Jesus Crucificado La Pasion Desnuda
El sol de la tarde caía a plomo sobre el atrio de la iglesia en ese pueblo de Jalisco durante la Semana Santa. El aire olía a incienso quemado, a sudor fresco de los penitentes y a las flores de bugambilia que trepaban por las paredes de adobe. Yo soy Ana, pensé mientras ajustaba mi rebozo negro, interpretando a la Magdalena en la obra de Jesus crucificado la pasion. Mi corazón latía con fuerza no solo por el drama de la representación, sino por Javier, mi amante, que colgaba del madero improvisado como el Cristo, su cuerpo moreno y musculoso tenso bajo la túnica raída.
Desde el ensayo, había sentido esa chispa. Sus ojos cafés me perforaban cada vez que gritaba "Padre, perdónalos", y yo respondía arrodillada a sus pies, "Mi señor, no me abandones". Neta, cada roce accidental de su piel contra la mía me erizaba la piel. El público aplaudía, pero yo solo quería arrastrarlo a un rincón y arrancarle esa corona de espinas falsa para besarlo hasta que sangráramos de deseo. Él me guiñó un ojo disimulado cuando lo bajaron del cruz, y supe que la noche sería nuestra pasion privada.
Después de las felicitaciones y los abrazos de la comunidad, nos escabullimos hacia la posada cercana, una de esas con patio empedrado y habitaciones con balcones de hierro forjado. El viento nocturno traía el eco lejano de las mantas y las procesiones. Javier me tomó de la mano, su palma áspera por el trabajo en el campo, y me jaló adentro.
"Ana, güey, no aguanto más. Toda la obra estuve pensando en ti lamiéndome el pecho mientras cuelgo ahí arriba."Su voz ronca, con ese acento tapatío que me volvía loca, me hizo mojarme al instante.
Cerramos la puerta de madera gruesa, y el cuarto se llenó de sombras suaves de las velas que encendí. Olía a cera derretida y a su colonia barata mezclada con sudor masculino. Lo empujé contra la pared, imitando la escena. Soy la Magdalena pecadora, y él mi Jesus crucificado. Le até las muñecas con las cuerdas del disfraz, flojitas para que pudiera soltarse cuando quisiera, todo de mutuo acuerdo como siempre jugábamos. Sus músculos se tensaron deliciosamente, el pecho subiendo y bajando rápido, los pezones oscuros endureciéndose al aire fresco.
Me arrodillé despacio, mis rodillas raspando el piso de loseta fría. Su verga ya asomaba dura bajo la túnica, un bulto que palpitaba. La levanté con cuidado, como si fuera un relicario sagrado, y la olí: puro hombre, salado y almizclado, con un toque de pre-semen que me hizo salivar. Qué chingón eres, Javier, mi Cristo personal. Lamí la punta despacio, saboreando esa gota perlada, salada como lágrimas de arrepentimiento. Él gimió bajito, "Ay, cabrona, no pares", tirando juguetón de las cuerdas.
Me puse de pie, quitándome el rebozo y el vestido negro que se pegaba a mis curvas por el sudor del día. Mis tetas rebotaron libres, los pezones cafés tiesos pidiendo atención. Él me miró con hambre, lamiéndose los labios secos.
"Ven, Magdalena, báñame con tu boca en esta pasion."Me acerqué, frotando mis chichis contra su torso, sintiendo el roce áspero de su vello pectoral, el calor irradiando de su piel febril. Besé su cuello, mordisqueando la vena que latía fuerte, inhalando su olor a tierra y deseo.
La tensión crecía como la marea en la playa de Puerto Vallarta que tanto nos gustaba. Le desaté una mano para que me tocara, y sus dedos callosos se hundieron en mi culo redondo, amasándolo con fuerza. Me encanta cuando me manosea así, como si fuera suya para redimir. Bajé la túnica del todo, revelando su cuerpo entero: abdomen marcado, verga venosa erguida como una cruz de carne. La tomé en mi mano, masturbándolo lento, sintiendo cada vena pulsar bajo mi palma húmeda.
Pero no quería acabar rápido. Lo até de nuevo, esta vez a la cabecera de la cama de roble, con las piernas abiertas. Me quité las bragas empapadas, el aroma de mi panocha flotando en el aire, dulce y almendrado. Me subí encima, rozando mi clítoris hinchado contra su muslo peludo. El roce era eléctrico, chispas subiendo por mi espina. Piensa en la multitud allá afuera, ajena a nuestra blasfemia deliciosa. Gemí bajito, montándolo sin penetrarme aún, lubricándome con mis jugos que le untaba en la piel.
Javier jadeaba, sus caderas empujando hacia arriba.
"Ana, pendeja, métetela ya. Siente mi pasion crucificada."Reí, juguetona, y me posicioné. La cabeza de su verga abriéndose paso en mi entrada caliente, estirándome deliciosamente. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cada ridge rozar mis paredes internas. ¡Qué llenura, wey! Como si me partiera en dos de placer. Cuando estuve sentada hasta el fondo, sus bolas peludas contra mi culo, nos quedamos quietos un segundo, respirando el mismo aire cargado de sexo.
Empecé a moverme, primero círculos lentos, mis caderas ondulando como en un huapango prohibido. El sonido de piel contra piel, chapoteante por mis fluidos, llenaba la habitación. Sus manos libres ahora —le había soltado todo— me agarraron las nalgas, guiándome más rápido. Sudábamos juntos, gotas rodando por mi espalda, su pecho reluciente. Lamí su sudor salado, mordí su hombro, mientras él chupaba mi teta derecha, tirando del pezón con dientes suaves.
La intensidad subía, mis paredes contrayéndose alrededor de su verga gruesa. Es mi Jesus crucificado la pasion hecha carne, clavándome en éxtasis eterno. Cambiamos posiciones: él encima ahora, mis piernas en sus hombros, embistiéndome profundo. Cada estocada golpeaba mi punto G, sonidos obscenos de follada mojada resonando. Olía a nosotros, a sexo crudo y puro amor. Sus bolas azotaban mi culo, y yo arañaba su espalda, dejando marcas rojas como llagas gloriosas.
El clímax se acercaba como un trueno. Me volteó de lado, una pierna arriba, penetrándome desde atrás mientras me sobaba el clítoris.
"Córrete conmigo, mi Magdalena. Redime mi verga."Grité su nombre, mi coño explotando en oleadas, lecheándome alrededor de él, pulsos que lo ordeñaban. Él rugió, clavándose hasta el útero, llenándome de chorros calientes que desbordaban, chorreando por mis muslos.
Colapsamos enredados, pieles pegajosas, corazones galopando al unísono. El aire olía a semen y hembra satisfecha, las velas parpadeando bajas. Javier me besó la frente, suave ahora. Esto es nuestra pasion verdadera, más allá de cualquier cruz. Afuera, las campanas tañían la medianoche, pero aquí dentro solo existía el afterglow, nuestros cuerpos entrelazados en paz pecaminosa.
Nos quedamos así horas, platicando susurros sobre la próxima Semana Santa, riendo de lo locos que éramos. Su mano en mi vientre, trazando círculos perezosos. Con él, cada día es una resurrección. La pasion no acababa; solo se transformaba en algo más profundo, eterno como la fe que compartíamos en la carne.