Pasión Cap 41 La Llama que Quema
La noche en la Ciudad de México se sentía eléctrica, como si el aire mismo supiera que algo grande estaba por pasar. Yo, Ana, una chava de veintiocho años que trabaja en una agencia de publicidad en Polanco, me miré en el espejo del baño mientras me ponía el vestido rojo ceñido que tanto le gustaba a Marco. Órale, qué chula sales, me dije a mí misma, pasando las manos por mis curvas. El olor a mi perfume de jazmín flotaba en el baño, dulce y provocador, mezclándose con el vapor de la regadera que acababa de usar. Hacía meses que no nos veíamos así de tranquilos, sin prisas ni pretextos. Él venía de un viaje de negocios en Guadalajara, y yo había planeado esta cena perfecta en mi depa de la Condesa.
El timbre sonó puntual, y mi corazón dio un brinco. Abrí la puerta y ahí estaba Marco, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que me deshace las rodillas. Llevaba una camisa blanca arremangada, dejando ver sus antebrazos fuertes, y un ramo de flores silvestres en la mano. "¡Ey, mi reina! ¿Me extrañaste?" dijo con esa voz ronca que me eriza la piel, jalándome hacia él para darme un beso que ya olía a promesas.
Entramos a la cocina, donde la mesa estaba puesta con velas y unos tacos de arrachera que pedí de ese taquero famoso de la esquina. El aroma a carne asada y cilantro fresco llenaba el aire, y el tequila reposado que saqué del bar brillaba en los vasos. Nos sentamos cerca, nuestras rodillas rozándose bajo la mesa. Hablamos de todo y nada: de su viaje, de mis proyectos locos en la chamba, pero entre líneas se notaba la tensión. Cada vez que sus ojos se clavaban en mis labios, sentía un calor subiendo por mi vientre. Esto es pasión cap 41, pensé, recordando cómo habíamos contado nuestros encuentros como capítulos de una novela ardiente que solo nosotros escribíamos. El primero fue en una fiesta hace años, un beso robado en el balcón; este, el cuarenta y uno, prometía ser el más intenso.
¿Cuántas veces más vamos a quemarnos juntos, Marco? Neta, no me canso de ti.
La plática fluyó con risas y coqueteos. "Eres una pendeja por hacerme esperar tanto, Ana", bromeó él, sirviéndome más tequila. Le di un pellizco juguetón en el muslo, y su mano se quedó ahí, subiendo despacito por mi pierna. El toque era eléctrico, como chispas en la piel. Sentí mi respiración acelerarse, el pulso latiendo fuerte en mi cuello. Terminamos la cena rápido, como si supiéramos que lo importante venía después.
Nos movimos al sillón de la sala, con la música de Natalia Lafourcade sonando bajito de fondo, esa rola romántica que dice te quiero con el alma. Se recargó en mí, su aliento cálido en mi oreja. "Ven pa'cá, mi amor", murmuró, y sus labios rozaron mi cuello. Olía a su colonia fresca, a hombre, a deseo puro. Empecé a desabotonar su camisa, sintiendo el calor de su pecho bajo mis dedos. Era firme, suave, con ese vello que me encanta rascar. Él deslizó el vestido por mis hombros, exponiendo mi piel al aire fresco de la noche que entraba por la ventana abierta.
Nos besamos con hambre, lenguas enredándose, saboreando el tequila y el picor de la salsa en su boca. Mis manos bajaron a su pantalón, sintiendo lo duro que ya estaba. Qué verga tan rica tiene este wey, pensé, mientras él gemía bajito contra mi boca. Me levantó en brazos como si no pesara nada y me llevó al cuarto, tirándome suave sobre la cama king size. La sábana de algodón egipcio se sentía fría contra mi espalda desnuda, contrastando con el fuego que él avivaba.
Aquí empezó lo bueno, el medio de nuestra historia. Marco se quitó la ropa despacio, provocándome con cada movimiento. Lo miré de arriba abajo, admirando su cuerpo atlético, forjado en el gym y las canchas de fut. Se subió a la cama y empezó a besar mi cuerpo entero: cuello, chichis, ombligo. Su lengua trazaba círculos en mis pezones, chupándolos hasta que arqueé la espalda, gimiendo. "¡Ay, cabrón, qué rico!" solté, agarrando su pelo. El sonido de nuestros jadeos llenaba la habitación, mezclado con el tráfico lejano de la avenida.
Él bajó más, besando mi vientre, mis muslos internos. Sentí su aliento caliente cerca de mi panocha, ya mojada de anticipación. No aguanto más, pensé, mientras separaba las piernas. Su lengua tocó mi clítoris, suave al principio, luego más fuerte, lamiendo como si fuera el mejor postre del mundo. El placer era intenso, oleadas que me hacían temblar. Olía a sexo, a mi excitación mezclada con su sudor. Metió un dedo, luego dos, moviéndolos adentro y afuera mientras chupaba. Grité su nombre, "¡Marco, sí, así!", mis caderas moviéndose solas contra su boca.
Pero no quería acabar todavía. Lo jalé hacia arriba, volteándolo para ponerme encima. Ahora yo mando. Le quité el bóxer y tomé su verga en la mano, dura como piedra, palpitante. La lamí de abajo arriba, saboreando la sal de su piel, metiéndomela hasta la garganta. Él gruñó, "¡Puta madre, Ana, me vas a matar!", sus manos en mi cabeza guiándome. El sabor era adictivo, masculino, y el sonido de su placer me ponía más caliente.
Nos dimos la vuelta varias veces, explorándonos como si fuera la primera. Él me penetró despacio al principio, llenándome por completo. Sentí cada centímetro estirándome, el roce perfecto. Empezamos lento, mirándonos a los ojos, sudando juntos. Esto es amor y pasión pura, cap 41 de nuestra locura. Luego aceleramos, embestidas fuertes, piel contra piel chocando con palmadas húmedas. El olor a sexo era espeso, el cuarto olía a nosotros. Grité cuando sentí el orgasmo acercándose, mis uñas clavadas en su espalda. Él también estaba al borde, "¡Me vengo, mi reina!".
Explotamos juntos, mi cuerpo convulsionando alrededor de él, chorros de placer que me dejaron temblando. Él se derramó dentro, caliente, profundo. Nos quedamos quietos, jadeando, abrazados. El afterglow fue mágico: su peso sobre mí protector, nuestros corazones latiendo al unísono. Besos suaves, caricias perezosas. Neta, este wey es mi todo.
Después, nos duchamos juntos, el agua caliente lavando el sudor pero no el recuerdo. En la cama, envueltos en las sábanas revueltas, hablamos del futuro. "¿Cuándo es cap 42?", preguntó él riendo. Yo sonreí, besándolo. Pronto, mi amor, pronto. La noche terminó con nosotros dormidos, la luna de la Condesa testigo de nuestra llama eterna.