. El sonido de su succión, húmedo y obsceno, llenó la habitación, junto al latido acelerado de su pulso en los oídos de Jimena. Olía a su saliva mezclada con el perfume de su piel, almizcle dulce.

Las manos de Diego bajaron a su falda, quitándosela de un tirón. Quedó en tanga, empapada, el encaje pegado a su concha hinchada. Él se arrodilló entre sus piernas abiertas, inhalando profundo. Oye ese olor, a mujer en celo, a miel caliente, pensó Jimena, avergonzada y excitada a la vez. Diego la miró con hambre:

—Estás chorreando por mí, ¿verdad, preciosa? —Sus dedos separaron el encaje, rozando su clítoris hinchado. Ella gritó bajito, el toque como fuego líquido. Él lamió despacio, desde el ano hasta el botón, saboreando su jugo salado y dulce. La lengua entraba y salía, follándola con maestría, mientras sus bolas pesadas rozaban el colchón. Jimena agarró su cabello negro, empujándolo más adentro, sus caderas moviéndose al ritmo. ¡Qué rico chupa, pinche experto! Los sonidos eran sucios: lamidas, succiones, sus gemidos ahogados.

Pero no quería correrse aún. Lo jaló arriba, desabrochando su pantalón. La verga saltó libre, gruesa y venosa, con la cabeza morada brillando de precum. Mi verga favorita, dura como palo de roble. La tomó en la mano, masturbándolo lento, sintiendo el pulso en la vena. Diego jadeó, su pecho subiendo y bajando rápido. Ella se la metió a la boca, chupando con avidez, la lengua girando alrededor del glande. Sabía a hombre puro, salado y viril. Él la folló la garganta suave, gimiendo "¡Qué buena mamada, nena!"

La tensión crecía como una olla a presión. Jimena lo empujó sobre la cama, montándolo a horcajadas. La punta de su verga rozó su entrada, y descendió despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Lléneme, cabrón, rómpame. Estaban unidos, piel contra piel sudada, el olor a sexo impregnando todo. Empezó a cabalgar, tetas rebotando, uñas clavadas en su pecho. Diego la agarraba las nalgas, azotándolas leve, el sonido seco resonando.

"¡Cógeme duro, Diego! ¡Como en Pasión de Gavilanes!"
gritó ella, recordando el capítulo que los había prendido.

Él volteó, poniéndola a cuatro patas. Entró de nuevo, profundo, golpeando su cervix con cada embestida. El slap-slap de carne contra carne, sus bolas chocando su clítoris, la volvían loca. Sudor goteaba de su frente al hueco de su espalda, resbaloso. Jimena sentía cada vena de su verga frotando sus paredes internas, el placer acumulándose como una ola. Ya vengo, no pares, wey. Diego aceleró, gruñendo como animal:

—¡Me vengo contigo, mi amor! —Sus dedos pellizcaron su clítoris, y explotó. Ella chilló, la concha contrayéndose en espasmos, ordeñando su leche caliente que la llenó hasta rebosar. Olas de éxtasis la sacudieron, visión borrosa, cuerpo temblando. Él se derrumbó sobre ella, besando su nuca, ambos jadeantes.

Se quedaron así, enredados, el semen goteando entre sus muslos. El aire olía a orgasmo compartido, a paz después de la guerra. Jimena giró, besándolo tierno, sintiendo su corazón contra el suyo.

—Eso fue mejor que cualquier Pasión de Gavilanes capítulo 157 —susurró, riendo suave.

—Y lo repetimos cuando quieras, mi gavilán —respondió él, acariciando su cabello. La noche los envolvió en afterglow, con promesas de más fuegos por venir. En la hacienda, bajo las estrellas mexicanas, su pasión era eterna.

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