Hazlo Con Pasión O Cambia De Profesión
El calor de la cocina del restaurante en Polanco me envolvía como un abrazo sofocante. Javier, el chef estrella que todos admiraban, pero que por dentro se sentía como un pinche robot programado para cortar cebollas y saltear carnes. El aroma a chiles tostados y cilantro fresco flotaba en el aire, pero ya no me excitaba. Hacía años que la pasión se había esfumado, reemplazada por la rutina de turnos eternos y clientes mamones. Esa noche, después del cierre, entró ella: Sofia, la nueva sous-chef que el dueño había contratado de Guadalajara. Morena, con curvas que se marcaban bajo su chaqueta blanca ajustada, ojos cafés que brillaban como mole poblano y una sonrisa que prometía problemas.
¿Qué chingados hace esta güey aquí tan tarde? pensé mientras la veía colgar su bolso y atarse el mandil. Llevaba el cabello recogido en una coleta alta, mechones sueltos pegándose a su cuello sudoroso por el bochorno de la ciudad.
—Jefe, ¿me das chance de probar esa receta tuya del mole negro? Dicen que es de otro mundo —dijo con esa voz ronca, jalando las erres como buena tapatía.
Asentí, sin mucho ánimo. Le pasé los ingredientes: chocolate amargo, chiles secos, ajo. Empezamos a moler en el metate, el sonido rítmico del pistón contra la piedra llenando el silencio. Sus manos rozaron las mías accidentalmente, y sentí un cosquilleo que no esperaba. Su piel era suave, cálida, oliendo a vainilla y algo más... ¿deseo?
—Mira, Javier, si no lo haces con pasión, mejor cambia de profesión —me soltó de repente, clavándome la mirada mientras revolvía el molcajete—. La cocina es como el amor, carnal. Si no le pones alma, se siente falso.
Sus palabras me pegaron como un chile habanero. Me quedé mirándola, el corazón latiéndome más fuerte que el vapor de las ollas. ¿Esta pendeja me está retando?
El ambiente se cargó de tensión. El relój marcaba la una de la mañana, la ciudad afuera zumbaba con cláxones lejanos, pero aquí dentro solo existíamos nosotros, el fuego del fogón crepitando y el sudor perlándonos la frente.
Pasamos al siguiente paso: sofreír las especias. Me acerqué por detrás para guiar su mano en la sartén, mi pecho rozando su espalda. Ella no se movió, al contrario, se arqueó un poquito. Sentí su culo firme contra mi entrepierna, y mi verga empezó a despertar, endureciéndose contra el pantalón. El olor a comino y canela se mezclaba con su perfume, un dulzor que me mareaba.
—Así, Sofia, con fuerza pero suave —le murmuré al oído, mi aliento caliente en su oreja.
Se giró despacio, sus tetas rozando mi torso. Nuestras miradas se engancharon.
—Hazlo con pasión o cambia de profesión, Javier. Incluyéndome a mí.Sus labios carnosos se curvaron en una sonrisa pícara.
No pude más. La besé con hambre, como si fuera el último bocado de mi vida. Sus labios sabían a chile y miel, su lengua danzando con la mía en un duelo ardiente. Gemí contra su boca, mis manos bajando a su cintura, apretando esa carne suave. Ella respondió con uñas clavándose en mi nuca, tirando de mi cabello.
La levanté sobre la mesa de acero inoxidable, fría contra su piel caliente cuando le arranqué la chaqueta. Sus pechos saltaron libres, pezones oscuros endurecidos como chocolate rallado. Los lamí, succionando uno mientras pellizcaba el otro. Sofia jadeaba, ay, cabrón, sus caderas moviéndose contra mí, frotando su calor húmedo a través de la tela.
—Quítate eso, güey —gruñó, jalando mi pantalón. Mi verga salió libre, gruesa y palpitante, con una gota de precum brillando en la punta. Ella la tomó en su mano, masturbándome lento, el roce áspero de su palma enviando chispas por mi espina.
Deslicé mi mano bajo su falda, encontrando su panocha empapada, sin calzón. ¡Qué chingona! Metí dos dedos, curvándolos contra su punto G, mientras mi pulgar masajeaba su clítoris hinchado. Sofia arqueó la espalda, sus gemidos rebotando en las paredes de azulejos: ¡Sí, así, pinche chef! El jugo de su excitación chorreaba por mi mano, oliendo a almizcle y deseo puro.
La tensión crecía como el caldo hirviendo. Nos quitamos el resto de la ropa entre besos y risas ahogadas. Su piel morena brillaba bajo las luces fluorescentes, sudor resbalando por sus curvas. Yo era puro músculo tenso, mi polla latiendo con necesidad. La puse de rodillas en el piso fresco, y ella me miró desde abajo con ojos lujuriosos.
—Dame esa verga, Javier —pidió, lamiendo la cabeza como si fuera un elote untado en salsa.
La chupó con pasión, tragándosela hasta la garganta, saliva goteando por su barbilla. El sonido húmedo, slurp slurp, me volvía loco. Agarré su cabeza, follando su boca suave y profunda. Esto es pasión, carajo, pensé, el placer subiendo como espuma en una olla.
Pero quería más. La alcé de nuevo, esta vez contra la pared. Sus piernas se enredaron en mi cintura, y la penetré de un solo empujón. ¡Joder! Su concha era un horno apretado, caliente y resbaloso, envolviéndome como masa perfecta. Empecé a bombear, lento al principio, sintiendo cada vena de mi verga rozar sus paredes internas. El slap slap de carne contra carne se mezclaba con nuestros jadeos, el vapor del fogón empañando el aire.
—Más fuerte, hazlo con pasión —gimió ella, mordiendo mi hombro. Aceleré, clavándome hasta el fondo, sus tetas rebotando con cada estocada. Sudábamos como en un temazcal, el olor a sexo crudo impregnando todo. Sus uñas arañaban mi espalda, dejando surcos rojos que ardían delicioso.
La volteé, poniéndola a cuatro patas sobre la mesa. Su culo redondo me invitaba, y lo abrí para ver su ano fruncido y la panocha chorreante. Le escupí en la entrada y volví a entrar, esta vez desde atrás, más profundo. ¡Ay, Diosito! gritó, empujando contra mí. Mis bolas golpeaban su clítoris, y ella se retorcía, masturbándose furiosamente.
El clímax se acercaba como tormenta en el desierto. Sentía su concha contrayéndose, ordeñándome. No aguanto más. La giré de nuevo, cara a cara, para ver su rostro extasiado. Nuestros cuerpos se movían en sincronía perfecta, como una receta maestra.
—¡Me vengo, Sofia! —rugí, y ella apretó las piernas.
—¡Dentro, lléname! —explotó ella primero, su orgasmo convulsionándola, jugos salpicando mis muslos.
Me corrí como volcán, chorros calientes inundándola, mi verga pulsando dentro de su calor. Gemimos juntos, el mundo reduciéndose a ese éxtasis compartido. Colapsamos sobre la mesa, jadeantes, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos.
Minutos después, recostados en el piso fresco, con el mole olvidado enfriándose, ella trazó círculos en mi pecho.
—Ves, Javier? Hazlo con pasión o cambia de profesión. Pero ahora... ya no quieres cambiar, ¿verdad?
Sonreí, besando su frente salada. El aroma a especias y sexo nos envolvía como una cobija. Por primera vez en años, la cocina se sentía viva, y yo con ella. Mañana abriría el restaurante con fuego nuevo en las venas. Sofia era mi ingrediente secreto, y esto apenas empezaba.