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El Evangelio de la Pasión

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El Evangelio de la Pasión

En el corazón de Oaxaca, donde las calles empedradas huelen a mole y jazmín fresco, encontré ese libro viejo en el desván de mi abuela. Se llamaba Evangelio de la Pasión, con una tapa de cuero gastada que olía a tierra húmeda y secretos guardados por generaciones. Lo abrí esa tarde de domingo, mientras el sol se colaba por las rendijas como dedos calientes. Las páginas amarillentas hablaban de un amor prohibido, de cuerpos que se rendían al fuego divino, no al de la iglesia, sino al que quema la piel desde adentro. Leí un párrafo y sentí un cosquilleo entre las piernas, como si las palabras se metieran en mí, avivando un hambre que llevaba años dormida.

Yo, María, de veintiocho años, con mi falda huipil que rozaba mis muslos morenos cada vez que caminaba, siempre había sido la buena nieta, la que ayudaba en la iglesia los domingos. Pero ese libro me despertó. Neta, ¿por qué no? pensé, mientras mis dedos recorrían las líneas que describían lenguas explorando curvas sagradas. Afuera, el bullicio de la feria de la Virgen de la Soledad empezaba: cohetes estallando como orgasmos lejanos, risas de chavos y olor a elotes asados. Ahí lo vi a él, a Diego, el wey que me traía loca desde la prepa. Alto, con esa barba incipiente que picaba rico cuando nos rozábamos por accidente, y unos ojos negros que prometían pecado.

—Órale, María, ¿ya te armaste de valor pa' subirte al carrusel? —me dijo con esa sonrisa pícara, acercándose con una cerveza en la mano. Su voz grave me vibró en el pecho, y el sudor en su camisa blanca pegada al torso me hizo imaginar cómo sabría su piel salada.

Nos sentamos en una banca bajo los faroles que empezaban a encenderse. Hablamos de todo y nada: del pinche tráfico en la ciudad donde él trabajaba como carpintero, de mis clases de baile folklórico. Pero yo no podía sacarme el libro de la cabeza.

En el Evangelio de la Pasión, la heroína encuentra al amante en una fiesta así, y sus cuerpos se unen como ofrenda al dios del deseo.
Se lo conté a medias, riéndome nerviosa.

—Es como un evangelio chido, pero de pasiones carnales. Habla de entregarse sin culpas, de que el placer es bendición.

Diego me miró fijo, su mano rozando la mía accidentalmente. El toque fue eléctrico, como chispas en mi vientre. ¿Y si lo invito a leerlo conmigo? pensé, el corazón latiéndome a mil.

La noche avanzaba con mariachis tocando "Cielito Lindo" a lo lejos, y el aire cargado de humo de fuegos artificiales y feromonas. Caminamos por un callejón estrecho, lejos del gentío, hacia mi casa. Cada paso hacía que mi falda se subiera un poquito, rozando mis nalgas, y sentía sus ojos devorándome. Llegamos al patio trasero, iluminado por la luna llena que pintaba todo de plata. Olía a bugambilias y a tierra mojada por la llovizna de la tarde.

—Muéstrame ese evangelio tuyo —murmuró él, su aliento cálido en mi oreja. Lo saqué del bolso, temblando un poco. Nos sentamos en el banco de madera, tan cerca que sus muslos duros presionaban los míos. Le leí en voz alta un pasaje, mi voz ronca: "Sus lenguas danzaban como serpientes en el Edén, probando el fruto prohibido que goteaba miel ardiente." Diego tragó saliva, su mano subiendo por mi brazo, dejando un rastro de fuego.

Lo miré, y ahí estaba la invitación en sus ojos. Esto es consensual, puro fuego mutuo, me dije. Lo besé primero, mis labios suaves contra los suyos ásperos, sabor a cerveza y hombre. Él respondió con hambre, su lengua invadiendo mi boca como en el libro, explorando, chupando, haciendo que gemiera bajito. Sus manos grandes me apretaron la cintura, subiendo hasta mis pechos, amasándolos sobre la blusa. Sentí mis pezones endurecerse, punzando delicioso contra la tela.

—Eres una diosa, María —jadeó, bajando la cabeza para morder mi cuello. El mordisco suave me hizo arquear la espalda, un gemido escapando de mi garganta. Olía a su colonia barata mezclada con sudor masculino, embriagador. Le quité la camisa, mis uñas arañando su pecho velludo, bajando hasta el botón de sus jeans. Él hizo lo mismo, desatando mi huipil con dedos torpes de pura urgencia. Mis tetas saltaron libres, pesadas y oscuras bajo la luna, y él las devoró con la boca, lamiendo un pezón mientras pellizcaba el otro. ¡Ay, cabrón, qué rico! pensé, mis caderas moviéndose solas contra su pierna.

Nos recostamos en el zacate fresco, el rocío humedeciendo mi espalda desnuda. Diego se quitó los pantalones, y ahí estaba su verga tiesa, gruesa y venosa, palpitando al aire. La tomé en mi mano, piel suave sobre hierro, y la apreté, sintiendo el pulso acelerado. Él gruñó, un sonido animal que me mojó entera. Bajé la cabeza, oliendo su aroma almizclado, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando la gota salada que brotaba. Como el néctar del evangelio, recordé, chupándola hondo, mi lengua girando alrededor del glande hinchado.

—No aguanto más, wey —dijo él, volteándome con gentileza pero firmeza. Me abrió las piernas, sus dedos encontrando mi panocha empapada, resbaladiza de jugos. Rozó mi clítoris hinchado, círculos lentos que me hicieron jadear, el placer subiendo en olas. Sí, así, despacito, suplicaba en mi mente. Metió dos dedos adentro, curvándolos para tocar ese punto que me volvía loca, mientras su boca volvía a mis tetas. El sonido de mis fluidos chorreando era obsceno, excitante, mezclado con nuestros jadeos y el crujir de las hojas bajo nosotros.

Levantó mi cadera, posicionándose. Lo miré a los ojos: Entra, amor, es nuestro evangelio. Empujó despacio, su verga abriéndome centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. Grité de placer, mis paredes apretándolo como guante. Empezó a moverse, lento al principio, cada embestida rozando mi interior, enviando chispas por mi espina. Aceleró, sus bolas golpeando mi culo, sudor goteando de su frente a mi piel. Yo clavaba las uñas en su espalda, arañándolo, marcándolo como mío. Más fuerte, pendejo, dame todo, gemía yo, y él obedecía, follando con pasión salvaje pero tierna.

El clímax se acercaba como tormenta. Sentí el orgasmo construyéndose, un nudo apretado en mi vientre que explotó en oleadas, mi panocha contrayéndose alrededor de su verga, lecheándome entera. Grité su nombre, el mundo disolviéndose en estrellas. Él siguió unos segundos más, gruñendo, hasta que se corrió dentro de mí, chorros calientes inundándome, su cuerpo temblando sobre el mío.

Nos quedamos así, enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El aire nocturno nos enfriaba la piel pegajosa, oliendo a sexo y jazmín. Diego me besó la frente, suave.

—Ese fue nuestro evangelio de la pasión, ¿verdad?

Sonreí, acariciando su mejilla barbada. Sí, y apenas empieza, pensé. En ese momento, bajo la luna oaxaqueña, supe que el verdadero evangelio no estaba en las páginas amarillentas, sino en nuestros cuerpos unidos, en esa entrega total que nos hacía libres. La feria seguía allá lejos, pero nuestro mundo era perfecto, completo.

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