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Pasion Por La Naturaleza Desnuda

6232 palabras

Pasion Por La Naturaleza Desnuda

El sol se colaba entre las hojas gigantes de la selva de Veracruz, pintando rayos dorados que bailaban sobre mi piel morena. Yo, Ana, siempre he tenido esa pasión por la naturaleza que me hace sentir viva, como si la tierra misma me susurrara secretos al oído. Dejé atrás el ruido de la Ciudad de México por un fin de semana en el corazón de Los Tuxtlas, con mi mochila ligera y el corazón latiendo fuerte por la aventura. El aire olía a tierra húmeda, flores silvestres y ese toque salado del Golfo no muy lejos. Caminaba por el sendero empapado de rocío, sintiendo las gotas frías resbalar por mis piernas desnudas bajo los shorts cortitos.

De repente, lo vi. Diego, un wey alto y fornido, con la piel bronceada por años bajo el sol veracruzano, cargando su equipo de excursionista. Sus ojos negros me escanearon de arriba abajo, y una sonrisa pícara se le dibujó en la cara. Chingón, pensé, neta que parecía sacado de una fantasía selvática.

¿Y este moreno qué pedo? Se ve que sabe moverse por aquí como pez en el agua.

"¿Vas sola, chula?", me dijo con esa voz grave que vibraba en el pecho. "Esta selva es traicionera, pero hermosa como tú". Reí, sintiendo un cosquilleo en la nuca. Compartimos el sendero, platicando de nuestra pasión por la naturaleza. Él era guía local, conocía cada rincón: las cascadas escondidas, los árboles milenarios que olían a musgo y vida. Yo le conté cómo el ajetreo citadino me ahogaba, y cómo aquí, entre raíces y hojas, respiraba de verdad.

El calor subía, y el sudor nos pegaba la ropa al cuerpo. Sus músculos se marcaban bajo la camiseta mojada, y yo no podía evitar mirarle las manos grandes, callosas, perfectas para explorar. Llegamos a un claro con un río cristalino, donde el agua cantaba chocando contra las rocas lisas. "Vamos a meternos", propuso él, quitándose la camisa sin pena. Su torso desnudo brillaba, pectorales firmes y un vientre marcado que me hizo tragar saliva.

Me quité la blusa, quedando en bra topless y shorts. El agua fría me golpeó como un latigazo delicioso, erizándome la piel. Nadamos cerca, rozándonos accidentalmente al principio. Su pierna contra la mía, suave pero fuerte. Olía a hombre mezclado con selva: sudor fresco, tierra y un toque de colonia barata que lo hacía más real, más mexicano.

Acto uno cerrado, pensé mientras salíamos, cuerpos goteando bajo el sol filtrado.

Nos sentamos en una roca plana, secándonos con el viento. La tensión crecía como la niebla matutina. Hablamos de todo: de cómo la naturaleza nos ponía cachondos, de esa conexión primal. "Neta, wey, aquí uno se siente libre, como si pudieras follar con el mundo entero", soltó él riendo. Yo me acerqué, mi muslo tocando el suyo. Calor. El pulso se me aceleró, el corazón retumbando en los oídos como tambores huicholes.

¿Y si lo beso? ¿Y si dejo que esta pasión por la naturaleza nos lleve más allá?

Sus dedos rozaron mi brazo, trazando un camino de fuego hasta mi hombro. "Estás cañona, Ana", murmuró, su aliento caliente en mi oreja. Lo miré, ojos en llamas. Nuestros labios se encontraron en un beso lento, saboreando el agua dulce del río y el salado de su piel. Lenguas danzando, manos explorando. Le quité los shorts, liberando su verga dura, gruesa, latiendo contra mi palma. Qué chingadera tan rica, pensé, oliendo su aroma almizclado de excitación.

El medio acto se encendía. Me recostó sobre la roca tibia, besándome el cuello, lamiendo gotas de sudor que sabían a sal y deseo. Sus manos grandes amasaron mis tetas, pezones duros como piedras de río bajo sus pulgares. Gemí bajito, el sonido perdido en el coro de monos y pájaros. Bajó, besando mi vientre, mordisqueando suave hasta mis shorts. Los deslizó, exponiendo mi concha húmeda, hinchada de ganas.

"Déjame probarte, reina", dijo con voz ronca. Su lengua caliente se hundió en mí, lamiendo clítoris con maestría. Saboreaba mis jugos, chupando como si fuera el néctar de una flor tropical. Arqueé la espalda, uñas clavadas en su cabello negro revuelto. El olor a sexo se mezclaba con el de la selva: tierra mojada, hojas fermentadas, nuestro sudor. "¡Ay, cabrón, qué rico!", grité, piernas temblando.

Lo volteé, queriendo mi turno. Su verga en mi boca, salada y venosa, la chupé profundo, garganta relajada por la adrenalina. Él jadeaba, "¡Pinche morra, me vas a matar!". Manos en mi cabeza, guiando sin forzar, puro instinto mutuo. La naturaleza nos envolvía: viento susurrando en las copas, río rugiendo cerca, sol calentando nuestras pieles unidas.

La intensidad subía. Internalmente luchaba: Esto es puro, consensual, empoderador. Somos adultos libres en este paraíso. Me monté en él, concha tragando su polla centímetro a centímetro. Llenura exquisita, estirándome delicioso. Cabalgaba lento al principio, sintiendo cada vena rozar mis paredes. Sus manos en mis caderas, guiando el ritmo. "¡Fóllame más fuerte, Diego!", exigí, tomando control.

El clímax se acercaba como tormenta. Cambiamos: él encima, embistiendo profundo, bolas golpeando mi culo. Sudor goteando de su frente a mi pecho, mezclándose. Gemidos salvajes, míos agudos como guacamayas, suyos graves como truenos. Olía a nosotros: sexo crudo, tierra, flores aplastadas bajo cuerpos. "¡Me vengo, chula!", rugió. Yo exploté primero, concha contrayéndose en espasmos, jugos chorreando. Él se derramó dentro, caliente, llenándome hasta rebosar.

Colapsamos, jadeantes, cuerpos entrelazados en la roca. El afterglow era perfecto: sol calentando pieles pegajosas, río susurrando aprobación, aves cantando victoria. Su mano acariciaba mi cabello, besos suaves en la frente.

Esta pasión por la naturaleza no es solo selva afuera; vive en nosotros, en este momento eterno.

"Neta que fue chingón, Ana. Vuelve cuando quieras, carnala". Reí, sintiéndome plena, empoderada. La selva nos había unido en su abrazo verde, y yo me llevaba ese fuego interno, listo para más aventuras. Caminamos de regreso, manos entrelazadas, el eco de nuestros cuerpos resonando en cada hoja.

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