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Pasión Capítulo 76 Fuego en las Venas

6250 palabras

Pasión Capítulo 76 Fuego en las Venas

El sol de Puerto Vallarta caía como una caricia ardiente sobre mi piel morena mientras bajaba del taxi. El aire salado del mar me llenaba los pulmones, mezclado con ese olor a coco y flores tropicales que siempre me ponía calenturienta. Habían pasado tres semanas desde la última vez que vi a Diego, y neta, mi cuerpo lo extrañaba como si fuera un vicio. Pasión capítulo 76, pensé, sonriendo para mis adentros. Nuestra historia era como una novela interminable, cada encuentro un capítulo más intenso que el anterior.

La casa de playa que rentamos era un paraíso chido: paredes blancas, hamacas colgando en el porche y el rumor constante de las olas rompiendo en la arena. Diego salió a recibirme, descalzo, con unos shorts holgados que dejaban ver sus piernas fuertes y tatuadas. Sus ojos cafés me devoraron de arriba abajo, deteniéndose en mis shorts cortitos y la blusa escotada que apenas contenía mis tetas.

Pinche Diego, siempre sabe cómo mirarme para que se me erice la piel.

"¡Mamacita!" gritó con esa voz ronca que me hace temblar. Me levantó en brazos como si no pesara nada, y su boca se estrelló contra la mía. Sabía a tequila y sal, un beso hambriento que me dejó jadeando. Sus manos bajaron a mi culo, apretándolo con fuerza mientras yo enredaba mis dedos en su pelo revuelto.

"Te extrañé verga, Ana", murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible. "Neta, no aguanto más sin ti."

Lo empujé adentro de la casa, riendo. "Pues aquí estoy, carnal. ¿Qué vas a hacer conmigo?" Mi voz salió juguetona, pero por dentro ardía. El calor entre mis piernas ya era insoportable, esa humedad traicionera que me hacía restregarme contra él.

Nos dejamos caer en el sofá de mimbre, con vistas al mar. El sol poniente pintaba todo de naranja y rosa, como si el cielo supiera que íbamos a follar como animales. Empezamos lento, besándonos con lengua, explorando bocas como si fuera la primera vez. Sus manos subieron por mis muslos, rozando el borde de mis panties, y yo gemí bajito cuando sus dedos encontraron mi clítoris hinchado.

"Estás empapada, wey", dijo riendo, con esa sonrisa pícara que me desarma. "¿Tanto me querías?"

"Cállate y tócame", respondí, arqueando la espalda. El roce de sus dedos era eléctrico, círculos lentos que me hacían apretar los dientes para no gritar. Olía a su sudor fresco, a hombre, mezclado con el mío, ese aroma almizclado de excitación que llena el aire.

Acto uno: la tensión inicial. Nos conocimos hace dos años en una fiesta en Guadalajara, bailando cumbia hasta el amanecer. Desde entonces, cada capítulo de pasión ha sido más loco. Esta vez, el conflicto era simple: el trabajo nos había separado, pero ahora, solos en esta playa, nada nos detenía. Le quité la playera, admirando su pecho ancho, los músculos que se contraían bajo mi tacto. Pasé la lengua por sus pezones, saboreando la sal de su piel, mientras él gruñía y me jalaba el pelo con ternura.

El medio acto empezó a escalar cuando me cargó a la recámara. La cama king size nos esperaba, sábanas blancas revueltas y ventiladores girando perezosamente. Me tiró sobre el colchón y se quitó los shorts, liberando su verga dura, gruesa, venosa. La miré con hambre, lamiéndome los labios. "Ven acá, pendejo", le dije, abriendo las piernas.

Pero no fue directo. Diego es maestro en el build-up. Se arrodilló entre mis muslos, besando mi ombligo, bajando despacio. Sentí su aliento caliente en mi panocha antes de que su lengua la tocara. ¡Qué chido! Lamidas largas, chupando mi clítoris como si fuera un dulce, metiendo dos dedos que curvaba justo en mi punto G. Mis caderas se movían solas, el sonido de mis jugos y sus succiones llenaba la habitación. Gemía su nombre, "¡Diego, sí, cabrón!", mientras el placer subía como una ola.

Esto es lo que necesitaba, su boca devorándome, haciendo que mi cuerpo tiemble como hoja.

Lo jalé hacia arriba, queriendo más. Nuestros cuerpos se unieron en un roce sudoroso, piel contra piel. Sentí su peso delicioso sobre mí, su verga rozando mi entrada húmeda. "Te quiero adentro, ya", supliqué, clavando las uñas en su espalda. Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome hasta el fondo. El placer era tan intenso que vi estrellas, su grosor llenándome por completo.

Empezamos a movernos, ritmo lento al principio, sintiendo cada embestida. El slap-slap de carne contra carne, nuestros jadeos mezclados con el viento del mar. Aceleramos, él me cogía fuerte, yo lo arañaba, mordía su hombro. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como reina, mis tetas rebotando mientras giraba las caderas. Sus manos en mi cintura, guiándome, "¡Así, Ana, qué rico tu culo!"

El clímax se acercaba. Sudor goteando, olores intensos: sexo puro, mar, nosotros. Mi corazón latía como tambor, pulsos acelerados en el cuello. "Me vengo, Diego", grité, y exploté, contrayéndome alrededor de él en oleadas que me dejaron temblando. Él siguió unos segundos más, gruñendo, hasta que se corrió dentro, caliente, profundo, marcándome.

Acto final: el afterglow. Nos quedamos pegados, respiraciones calmándose, cuerpos laxos. El sol ya se había metido, la luna iluminaba la playa plateada. Diego me besó la frente, "Eres mi todo, neta". Yo sonreí, trazando patrones en su pecho con el dedo.

Pasión capítulo 76 completado. ¿Qué vendrá en el 77? Solo sé que con él, cada página arde.

Nos duchamos juntos después, agua tibia cayendo sobre nosotros, jabón resbalando por curvas y músculos. En la cocina, preparamos tacos con mariscos frescos, riendo de tonterías, pero con esa mirada que promete más rondas. La noche terminó en la hamaca, envueltos en una manta, escuchando las olas. Mi cuerpo zumbaba de satisfacción, el alma plena. Esto era nosotros: pasión infinita, consentida, empoderadora. En México, el amor se vive así, con fuego en las venas.

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