Porque Aquí Están Los Que Cantan Con Pasión
Entré a la cantina de la colonia Roma con el calor de la noche pegándome en la piel como un amante impaciente. El aire estaba cargado de humo de cigarro y ese olor dulzón a tequila reposado que te envuelve como un abrazo. Las luces tenues parpadeaban sobre las mesas de madera astillada, y el bullicio de las risas y los vasos chocando me hizo sentir viva, neta, como si la ciudad misma me estuviera llamando a soltarme. Llevaba un vestido negro ajustado que me hacía sentir mamacita, con el escote justo para que los ojos se detuvieran un segundo de más.
Me senté en la barra, pedí un paloma con hielo bien cargado de squirt, y ahí lo vi. Sobre el pequeño escenario improvisado, un wey alto, moreno, con camisa de botones abiertos dejando ver el pecho tatuado con un águila devorando una serpiente. Su voz ronca llenó el lugar cuando agarró el micrófono: "¡Porque aquí están los que cantan con pasión!" gritó, y la gente aplaudió como locos. Era el lema del lugar, pintado en neón detrás de él, pero en su boca sonaba como una promesa sucia, como si estuviera dedicándomela a mí.
Yo lo miré fijo, sintiendo un cosquilleo en el estómago que bajaba directo al sur. Sus ojos negros se cruzaron con los míos mientras cantaba un ranchero viejo de José Alfredo Jiménez, pero con un twist que lo hacía sonar como un gemido. El sudor le perlaba la frente, corría por su cuello y se perdía en el vello oscuro de su pecho. Órale, qué hombre, pensé, mordiéndome el labio. Mi piel se erizó con cada nota grave, imaginando esa voz susurrándome al oído cosas que no se dicen en público.
¿Y si me acerco después? ¿Y si dejo que me invite un trago? Neta, Ana, ya estás grandecita para coquetear sin remordimientos.
La canción terminó en un aplauso ensordecedor. Bajó del escenario, secándose la cara con una servilleta, y caminó directo hacia la barra. Se paró a mi lado, oliendo a colonia barata mezclada con hombre sudado, ese aroma que te hace cerrar los ojos y ay, Dios.
—Qué buena noche para cantar, ¿no, preciosa? —dijo con una sonrisa chueca que me derritió las rodillas.
—Sí, wey, y tú lo haces con una pasión que quema —le contesté, girándome en el taburete para que viera bien mis curvas.
Se llamaba Marco, cantinero de día y cantante de noche en esa misma cantina. Charlamos de rancheras, de cómo la música te pone la piel de gallina y el corazón a mil. Sus manos grandes gesticulaban, rozando de vez en cuando mi brazo, enviando chispas por mi espina. Pedimos otra ronda, y con cada sorbo el aire entre nosotros se cargaba más, como antes de una tormenta. Sentía mi pulso acelerado en las sienes, el calor subiendo por mis muslos, y su mirada bajando a mis labios cada dos por tres.
—Ven, te dedico la siguiente —me dijo, jalándome suave de la mano hacia una mesa más apartada.
Me senté pegadita a él, nuestras piernas tocándose bajo la mesa. Cantó El Rey, pero mirándome fijo, como si las palabras fueran para mí sola. "Yo sé bien que estoy afuera del mundo... pero mientras el mundo esté allá afuera, yo soy el rey". Su voz vibraba en mi pecho, y yo apreté los muslos, sintiendo la humedad crecer entre mis piernas. El roce de su rodilla contra la mía era eléctrico, deliberado. Cuando terminó, el lugar explotó, pero nosotros ya estábamos en nuestro propio mundo.
—¿Quieres salir a tomar aire? —susurró, su aliento cálido en mi oreja.
—Sí, pero no aire nomás —le respondí, riendo bajito.
Salimos a la calle empedrada, el ruido de la cantina quedando atrás. Caminamos hasta su depa a dos cuadras, un loft chiquito en un edificio viejo con vistas a los luces de la ciudad. Apenas cerramos la puerta, sus labios cayeron sobre los míos. Beso hambriento, lenguas enredándose con sabor a tequila y limón. Sus manos grandes me apretaron la cintura, subiendo por mi espalda, desabrochando el vestido con dedos hábiles. Caí de rodillas en la alfombra raída, oliendo a él por todos lados: sudor fresco, jabón y deseo puro.
Esto es lo que necesitaba, un hombre que canta con el alma y folla con el cuerpo. No hay vuelta atrás.
Lo desvestí lento, besando su pecho tatuado, lamiendo el sudor salado que sabía a victoria. Su verga ya estaba dura, palpitando contra mis labios cuando la saqué de los jeans. La tomé en la boca, sintiendo su grosor llenándome, su gemido ronco como la canción que acababa de cantar. "¡Ay, cabrona, qué rica!" gruñó, enredando los dedos en mi pelo. Chupé despacio, saboreando la piel suave y el precum salado, mis manos masajeando sus huevos pesados.
Me levantó como si no pesara nada, llevándome a la cama deshecha. Me tiró sobre las sábanas frescas, oliendo a lavanda barata. Se hundió entre mis piernas, lamiendo mi clítoris con la misma pasión que ponía en el micrófono. Su lengua era fuego, círculos rápidos y lentos, chupando mis labios hinchados. Gemí alto, arqueando la espalda, mis uñas clavándose en sus hombros. "¡Más, pendejo, no pares!" le rogué, y él obedeció, metiendo dos dedos gruesos que me follaban mientras su boca no soltaba.
El orgasmo me pegó como un rayo, mi cuerpo temblando, jugos chorreando por sus dedos. Grité su nombre, oliendo mi propio aroma almizclado mezclado con el suyo. No me dio chance de respirar; se puso encima, su verga rozando mi entrada húmeda. "¿Quieres que te coja, reina?" preguntó, ojos negros clavados en los míos.
—Sí, cógeme duro, como cantas —jadeé, envolviendo mis piernas en su cintura.
Entró de un empujón, llenándome hasta el fondo. Su grosor me estiraba delicioso, cada vena palpitando contra mis paredes. Empezó a bombear lento, profundo, sus caderas chocando contra las mías con un plaf húmedo. El sudor nos unía, piel resbaladiza, pechos aplastados. Aceleró, follándome fuerte, sus bolas golpeando mi culo. Yo lo arañaba, mordía su hombro, sintiendo cada embestida en el útero.
—¡Eres una diosa, Ana! ¡Qué coño tan rico! —gruñía, su voz quebrada por el placer.
Cambié de posición, montándolo como amazona. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones duros como piedras. Reboté sobre él, mi clítoris frotándose contra su pubis, el olor de sexo impregnando la habitación. Sus ojos devorándome, yo sintiéndome poderosa, la reina de esa noche. El segundo orgasmo vino en olas, contrayendo mi coño alrededor de su verga, ordeñándolo.
Él se volteó, poniéndome a cuatro patas. Me jaló el pelo suave, embistiéndome desde atrás como animal. El espejo del clóset nos mostraba: mi culo en alto, sus músculos tensos, el sudor volando. "¡Me vengo, carajo!" rugió, y sentí su leche caliente llenándome, chorro tras chorro, mientras yo explotaba otra vez, piernas temblando.
Caímos exhaustos, enredados en las sábanas empapadas. Su pecho subía y bajaba contra mi espalda, su brazo rodeándome posesivo. El silencio era roto solo por nuestras respiraciones jadeantes y el lejano tráfico de la Roma. Olía a nosotros, a sexo crudo y satisfecho, a pasión que no se apaga fácil.
Porque aquí están los que cantan con pasión, y follan con el alma. Mañana quién sabe, pero esta noche fue perfecta.
Me besó la nuca, suave. —Quédate, preciosa.
Me quedé, sintiendo su calor envolviéndome, el corazón latiendo en paz. La ciudad afuera seguía su ritmo, pero yo había encontrado mi canción, mi pasión, en esa cantina donde todo empezó.