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Pasión Prohibida Capítulos Completos

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Pasión Prohibida Capítulos Completos

Me llamo Ana, tengo treinta y dos años y vivo en un departamento chido en la colonia Condesa de la Ciudad de México. Mi vida era tranqui hasta que llegó él, Javier, el carnal de mi marido Carlos. Carlos siempre está de viaje por su jale en la empresa, dejando la casa vacía y mi cuerpo con un hambre que no se sacia con series ni con gym. Javier, con sus ojos cafés intensos y esa sonrisa pícara que me hace temblar las rodillas, empezó a aparecer más seguido. "Es que Carlos me pidió que te echara la mano con unas cosas", decía, pero yo sentía que había algo más, una pasión prohibida que nos jalaba como imán.

Era una tarde de viernes, el sol se colaba por las cortinas de lino, pintando rayas doradas en el piso de madera. Olía a café recién molido y a las flores de mi balcón, jazmines que perfumaban el aire cálido. Javier llegó con una caja de herramientas, sudado de la calle, su camisa blanca pegada al pecho musculoso. "Qué onda, cuñada", me saludó con ese tono juguetón, y yo, en mi short de yoga y blusa holgada, sentí un cosquilleo en la piel. Le ofrecí un vaso de agua con hielo, y al pasárselo, nuestros dedos se rozaron. Fue eléctrico, como si un rayo me recorriera la espina dorsal. Lo miré a los ojos y vi el deseo reflejado, crudo y honesto.

¿Qué chingados estoy haciendo? Es el hermano de mi marido, pendeja. Pero su olor, ese aroma a hombre mezclado con colonia barata y sudor fresco, me enloquece. Quiero probarlo, sentirlo dentro de mí.

Nos sentamos en la sala, platicando de tonterías: el tráfico de Insurgentes, las carnitas del mercado que tanto nos gustan. Pero el aire se cargaba de tensión, como antes de una tormenta. Él se acercó para arreglar una lámpara que parpadeaba, y su brazo rozó mi muslo. Me mordí el labio, el corazón latiéndome como tambor en las costillas. "Ana, ¿estás bien? Te ves... inquieta", murmuró, su aliento cálido en mi cuello. Asentí, pero mi cuerpo gritaba lo contrario. Esa noche, sola en la cama, reviví el momento, mis manos bajando por mi vientre, imaginando las suyas. La pasión prohibida había empezado su primer capítulo.

Los días siguientes fueron un martirio delicioso. Javier mandaba mensajes: "¿Necesitas que pase? Carlos me dijo que te ayude con la plomería". Yo respondía sí, siempre sí. La segunda vez que vino, llovía a cántaros, el trueno retumbando como mi pulso acelerado. Entró empapado, el agua chorreando de su pelo negro, pegando la ropa a su cuerpo atlético. Lo sequé con una toalla, mis manos temblando al tocar su pecho firme, los músculos contraídos bajo mis palmas. Olía a lluvia y a deseo puro. "Ana, no puedo más", confesó, su voz ronca. Lo jalé hacia mí, nuestros labios chocando en un beso salvaje, lenguas danzando con urgencia, saboreando el salado de la piel mojada.

Sus manos expertas me despojaron de la blusa, exponiendo mis senos al aire fresco. Gemí cuando sus labios los capturaron, succionando los pezones endurecidos, enviando ondas de placer hasta mi centro. "Eres tan rica, cuñada", gruñó, mordisqueando suave. Bajó por mi abdomen, besando cada centímetro, hasta llegar a mis pantalones. Los deslizó con lentitud tortuosa, inhalando mi aroma almizclado de excitación. Yo ardía, la piel erizada, el sonido de la lluvia amplificando mis jadeos. Me abrió las piernas, su lengua explorando mi intimidad húmeda, lamiendo con maestría, círculos perfectos en mi clítoris. "¡Ay, Javier, no pares!", supliqué, mis caderas moviéndose solas contra su boca. El orgasmo me golpeó como ola, mi cuerpo convulsionando, saboreando el éxtasis en cada fibra.

Esto es el segundo capítulo de nuestra pasión prohibida capítulos completos en mi mente. Cada encuentro un paso más profundo, más adictivo. ¿Y si Carlos se entera? Que se joda, esto es mío.

Pero no nos detuvimos ahí. La tensión crecía con cada visita. Una noche, Carlos llamó desde Monterrey: "Llego en dos días, mi amor". Colgué y le mandé un whatsapp a Javier: "Ven ya". Llegó en minutos, la urgencia en sus ojos igual a la mía. Nos devoramos en la entrada, ropa volando por los aires, el piso frío contra mi espalda. Su verga dura presionaba mi muslo, gruesa y palpitante. La tomé en mi mano, acariciándola, sintiendo las venas hinchadas, el calor irradiando. "Te quiero adentro, carnal", le susurré al oído, guiándolo a mi entrada resbaladiza.

Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome por completo. El estiramiento delicioso me arrancó un grito ahogado. Nos movimos en ritmo perfecto, piel contra piel sudorosa, el slap-slap de nuestros cuerpos resonando en la habitación. Olía a sexo crudo, a feromonas y a nuestro sudor mezclado. Sus embestidas profundas tocaban mi punto G, cada una construyendo la presión en mi vientre. Me volteó, poniéndome a cuatro patas, y volvió a penetrarme, sus manos amasando mis nalgas, un dedo juguetón en mi ano para más placer. "Eres mi puta prohibida", jadeó, y yo respondí con un "Sí, fóllame más duro". El clímax nos alcanzó juntos, mi coño contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo mientras eyaculaba caliente dentro de mí, ondas de placer infinito.

Nos quedamos tendidos, jadeantes, su cabeza en mi pecho, el latido de su corazón sincronizado con el mío. El aroma de nuestros fluidos flotaba en el aire, íntimo y embriagador. "Esto no puede acabar, Ana", murmuró, besando mi piel salada. Yo acaricié su cabello, sabiendo que era verdad. Carlos llegó al día siguiente, ajeno a todo, pero en mis ojos Javier veía el secreto compartido.

Semanas después, en una cena familiar, nos miramos de reojo, la pasión prohibida capítulos completos grabados en nuestras almas. Tocábamos disimuladamente bajo la mesa, promesas silenciosas de más noches robadas. El conflicto interno me carcomía: lealtad a Carlos versus este fuego que me hacía viva. Pero en los brazos de Javier, encontraba paz, empoderamiento en cada caricia mutua. Elegimos el riesgo porque el deseo era más fuerte.

Una última vez, en mi balcón bajo las estrellas, el viento nocturno refrescando nuestra piel desnuda. Me penetró de pie, mis piernas enroscadas en su cintura, la ciudad rugiendo abajo. Gemidos ahogados en besos, el orgasmo final sellando nuestro pacto. Ahora, miro atrás y sonrío: nuestra historia, pasión prohibida capítulos completos, es mía para siempre, un capítulo eterno de placer consentido y amorío ardiente.

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