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La Pasion Carnal Segun San Mateo Pasolini

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La Pasion Carnal Segun San Mateo Pasolini

Tú entras a la sala oscura de la Cineteca Nacional en el Centro Histórico, el aire cargado con ese olor a palomitas rancias y humedad de película vieja. La pantalla cobra vida con La Pasion Segun San Mateo Pasolini, las imágenes crudas y poéticas de aquel Cristo itinerante interpretado por Enrique Irazoqui, su rostro sereno pero atormentado, como si cargara el peso de todos los deseos humanos. Te sientas en una butaca gastada, el terciopelo raspando contra tus jeans ajustados, y sientes un cosquilleo en la nuca, no solo por el fresco del aire acondicionado, sino porque alguien se acomoda dos asientos a tu lado.

Es él. Mateo. Lo notas de reojo: alto, moreno, con una barba incipiente que le da un aire profético, ojos negros que brillan con la luz parpadeante de la proyección. Lleva una playera negra sencilla, jeans rotos en las rodillas, y huele a colonia barata mezclada con tabaco, un aroma que te revuelve el estómago de esa manera buena, la que te hace apretar los muslos. La película avanza, las voces en italiano gutural, la música de Bach elevándose como un lamento erótico. Tú sientes el pulso en tus venas, imaginando las manos de ese Cristo tocando piel, no cruz, explorando curvas prohibidas.

¿Y si la pasión no es solo sufrimiento, sino puro fuego carnal?
piensas, mientras tu mirada se cruza con la de él por primera vez.

La cinta termina en aplausos tibios, la gente se levanta murmurando sobre la genialidad de Pasolini. Tú te demoras, recogiendo tu chamarra, y él se acerca, su voz grave con acento chilango puro. "Órale, wey, qué chingona la peli, ¿no? Esa pasión de San Mateo, neta que te calienta la sangre", dice, sonriendo con dientes blancos y un poco torcidos, lo que lo hace más real, más tuyo. Te llama la atención cómo pronuncia "pasión", estirando la ese como si saboreara miel.

Conversan en el lobby, bajo las luces neón que pintan sus rostros de rojo y azul. Se llama Mateo, irónicamente, estudia cine en la UNAM, obsesionado con Pasolini y sus visiones blasfemas. Tú le cuentas que viniste sola, buscando algo que te sacara de la rutina de tu curro en una galería de Polanco, donde vendes arte que nadie entiende. Me encanta cómo me mira, como si ya supiera mis secretos, sientes en el pecho un calor que baja hasta tu vientre. Él propone ir por un café a un cafecito cercano en la calle de Donceles, y tú aceptas, el corazón latiéndote como tambor de son huasteco.

En el café, mesas de madera astillada, vapor de chocolate caliente subiendo en espirales, sus rodillas se rozan bajo la mesa. Hablan de la película: cómo Pasolini transforma el evangelio en algo terrenal, sudoroso, con cuerpos que duelen de anhelo. "Imagínate, carnal, esa pasión no era solo espiritual. San Mateo la cuenta cruda, como si Jesús sintiera el deseo en las entrañas", dice él, su mano rozando la tuya al pasar el azúcar. Tú sientes la electricidad subir por tu brazo, pezones endureciéndose contra el bra de encaje.

Neta, quiero que me toque ya
, admites en silencio, mordiéndote el labio.

La plática fluye, risas por anécdotas de festivales locos, miradas que duran segundos de más. Él paga la cuenta, su brazo fuerte alrededor de tu cintura guiándote a la calle, donde la noche mexicana huele a tacos de suadero y escape de coches. "¿Vienes a mi depa? Vivo cerca, en la Roma, tengo la peli en DVD. Podemos verla... o lo que pinte", propone con voz ronca. Tú asientes, empapada ya entre las piernas, el roce de su cadera contra la tuya enviando chispas.

El departamento es un desmadre chido: posters de Tarkovsky y Almodóvar, libros apilados, un colchón king en el piso cubierto de sábanas revueltas. Pone la película en un proyector viejo, la habitación se oscurece, solo el brillo de la pantalla y su silueta a tu lado. Se sientan en el colchón, tan cerca que sientes su calor corporal, el olor a su piel salada. La pasión de San Mateo se desata en la pantalla: traición, sudor, cuerpos flagelados. Sus dedos rozan tu muslo, subiendo despacio, y tú no lo detienes, al contrario, abres las piernas un poco.

"Dime si quieres parar, morra", murmura él contra tu oreja, aliento caliente oliendo a café y deseo. "No pares, Mateo. Quiero sentir esa pasión tuya, según tu San Mateo", respondes, volteando para besarlo. Sus labios son suaves pero urgentes, lengua invadiendo tu boca con sabor a canela de churro que comieron de camino. Manos everywhere: las tuyas en su pecho velludo, sintiendo el corazón galopando; las suyas desabotonando tu blusa, liberando tus chichis grandes y firmes, pezones duros como piedras de obsidiana.

La película sigue de fondo, gemidos de la multitud en Jerusalén mezclándose con los tuyos cuando él te chupa el cuello, bajando a mamar tus tetas, lengua girando alrededor de los pezones, tirando suave con los dientes. Su boca es fuego, me derrite, piensas, arqueándote, uñas clavándose en su espalda. Le quitas la playera, besas su torso moreno, bajando hasta el ombligo, desabrochando su cinturón con dientes. Su verga salta libre, gruesa, venosa, goteando precum que lameas con la lengua, salado y amargo como mar Muerto. "¡No mames, qué rico chupas, wey!", gime él, manos en tu pelo guiándote sin forzar.

Te tumba de espaldas, jeans volando al piso, tanga empapada hecha trizas. Él se hincó entre tus piernas, inhalando profundo tu aroma almizclado de excitación. "Estás chingona mojada, hueles a pura panocha en calor", dice, y su lengua ataca tu clítoris, lamiendo lento al principio, círculos que te hacen jadear, luego chupando fuerte, dos dedos entrando en tu coño apretado, curvándose contra tu punto G. Sientes las olas subiendo, caderas moviéndose solas, el colchón crujiendo, la película llegando al clímax de la crucifixión mientras tú gritas "¡Sí, cabrón, no pares!". Te corres primero, jugos inundando su boca, cuerpo temblando como hoja en tormenta.

Pero no para ahí. Te voltea boca abajo, nalga en alto, besando tu espalda sudada, lengua trazando la columna hasta tu culo redondo. Entras de nuevo en calor cuando sientes su verga rozando tu entrada, gruesa cabecera pidiendo permiso. "¿Quieres que te coja, mi pasión? Dime", pregunta, voz quebrada. "Sí, métemela toda, hazme tuya como en esa película de Pasolini", suplicas, empujando contra él. Entra despacio, centímetro a centímetro, estirándote delicioso, llenándote hasta el fondo. Gimes con cada embestida, sus huevos chocando contra tu clítoris, manos apretando tus caderas, piel contra piel slap-slap resonando más fuerte que la banda sonora de Bach.

Cambian posiciones: tú encima, cabalgándolo como amazona, chichis rebotando, uñas en su pecho dejando marcas rojas. Él te agarra el culo, guiando el ritmo, mirándote a los ojos.

Esta es nuestra pasión según San Mateo, pura, carnal, sin culpas
, sientes en el alma. El sudor gotea, mezclándose, olores a sexo crudo llenando la habitación. Acelera, tú aprietas con las paredes vaginales, y él ruge "¡Me vengo, carajo!", llenándote de leche caliente, pulsos que sientes dentro, mientras tú explotas de nuevo, visión borrosa, grito ahogado en su boca.

Caen exhaustos, entrelazados, película terminada en loop silencioso. Su pecho sube y baja bajo tu mejilla, corazón calmándose, piel pegajosa de sudor y fluidos. Besos suaves post-orgasmo, risas cansadas. "Neta, fuiste mi San Mateo, mi Pasolini personal", murmura él, acariciando tu pelo. Tú sonríes, satisfecha, el cuerpo pesado de placer, alma en paz. La noche se extiende, promesas de más pasiones, mientras el amanecer pinta la ventana de rosa. Esta pasión no acaba en cruz, sino en abrazos eternos.

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