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Si Por Tu Pasion Dolorosa

7198 palabras

Si Por Tu Pasion Dolorosa

En el corazón de Polanco, donde las luces de la ciudad parpadean como estrellas caídas, yo esperaba en el balcón de mi departamento. El aire nocturno traía el aroma a jazmín de los jardines abajo y un leve toque de tacos al pastor de la taquería de la esquina. Mi piel erizada por la brisa fresca, vestida solo con una camisola de seda negra que rozaba mis pezones endurecidos. Hacía semanas que no veía a Marco, mi amante, ese wey que me volvía loca con su mirada penetrante y sus manos ásperas de mecánico. Pero esta noche, neta, lo necesitaba como el oxígeno.

La puerta se abrió con un chasquido suave, y ahí estaba él, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que prometía travesuras. Olía a colonia barata mezclada con sudor fresco, un perfume que me hacía mojarme al instante. "Órale, mi reina", murmuró, acercándose con pasos lentos, sus ojos devorándome de arriba abajo. Mi corazón latía como tambor en fiesta, ¡pum-pum! contra mis costillas.

Si por tu pasión dolorosa me entrego, que duela hasta el alma, pensé, recordando esa frase que me obsesionaba, como un mantra de deseo prohibido.

Me tomó de la cintura, sus dedos hundiéndose en mi carne suave, y me besó con hambre, su lengua invadiendo mi boca como un conquistador. Sabía a cerveza fría y a menta, un contraste que me erizaba el vello de la nuca. Mis manos subieron por su pecho firme, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa ajustada. "Te extrañé, pendejo", le susurré al oído, mordisqueando su lóbulo. Él rio bajito, un sonido ronco que vibró en mi pecho.

Acto uno: la chispa. Nos movimos al interior, la sala iluminada por velas que proyectaban sombras danzantes en las paredes blancas. Él me empujó contra el sofá de piel, suave y cálido contra mi espalda. Sus manos exploraban, subiendo por mis muslos, rozando el encaje de mis panties ya empapadas. "Estás chingona de mojada", gruñó, su aliento caliente en mi cuello. Yo arqueé la espalda, gimiendo suave, el roce de sus callos en mi piel sensible enviando chispas de placer.

Pero no era solo toque; era la tensión, el juego. Le pedí que me atara las muñecas con su corbata de seda roja, un capricho que sabíamos manejar. "Si por tu pasión dolorosa", le dije mirándolo fijo, "hazme tuya con todo". Sus ojos brillaron, oscuros como el chocolate amargo que tanto me gustaba.

El medio acto empezó con lentitud agonizante. Marco me desató la camisola, exponiendo mis senos al aire fresco. Sus labios capturaron un pezón, chupando fuerte, un tirón que dolía delicioso, como un latigazo de fuego. ¡Ay, cabrón! Grité bajito, el dolor mezclándose con oleadas de placer que bajaban directo a mi entrepierna. Olía a su excitación, ese almizcle masculino que me volvía loca, y el mío propio, dulce y salado.

Me volteó boca abajo, mi mejilla contra el cuero del sofá, fresco y pegajoso por el sudor incipiente. Sus manos masajearon mis nalgas, amasándolas con fuerza, dedos hundiéndose hasta dejar marcas rojas. "¿Quieres que duela, mi amor?", preguntó, su voz un ronroneo grave. "Simón, pendejo, hazme sufrir rico", respondí, el pulso acelerado en mis oídos como un mariachi enloquecido.

El primer azote cayó, ¡clap! seco y ardiente en mi nalga derecha. El sonido rebotó en la habitación, seguido de mi jadeo agudo. Dolía, neta dolía como demonios, pero el calor se expandía, convirtiéndose en un río de lava que fluía entre mis piernas. Otro azote, y otro, alternando lados, su palma abierta dejando un escozor que me hacía retorcer. Cada impacto era un estallido sensorial: el aire silbando antes del golpe, la piel enrojecida palpitando, el olor a sexo cargando el ambiente.

Si por tu pasión dolorosa, que me queme entera, que me rompa para reconstruirme en tus brazos.

Marco se arrodilló detrás de mí, su lengua trazando la curva de mi espinazo, bajando hasta mi coño hinchado. Lamía con avidez, saboreando mis jugos, su barba raspando mis muslos internos en deliciosa aspereza. Gemí alto, "¡Chíngame con la lengua, wey!", mis caderas moviéndose solas contra su boca. Él introdujo dos dedos, curvándolos adentro, tocando ese punto que me hacía ver estrellas. El sonido era obsceno: chup-chup húmedo, mis fluidos goteando por sus nudillos.

La intensidad subía. Me levantó, cargándome como a una pluma hasta la cama king size, sábanas de algodón egipcio frías contra mi piel ardiente. Me tendió de espaldas, abriendo mis piernas con sus rodillas musculosas. Su verga, dura como hierro, rozaba mi entrada, gruesa y venosa, palpitando contra mis labios hinchados. "Mírame", ordenó, y lo hice, perdiéndome en sus ojos café intenso.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome hasta el límite. Dolía, esa quemadura inicial de plenitud, pero era mi dolor elegido, el que me hacía suya. "Si por tu pasión dolorosa", jadeé mientras él empujaba más profundo, "te doy todo mi cuerpo". Nuestros cuerpos chocaban con ritmo creciente: piel contra piel, sudor perlando frentes, el olor a sexo saturando el cuarto como incienso prohibido.

Él mordió mi hombro, dientes hundiéndose lo justo para marcar sin romper piel, un pinchazo agudo que me catapultó al borde. Mis uñas arañaron su espalda, dejando surcos rojos que él adoraba. "¡Más fuerte, cabrón!", supliqué, y él obedeció, embistiendo con fuerza animal, la cama crujiendo en protesta. Sentía cada vena de su polla frotando mis paredes internas, el glande golpeando mi cervix en explosiones de placer-dolor.

El clímax se acercaba como tormenta en el desierto. Mis músculos se contraían alrededor de él, ordeñándolo, mientras mi clítoris palpitaba contra su pubis áspero. Gritos salían de mi garganta, "¡Me vengo, Marco, me vengo chingón!", y exploté, olas y olas de éxtasis sacudiendo mi cuerpo, jugos salpicando entre nosotros. Él gruñó profundo, "¡Tuya soy!", y se derramó dentro, chorros calientes llenándome hasta rebosar, su peso colapsando sobre mí en dulce rendición.

Acto final: el resplandor. Yacíamos enredados, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Su semen goteaba lento de mí, tibio en mis muslos, mezclado con mi propia esencia. Besos suaves ahora, lenguas perezosas explorando bocas hinchadas. El cuarto olía a nosotros, a pasión consumada, con un fondo de velas apagándose.

Marco trazó con un dedo las marcas en mis nalgas, rojas pero orgullosas. "¿Dolió rico?", preguntó con ternura. Sonreí, acurrucándome en su pecho velludo, escuchando su corazón volver a normal. "Si por tu pasión dolorosa, lo haría mil veces", murmuré, sabiendo que este dolor era nuestro lazo, nuestro secreto ardiente.

La ciudad zumbaba afuera, pero aquí, en este nido de sábanas revueltas, éramos reyes y reinas de nuestro propio reino erótico. Mañana volvería el mundo, pero esta noche, el eco de su pasión dolorosa resonaba en mi alma, prometiendo más.

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